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Horacio Quiroga como narrador fantástico

El valor de Horacio Quiroga ha oscilado desde hace décadas entre el título honorario, cuanto vago, de precursor, al de lectura obligada para dos generaciones de estudiantes secundarios de sus cuentos más prietos, y por eso prestos a la antología, como “A la deriva”. También ha sido pasto de las fieras de la crítica piquetera que debe destruir todo lo creado o edificado estéticamente una generación antes. Aunque en los últimos tiempos no se espera siquiera ese lapso. Todo parece haber comenzado súbitamente como un aerolito escriturario caído desde el limbo hacia los años sesenta o poco más, en consonancia con cierto y ya hartante volver a empezar de cero de la propia historia argentina.

 Tampoco han contribuido mucho al cursus honorem de Quiroga las senilidades póstumas recopiladas recientemente y vertidas entre Borges y Bioy en diálogos que jamás debieron haberse dado a la imprenta, porque las chocheras de entrecasa no son para darse a luz; como le reprocharon varios de sus contertulios a les frères Goncourt que llevaban un diario de tales minucias.
Cierto es que ambos autores porteños, en vida y públicamente, dieron pasto a su tirria contra el autor de “Cuentos de amor, de locura y de muerte”, al intentar mostrar sus limitaciones en el empleo del idioma o sintácticamente. Aunque Borges no exhibía como evidencia estética más que un repetido verso de “Los arrecifes de coral”, obra de juventud de Quiroga. Malos versos pueden hallarse hasta en el mejor poeta y Horacio recuerda en su Carta a los Pisones que “hasta a veces el buen Homero se echa a dormir”; así que no parece muy consecuente tal exégesis fronteriza con la autopsia.

  El Quiroga más típico es el habitante de la selva, practicante de un robinsonismo anárquico y pleno de desgracias personales como pocos mortales supieron cosechar. Ese autor de relatos de relaciones febriles,  delirantes, con el paisaje feraz de Misiones casi a la manera de un expresionismo alemán trasladado a climas tórridos, parece haber opacado al riguroso autor de relatos fantásticos que Quiroga inauguró y hasta llevó a su puerto seguro, tras los intentos erráticos de Holmberg y otros importadores de menaje parisino.
 Sin duda el último tomo de relatos que publicara en 1935, poco antes de su muerte por suicidio -“Más allá”- es aquel que más fielmente representa esta tendencia narrativa que luego disfrutarían y usufructuarían tanto sus continuadores, hasta crear sin más una auténtica escuela argentina de la épica fantástica que prosigue hasta el día de hoy. Y no fueron precisamente Borges y Bioy los que menos disfrutaran de esa herencia y hasta de los respetivos codicilos formales y mitopoéticos que acuñara Quiroga, subrayadamente en este tomo de relatos.

 Allí por cierto tenemos dos relatos -los mejores sin duda- que tienen al cine y sus posibilidades especulativas como eje de ficción. Son “El puritano” y “El vampiro”. En ambos Quiroga, que fuera también uno de los primeros y hasta primerísimos escritores-escritores que no sólo demostrara un temprano interés en el cine y su concepto, sino que además llegaron a su comprensión temprana con toda lucidez y sin ese dejo de majadería pedantesca de tantos escritores -mediocres por lo demás- tuvieron durante décadas con el cine.

 En ambos relatos se parte de la fascinación vicaria que cierto espectador tiene con las criaturas de ficción, así como de las mismas posibilidades de llevar esa o una parte de esa realidad fantástica o fantasmática -hoy se diría malamente “virtual”- desde ese más allá hasta este mundo real o cotidiano. En ambos relatos el protagonista en un hombre que desea unirse no solo con la mujer real -la actriz- que lo fascina como espectador, sino de su propia aura numinosa, no exactamente la de un rol en especial interpretado por ellas, sino de esa suerte de emanación gnóstica que se derrama desde un pleroma epiceno puesto al alcance de todo espectador embutido en la sala a oscuras de cualquier cinematógrafo.
 Es claro que aquí estamos ya en el mundo, tanto diégetico como mitopoético, que luego desarrollaría Bioy en “La invención de Morel”, en la siguiente y fallida “Plan de evasión”, así como en varios de sus mejores relatos.

 En cuanto a la lengua literaria empleada por Quiroga, es posible que puedan o podían resaltar en el texto como parches púrpuras términos como “lancinante”, luego tan empleado por Murena, por ejemplo. Pero visto con la perspectiva de los muchos años no sé qué puede parecer más amanerado si “lancinante” o “fatigar la biblioteca”, la “unánime noche” o el verbo “barruntar”.

 Cierto es que estas “delicadezas” entre escritores es ya algo lamentablemente habitual y repetido; pero entre nosotros parece habérsele sumado también una característica propia y no precisamente de propiedad vivificante u opuesta a esa nefasta costumbre heredada.

 Aquí ya no se trata de deberle nada a un contemporáneo sino de -por las dudas- pasar a saco y volver tierra baldía a todo lo anterior; sobre todo si en ese antes habita alguna planta o flor estética que luego se ha cultivado en el propio jardín o invernadero.

 

 Publicado en “Perfil”, 4-11-2012

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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