Abunda en todo cuaderno de
notas no pensado para la publicación la estupidez confidencial y el garabato
mental que un editor cuidadoso debe eliminar sin ningún tipo de concesión
sentimental o –y peor aún- por alguna otra teñida por el tinte de la supuesta
probidad intelectual. Lo probo es tachar definitivamente esos melindres productos
de la soledad, el tedio, la murria, la falta ese día o ese momento del día de
la lectura o de la compañía indicada.
También pueden eliminarse –aunque de esto
confieso que no me siento tan seguro- el insulto o la diatriba ocasional a
tantas nadas anónimas que nuestro amado autor ha arrojado a borbotones más para
su propio uso catártico y no para que luego puedan o deban acceder a la luz del
día editorial. Quizás sea lo mejor que permanezcan en el limbo de las
protoformas de la intimidad mental donde pueden todavía pastar un rato hasta
disolverse definitivamente bajo el sol meridiano del devenir histórico.
Sí es imprescindible conservar el ataque
verbal –epigramático o no- a quién ha logrado pasar, o tan siquiera colarse
dentro del gran circo del espectáculo histórico. Aquí se debe aceptar que tales
diatribas y descargas verbales deben editarse y hacerse conocer
Luego tenemos la inevitable chochera que
invaden muchas veces también al diario y al cuaderno personal. Entre nosotros
ha habido no hace mucho e imprudentemente una gruesa manifestación que podía
haberse evitado teniendo los albaceas adecuados. Así dos de nuestros más
notorios escritores, que cultivaran una larga amistad entre sí, se vieron
expuestos en su peor figura exhibiendo sus berrinches, sus incurias y sobre
todo esa incontinencia verbal que -es sabido- asalta a tantas, tantísimas
personas cuando paralelamente sus vidas se vuelven por el paso de los años
demasiado continentes y hasta estreñidas en otras áreas biológicas.
Esas compensaciones entre lúdicas y obscenas
–o tal vez una cosa por la otra- debieron haber permanecido en el estado de
larvas en que fueron concebidas y no intentadas volver las imposibles mariposas
supuestas y que por supuesto dieron lugar tan sólo a sólitos vampiros.
Repito una vez más, que estas carretadas de
estiércol verbal sean vertidas en las páginas de libros ofrecidos a los
seguidores de escritores que fueron en sus obras la mar de cuidadosos, así como
lo hicieron con sus propias vidas particulares, es la peor de las traiciones
póstumas.
A veces es inevitable ver a nuestros padres
en el baño, pero no por ello uno debe fotografiarlos y luego vender las copias
por docenas a cualquier perfecto recién llegado.
Alguien alguna vez me dijo que el mate
después de las siete de la tarde causa desasosiego. Cabría decir lo mismo de
las confidencias cebadas después de cierta hora de la tarde mental y
espiritual. Provocan en quien las lee un ingente desasosiego. Sobre todo en
aquellos que hasta entonces sólo conocieron de tales personas sus momentos
mentales más pulidos. Y no esas chafalonías del intelecto sorprendido con la
guardia baja o tomado por sorpresa cuando descendía a los fondos de la fábrica
mental para evacuar necesidades que la civilidad y el decoro arquitectónico
mandan desde siempre cubrir de las demás dependencias.
© Ángel Faretta
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