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IN MEMORIAM J.D

J. D. Salinger
“Los hermanos Varioni”
(traducción Alicia y Ángel Faretta)

Alrededor del viejo Chi (1)
con Gardenia Penny

Mientras el señor Penny está de vacaciones, esta columna será escrita por un número de distinguidas personalidades provenientes de todos los senderos de la vida. Hoy nuestro columnista invitado es Mr. Vincent Westmoreland, el bien conocido productor, raconteur e ingenio. Las opiniones de Mr. Westmoreland no reflejarán necesariamente aquellas de Mr. Penny o de este diario.

“Si como Aladino yo fuera servido por un genio sociable, lo primero en pedirle sería que embalara a Hitler, Mussolini y al emperador Hirohito en una pequeña caja y prontamente depositara el menaje en los escalones frontales de la Casa Blanca. Luego sorprendería a mi acomodado sirviente cuando yo le hiciera a él una pregunta – simplemente: ¿dónde está Sonny Varioni?
“Para mí, y probablemente para miles, la historia de los brillantes hermanos Varioni es una de las más trágicas e inacabadas de este siglo.
“Si bien la música que estos dorados jóvenes nos han dejado está aún cálida y viva en nuestros corazones, quizás su historia es lo suficientemente fría para ser contada a algunos de los más jóvenes lectores y vuelta a contar a los más viejos.
“Yo estaba allí en esa noche fatal; su editor de música y amigo, Teddy Barto, les ofrecía a ellos la más atractiva y ostentosa fiesta de los locos 20´s. Se celebraba su quinto año de colaboración y éxito. La mansión de los hermanos Varioni estaba repleta con las mejores polleras del día. Y con las más hermosas, más comentadas, a favor o en contra, mujeres. El más supercolosal muchacho de color oscuro que yo jamás haya visto parado frente a la puerta con una bandeja de plata del tamaño de un escudo sobre la cual llovían las tarjetas de invitación de nuestros entonces actores favoritos, actrices, escritores, productores, bailarines, hombres y damas de toda la ciudad.
“Parecía que con el éxito Sonny Varioni había desarrollado un gusto semejante por el juego. No con cualquiera, sino con los capitostes como el difunto y poco lamentado Buster Hankey. Cerca de dos semanas antes de la fiesta, Sonny había perdido cerca de 40.000 dólares con Buster en un juego de poker. Sonny se había negado a pagarle, acusando a Buster de jugar sucio con él.
“Y cerca de las cuatro de la mañana, en esa festiva, amenazante mañana, había cerca de doscientos de nosotros atrapados elegantemente en el loco, juvenil, sótano donde los Varioni escribieron todos sus hits.
“Fue allí donde la cosa pasó. Si tengo una razón para volver a contar una historia trágica, debo decir con convicción, que es mi derecho. Porque honestamente creo que yo era el único individuo sobrio en ese sótano.
“Entra Rocco, el más nuevo y el más exitoso pistolero de Buster Hankey. Rocco pregunta dulcemente a la más perezosa rubia en el lugar, cuyo nombre se me escapa, dónde puede encontrar a Sonny Varioni. La achispada rubia -pobre cosa- apunta salvajemente en la dirección del piano. “Por allí, buen mozo. ¿Pero cual es tu apuro? Tómate un pequeño trago”
“Rocco no tenía tiempo para un pequeño trago. Se abre paso entre la multitud, dispara cinco veces, muy despacio, sobre la espalda del hombre equivocado. Joe Varioni, a quien nadie en el lugar había jamás oído tocar el piano antes -porque ese era asunto de Sonny- sangraba muerto en el suelo. Joe, el letrista, sólo tocaba el piano cuando estaba ebrio. Y solo se ponía ebrio una vez por año, cuando las grandes fiestas que Teddy Barto daba para él y Sonny.
“Sonny permaneció en Chicago por unas pocas semanas, vagabundeando alrededor de la ciudad sin un sombrero, sin una corbata de lazo, sin una decente noche cristiana de sueño. Luego, súbitamente, desapareció de la Ciudad Ventosa (2) No queda registro si alguien lo ha visto o ha oído de él desde entonces. Si, creo que debería preguntarle a mi hipotético genio: “¿Dónde está Sonny Varioni?”
“Alguna remota pequeña persona en algún lugar debe tener consigo algún dato. Como desafortunadamente estoy corto de genios ¿Podría él o ella iluminar a un benévolo admirador, uno de los miles?”


