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Epifanía en un bosque domesticado

Fue en la Isla Victoria, en Bariloche. Hace ya unos cuantos años. Recorriendo el más que centenario bosque de secoyas, árboles que para Alicia y para mí -como para tantos- siempre será sumado al fuera de campo de su preciso empleo simbólico por Alfred Hitchcock en “Vértigo”.

Fue recorriendo el sendero principal, donde un silencio abrumador es apenas interrumpido por los cautos, medidos, limitados pasos de los visitantes -a su vez divididos en grupos silenciosos- y a lo sumo por alguna pregunta sobre el lugar o por el cada vez más silente disparador de la cámara fotográfica -y eso al menos por ese entonces- cuando fui asaltado por un sentimiento extraño y más bien perturbador.

La guía -alta, robusta, de voz gruesa- que encima se llamaba Milena y que era indudablemente de origen centroeuropeo, nos dice casi militarmente que no debemos pisar esto ni aquello. Ni perturbar u hollar el espacio que comienza apenas más allá del sendero trazado previamente en este bosque -más que dormido domesticado- por el que andamos con nuestras impolutas ropas invernales. La mayor parte de las cuales parecen guardar una extraña simetría con el cuidado bosque. Todo -el aspecto y el espesor-, incluso el material con el que han sido hechas estas prendas -lana, cuero, pieles- todo se enlaza con lo agreste y lo feraz, con la ruda tarea en el bosque, el peligro y la fatiga de luchar contra un clima hostil. Incluso los múltiples y variados bolsillos dispuestos en los lugares más insólitos de estas camperas y pantalones pueden recordar el empleo de cuchillos y de armas de fuego con las que cazar animales o utilizados para defenderse de ellos.

Pero Milena advierte ahora de guay con levantar la voz, ni de hacer barullo porque podríamos espantar a algún huemul furtivo que anda ramoneando entre las hojas de los arbustos. Y de los cuales por supuesto no puede arrancare ni una sola hoja y menos una flor –de haberla- para ponerlas como memento en algún libro que reposa ahora en la mesa de luz de nuestros hogares citadinos que hemos dejado atrás por una semana, a cambio de este turístico esparcimiento.

Con la marcha silenciosa y las precisas indicaciones de Milena la cosa pareciera tomar cierta unción religiosa. Es fácil recurrir una vez más a la imagen de un templo. Viendo esta doble hilera de altísimos árboles que nos rodean a cada lado y cuyas copas -situadas a más de cincuenta metros- se unen en lo alto, y que así da pábulo a imaginarnos bajo la cúpula de un vasto templo. Y sino fuera por el olor a hojarasca y a humedad vegetal que nos envuelve, imaginarnos visitando en pleno desierto egipcio los restos de esa gigantesca columnata en Luxor o en un lugar semejante.

Claro que aquí todo es oscuro y parece un permanente atardecer lo que nos rodea. Y no, como hemos visto allí y en lugares griegos o de la antigua Magna Grecia, donde todo es sol y pleno mediodía luminoso y muy abierto como en Paestum o en Siracusa.

Aquí no. A cada paso este templo vegetal y esta columnata arbórea parecieran cerrarse cada vez más y no es difícil imaginar el terror súbito que podría asaltarnos si nos perdiéramos allí o tuviéramos que -por un capricho del destino del turismo programado- pernoctar siquiera un día; solos, allí, perdidos sin Milena y sin –ahí esta- cuchillo, red, hacha o cosa semejante con los que ayudarnos.

Avanzando un poco más en nuestro recorrido por la cuidada senda peatonal, la unción anterior se trueca ahora por algo que roza lo cultual. Milena se nos viene mostrando como una sacerdotisa adecuada al culto por lo natural y para ello nos ha venido adobando con especias ecologistas, cebado con afrechos naturistas y hasta engordado con el pienso de un primero tímido y luego descarado panteísmo. Es por ello que uno ha comenzado a desear vaya uno a saber qué gozo extático y qué frenesí celebratorio. Como si deseáramos no diré adorar pero sí celebrar a este trozo de naturaleza agreste cuantificada, con carteles indicadores y hasta provisto con guardabosques pagado por el estado.
Sí. Hasta su cabaña se ve allí, en un claro de la espesura, donde permanece a jornada completa siguiendo en un monitor hasta los más imperceptibles movimientos del bosque mediante la transmisión de minúsculas cámaras dispuestas aquí y allá.

