TEMPESTAD Y ASALTO
Nueva fundación mítica
de Buenos Aires
La primera y extraordinaria
novela del ensayista y
teórico del cine Ángel Faretta
es el relato de un conflicto
fundador --en más de
un sentido. Ambientada en la
Argentina de los albores del
siglo XIX, el primero de
aquellos sentidos es, desde
luego, el del nacimiento de
una nación (con el deliberado
eco cinematográfico que, a partir de Griffith,
tiene esta expresión).
Sin embargo, lejos de los tradicionales carriles
de la llamada «novela histórica»,
«Tempestad y asalto» no se propone la mera
evocación de una época, la del pasaje entre
el fin del Virreinato y la Independencia a través
de recursos que, dentro del género, suelen
ser presumibles e insuficientes; por el
contrario, lo que hace Faretta no es recrear
sino crear, instaurar fantasmagóricamente
esa época --de allí «Tempestad y asalto», traducción
del movimiento pos-romántico alemán
«Sturm Und Drang»-- mediante el empleo
de un lenguaje tan rico como desusado,
tan exuberante como seductor, que trasciende
el uso conciente de múltiples arcaísmos, y
permanece ajeno también al «ornamento» de
un paisaje latinoamericanista (como era
usual que ocurriera en los fenecidos años del «boom»). Por su intermediación, asimismo,
aleja a la vez el «registro» de la novela de
cualquier tradición realista o naturalista y
recupera la olvidada filiación fantástica,cuya decadencia en las letras
criollas corrió pareja
con la de los antiguos esplendores
nacionales.
El segundo de sus sentidos,
entonces, es el conflicto fundador
entre bambalinas que
sostuvo al primero, la pugna
entre la luz y la sombra, la
modernidad y la tradición,
Europa y América; en definitiva,
entre la fe y la razón,
planteada aquí a través de
una historia que tiene menos
que ver con lo fáustico como con lo católico.
Sus protagonistas son el transhumante joven
Santiago Lenz, hijo de un jesuita que, con la
disolución de la Compañía de Jesús (llamada
siempre la Compañía a secas en la obra), no
peleó ni abjuró sino que se integró a los nuevos
tiempos casándose con una criolla, y el
viejo y giboso Afín Urruchúa, autor de una
Memoria que ocupa la segunda parte de la
novela y que relee y reinterpreta, desde la primera
persona, los acontecimientos previos.
En estos, un personaje de reconocible filiación,
que cambia de nombres como de apariencia
(y puede llamarse tanto Mertens en la
Argentina como Herr Professor Kleist en
Chuquisaca) actúa como oposición y referencia
permanente en los viajes de los protagonistas,
cuyos acontecimientos centrales --la
alquimia y las rebarbas, el número de circo,
la representación teatral-- irán adquiriendo
nuevos significados de acuerdo con la óptica
de quien lo relate, hasta su definición climática
en el sorprendente desenlace.
Por Marcelo Zapata
Publicado en Ámbito Financiero
Miércoles 1 de abril de 2009 |