Mi nombre es Sarah Daley Smith. Soy de las más remotas pequeñas personas que conozco. Y tengo el dato personal sobre Sonny Varioni. Él está en Waycross, Illinois. No está muy bien, y trabaja día y noche tipeando el manuscrito de una adorable, salvaje y posible gran novela. Fue escrita y arrojada a un baúl por Joe Varioni. Fue escrita a mano, en papel amarillo, en papel lineado o papel arrugado o papel torcido. Las páginas no están numeradas. Frases enteras y aún párrafos fueron tachados y reescritos en los reversos de sobres, en los lados no usados de exámenes de colegio secundario, en los márgenes de minutas de estaciones de ferrocarril. El trabajo de darles pies y cabeza, capítulo y libro, a este coloso, es inmensurable y enervante y requiere, uno podría decir, juventud y salud y ego. Sonny Varioni no tiene ninguno de ellos. Él tiene la esperanza de alguna clase de salvación. Yo no lo conozco, Sr. Westmoreland, de los columnistas invitados Westmorelands, pero adivino y apruebo su curiosidad. Yo pienso que él debe recordar a todas las viejas chicas de las letras y músicas de los hermanos Varioni.
Entonces, si el caballero con los tambores y flautas está listo, debo pasar por entre los Westmorelands con mi dato personal.
Porque el dato personal comienza allí, debo volver atrás, hacia los altos, anchos y corruptos veintes. No puedo ofrecer un importante lamento o aún un convincente sollozo por el mal gusto general de aquella era.
Sucedió que yo era una estudiante de segundo año en el Waycross College y en realidad llevaba un impermeable amarillo con agresivos e ingeniosos dichos en lápiz y tinta en la espalda, sugiriendo liberalmente que el sexo era un juego y que todas nosotras corríamos detrás del equipo de fútbol.
Joe Varione enseñaba “inglés III-A, desde Beowulf hasta Fielding”, como decía el programa. Lo enseñaba bellamente. Todas las pequeñas chicas que hacían largos recorridos bajo la lluvia y las especialistas en inglés habían tenido que pasar por el maldito y pesado brazo de Grendel, a través de su educación, por lo menos tres veces, en esa escuela u otra. Pero cuando Joe hablaba acerca de los tontos hechos del Beowulf ellos parecían haber sido reescritos por uno de los Browning.
Él era el más delgado, alto, consumido muchacho que yo jamás había visto en toda mi vida. Era brillante. Tenía atractivos ojos marrones y solamente tenía dos trajes. Era completamente infeliz y yo no sabía por qué.
Si hubiera llamado siempre a voluntarios para pasar al frente me hubiera exprimido a muerte por él y hubiera ganado una beca. Me sacó afuera muchas veces caminando “just ahead of my gun (3)”. No estaba demasiado interesado en mí, pero estaba también escasamente provisto de un auditorio adecuado. A veces hablaba sobre lo que escribía y me leía algo de ello. Era parte de una novela. Leía unas locas páginas de papel amarillo; luego de ello súbitamente se quedaba cortado. “Espera un minuto”, decía. “Cambié eso”, luego pescaba un par de sobres de sus bolsillos y leía lo escrito en sus reversos. Podía encajar más escritura en menos espacio que nadie que haya conocido.
De repente, un mes, dejó de leerme. Me evitaba después de clases. Lo vi desde la ventana de la biblioteca una tarde e inclinándome fuera, le grité que me esperara. La señorita Mac Gregor me encerró por una semana por gritar desde una ventana de la biblioteca. Pero no me importaba. Joe esperaba por mí.
Le pregunté como iba el libro.
“No he estado escribiendo”, dijo.
“Es terrible. ¿Cuándo vas a terminarlo?”
“Tan pronto como tenga la oportunidad”.
“¿Oportunidad? ¿Qué estuviste haciendo por las noches?”
“Estuve trabajando con mi hermano, por las noches. Es un compositor de canciones. Yo hago las letras para él”.
Lo miré con la boca abierta. Era como si me hubieran dicho que Robert Browning hubiera sido contratado para jugar de tercera base para los Cards.
“Es ridículo”, dije.
“Mi hermano escribe maravillosa música.”
“Eso es grande. Es admirable”.
“No voy a escribir letras para él por el resto de mi vida”, explicó Joe. “Solo hasta que la pegue”.
“¿Vas a gastar tu tiempo en las noches haciendo eso? ¿No has trabajado en tu novela para nada?”
Joe dijo fríamente: “te lo dije, estoy esperando que la pegue. Cuando la pegue, me voy”.
“¿Qué hace él para vivir?” pregunté.
“Bueno, ahora pasa la mayor parte de su tiempo en el piano”.
“Lo tengo. Joe, el artista, no trabaja”.
“¿Quieres oír alguno de los números de Sonny?”, preguntó Joe.
Dije que no. Pero me tomó y me empujó hacia la rectoría de todas formas. Joe se sentó al piano y tocó el número que sería conocido más tarde como “Yo quiero oír la música”. Era tremendo, por supuesto. Te dejaba fuera de combate. Fechaba el tiempo y el lugar y elevaba lejos a ambos hacia la futura dulzura. Joe lo tocó dos veces. Tocaba más que bellamente. Cuando terminó, hizo correr su huesuda mano a través de su pelo negro. “Espero hasta que la pegue”, dijo “ cuando él la pegue, me voy”.
Para el departamento de Datos Personales: Sonny Varioni era buen mozo, encantador, insincero y aburrido. Era también un brillante técnico creativo en el piano. Sus dedos eran maravillosos. Creo que eran los mejores dedos del viejo 1926. Pienso que sus dedos jugaban con un teclado tan expertamente que algo nuevo tenía que salir desde el piano. Tocaba un difícil acorde completo con la mano derecha, y el más rápido y más satisfactorio bajo que jamás hubiera escuchado aún de los muchachos de color. Cuando estaba de humor, como para mostrarlo a sí mismo, era el único hombre que jamás hubiera visto que podía poner un brazo en el respaldo de la silla y tocar el bajo y el tiple con su mano restante y uno a duras penas podía notar la diferencia. Estaba por demás satisfecho de sus talentos, por supuesto, estaba tan congenialmente engreído que parecía modesto. Sonny jamás preguntaba si te gustaba su música. Él asumía muy confidencialmente que sí.
Trato de reconocer una virtud en Sonny. Cuando él estaba allí había Berlins, Carmichaels, Kerns, Isham, Joneses, sacando fuera melodías comparables en calidad con las propias. Sabía que Joe estaba estrictamente en una clase como la suya entre los letristas. Si Sonny se tomaba el trabajo de alardear de algo en público, alardeaba sobre Joe.
Sonny jamás me dejó observar cómo él y Joe trabajaban juntos. Yo no sabía cómo eran sus métodos, excepto aquello que Joe una vez me contó. Joe me contó que Sonny podía tocar cualquier cosa que él había compuesto, por lo menos quince veces, mientras él, Joe, podía seguir su ejecución con un bloc y un lápiz en la mano. Pienso que debe haber sido una cosa bien fría.

