Home Presentación  |  Talleres on-line   Publicaciones |  Acerca de Ángel Faretta  |  Contacto
Publicaciones

El saber del cuatro

Llego yo ahora. Marco, dejemos el apellido. Eso sí Marco sin “ese”, a la manera veneciana, como mis padres que eran de allí y que regentearon desde que pisaron estas playas, un decir ya que no las tenemos, una casa de antigüedades en una cortada, en una zona del Centro que no me interesa precisar. Nací rodeado de una atmósfera de cosas abolidas, etéreas e imprecisas, amontonadas con cierta simetría en rincones polvorientos que la luz proveniente de la calle apenas dejaba entrever. Mi padre atendía a sus clientes metido en una hopalanda de terciopelo azulado que jamás abandonaba. Mi madre, que tenía veleidades de contralto, la arremetía cuando un cliente interesado en algún potiche apócrifo le caía simpático, con alguna aria de ópera. Puede decirse que me educaron entre ellos, drástica y erráticamente. Que tuve todas las ventajas y los caprichos de un hijo único, cosas ambas que de alguna manera sigo teniendo. Temieron a la nueva y enorme ciudad que por cierto nunca exploraron. Creo que jamás abandonaron o fueron más allá de las tres o cuatro manzanas céntricas en las cuales tenían su negocio y clientela. Eran intermitentemente laboriosos y dados a interminables negociaciones innecesarias para su labor, pero que el origen veneciano hacía inevitables. Tierra de marinos y diplomáticos, de gentes dadas y devotas a y de toda clase de complots, mis padres tuvieron de lo primero poca experiencia, salvo el barco que los trasladó hasta esta ciudad, pero compensaron con creces este demérito del primero de los rubros potenciando al máximo el ingenio para y por la intriga en sí misma.
   Me enseñaron docenas de cosas absurdas, a un tiempo innecesarias y a otro inútiles, pero debo reconocer que inculcaron en mí, y desde muy temprano, un gusto por la belleza que casi roza el culto fanático. Todo lo bello me desarma, me torna un ser esponjoso al cual pareciera que súbitamente su esqueleto se le hubiera licuado en una masa tibia. Ese dichoso y socorrido poema -en realidad el fragmento más completo que nos queda de ella- de Safo, cuando ve a la belleza de la cual está enamorada, no por repetido deja de ser extraordinariamente veraz. El tartamudeo, el torpor generalizado, el sentirse a un tiempo impotente y exaltado, feliz y melancólico, es una sensación que muchos conocen pero que pocos se atreven  a analizar por falta de escrúpulos o de tiempo.
   Este bar subterráneo me recuerda la tienda de mis padres, pero no hagan de ello pretexto para ningún ensayo de errática psicología.
   Por cierto también tuve mis veleidades como escritor, que dilapidé en cerca de una docena de argumentos para cine, alguna comedia que estuvo, increíblemente, cosa de un año en cartel y, con sucesivos noms de plume, algunos radioteatros y hasta una revista musical de la que afortunadamente no guardo ningún recuerdo, salvo el coro de una canción que remataba en un “...así no puede seguir...”

 

   Presentados a los tres o cuatro que componen nuestro grupo, como a veces pomposamente lo llamamos y nos llaman algunos otros que ocasionalmente caen por aquí, puedo regresar al comienzo, cuando estaba describiendo a aquella que desde unos meses a esta parte es motivo de nuestra atención y a quien todavía ninguno de nosotros ha dirigido ni la más mínima palabra.
   Su juventud nos atrae. No, más bien la forma en que no parece importarle ser joven. Hay algo en ella que la diferencia de ese mundo que ninguno de nosotros quiere ver -y que hace que vivamos sumidos en alcohol y prácticamente no veamos la luz del día arramblados en este bar-, donde el hecho de ser joven parece un atributo excepcional, algo que se alcanza tras superar un intrincado rito de iniciación, una dádiva de los dioses que a pocos es otorgada.
   Eso nos atrajo de ella. Su indiferencia a ser joven. Joven y atractiva como luego subrayó Esther, tal vez por todos nosotros, haciendo resbalar friccionadamente la erre centroeuropea más de lo habitual.  Baste decir que eso dio lugar a que cada uno de los otros tres la incitase o, más bien, le sugiriese a acercarse a nuestra desconocida; pero Esther hizo un gesto extraño, un movimiento con la cabeza que luego se fue inclinando sobre su hombro derecho con un algo de ave exótica, como en cámara lenta, un gesto que esa noche cuando salíamos juntos, Estévez me describió como de experimentada melancolía, pero es posible que sea algo que emergió, como un trozo olvidado, de alguno de sus boleros.
   Como ninguno de nosotros lleva una vida fuera de ese bar que merezca la pena de ser contada o destacada, omitiré en este relato los saltos o más bien recaídas a esa existencia que no harían más que prestar un anticlímax innecesario. Los cuentos, los relatos, las historias que a la gente le gusta de oír en nuestra época son aquellos en los cuales el subrayado moroso sobre los detalles más banales de la cotidianeidad es su factor constante. Detalles, sórdidas precisiones, algún matiz de taxonomía patológica, esas cosas. El nuestro, el mío quiero decir, será tan out of the past como el estilo del bar en que nos hallamos reunidos.





© Ángel Faretta
Permitida su reproducción total o parcial exclusivamente citando la fuente.

Informes e inscripción: info@angelfaretta.com.ar