Pero tal gozo pagano o tal latido atávico venido de la noche de los tiempos se diluye también ante la imposibilidad de vernos, de representarnos siquiera por un segundo a cada uno de nosotros bailando desnudos, zangoloteando con los pies descalzos sobre la pinocha y azotando y azotándonos con ramas de abeto. Milena está allí para impedirlo –claro-, y el propio guardabosque seguramente tendrá su radio para comunicarse con gendarmería si la cosa, si el gozo paganizante se volviera serio o frenético, y hasta salvaje en alguno de los presentes. Así que...

Esa sensación indescriptible que me había asaltado no bien comenzamos la recorrida por el dominado y cartografiado bosque y luego de pagar una tarifa más que exigua para recorrerlo con el socorro erudito de Milena, me seguía atormentando. Un tormento lúcido, atención; como cuando no damos con la palabra esa siempre en la punta de la lengua o cuando ese estallido de la memoria no quiere terminar de encuadrarse en una imagen concreta.
Ya estábamos abandonando el recorrido cuando creí dar con ello. No, era seguro: había dado con la clave y el porqué de mi desasosiego. Fue ya sentado en esos bancos de madera del muelle en donde atracan las lanchas y catamaranes que llevan y traen a turistas ávidos de pispear por algunos minutos lo que fuera -Dios sabrá ahora qué- de un posible in illo tempore.
Porque -me digo sentado ahora y buscando raudo en mis bolsillos un cigarrillo, puesto que de fumar antes hubiéramos sido directamente lapidados y despreciados como bárbaros urbanos-, me digo que aparte del huemul apenas entrevisto o del pajarito fugaz entre la verde enramada no hemos visto ni sentido nada vivo. Menos todavía la huella de los habitantes originarios, con los que ahora también se intenta crear reservas para que se exhiban vendiendo ceniceros y supuestas artesanías que han hecho con fórmulas milenarias y que habrán comprando poco antes, al por mayor, a un fabricante serial de tales chucherías exóticas.

Ese habitante, que no se sabe si llamar indígena, aborigen u originario, habrá hachado árboles a troche y moche, cazado animales, los habrá destazado, destripado, se habrá abrigado con sus pieles y con sus cueros, comido sus entrañas todavía palpitantes, sacrificado en parte a sus dioses oscuros y en parte comidas sus carnes y sus vísceras en ceremonia común.
Milena y quien la ha guiado a su vez, escribiendo el texto que ella ha sabido memorizar, nos ha obviado –ahora comprendo- todo esto. Ha vaciado con una suerte de fuelle o de bomba aspiradora toda la sustancia vital, el fluido y líquido de lo viviente y en lucha permanente con un medio en parte hostil y en parte sagrado, por secreto. Pero se ha eliminado, se ha censurado sin más esa parte hostil, de lucha diaria por la supervivencia. Y el mismo culto que exigía pingües derramamientos de sangre –como al comienzo, muy al comienzo de la propia Ilíada- ha sido suprimido; borrado, tachado de un plumazo para que nosotros -pobres turistas citadinos- no nos espantemos

O ¿No será por eso? ¿No será que, por el contrario, se nos quiere hacer creer en el cuento de hadas de un culto a la naturaleza desinfectado previamente de todo elemento trágico y hasta dramático?
Entonces este neo paganismo tardo romántico no es más que el último afeite y el postrer maquillaje de ese nihilismo tenaz cuya coartada ahora es auto inventarse un pasado de ecologías de museo en donde -hasta ayer nomás- todo era fiero combate y trágico destino a hacerse agónicamente día tras día.

Ya en al lancha de vuelta a la ciudad Alicia me pregunta qué me pasa. Como es ya a la hora del almuerzo y siento un hambre voraz, le digo que voy a pedir jabalí, ciervo, trucha y que voy a tomarme todo el vino que pueda tomar.
Sí. Voy a hacerlo porque no puedo volver atrás, tomar un hacha y comenzar a golpear en los troncos de las secoyas que hemos visitado ordenadamente. Así como cazar hasta el último ciervo, huemul o bicho que camina y encender fogatas en medio del bosque para asarlos. A ver si ese silente y penumbroso museo natural donde la última brizna de la naturaleza debe estar colgada, catalogada como un cuadro o como un trozo de mampostería griega o bizantina en un museo, si todo esto llamado parque nacional, reserva o qué sé yo, pudiera tomar vida siquiera por unos segundos.

Lo que dura un cataclismo o el inicio de una erupción volcánica.

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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