Fui con ellos a Chicago el día que vendieron “Yo quiero escuchar la música”, “Mary, Mary” y “La sucia Peggy”. Mi tío era el abogado de Teddy Barto y los llevé a ver a Teddy.
Cuando Teddy anunció dramáticamente que quería comprar los tres números, ninguno de los Varioni entró en ninguna rutina de modestia.
“Quiero las tres”, Teddy volvió a decir, pero más impresionantemente. “Quiero sus tres canciones. Ustedes muchachos ¿tienen un agente?”
“No”, dijo Sonny sentado aún en el piano.
“No necesitan uno”, informó Teddy. “Publicaré su material y seré su agente. Pónganse contentos, soy un hombre muy vivo. Muchachos ¿qué estuvieron haciendo para vivir?”
“Yo enseño”, dijo Joe mirando a través de la ventana.
“Yo tejo canastos”, dijo Sonny en el piano.
“Deben mudarse a la ciudad ya mismo. Deberían estar cerca del pulso de las cosas. Ustedes son dos muy talentosos genios” dijo Teddy. “Voy a darles un cheque a cuenta. Deberían mudarse a la ciudad ya mismo”.
“No quiero mudarme a Chicago” le dijo Joe. “Ya me es suficientemente difícil llegar a mi primera clase a tiempo”.
Teddy se volvió hacia mí.
“Señorita Daley, grave en el muchacho que tiene que mudarse a la ciudad para tomarle el pulso a todo el país”.
“Es un novelista” dije. “No debería escribir canciones”.
“Entonces puede escribir algunas novelas en la ciudad” dijo Teddy resolviéndolo todo. “Me gustan los libros. A todo el mundo le gustan los libros. Hacen progresar la mente”.
“No voy a mudarme a Chicago” dijo Joe desde la ventana.
Teddy comenzó a decir algo, pero Sonny llevó un dedo a sus labios, ordenándole silencio. Odié a Sonny por eso.
“Voy a llevarlos a trabajar fuera de ustedes mismos en lo más ventajoso de sus propias personalidades” dijo Teddy bellamente. “No estoy preocupado, soy confiado debo decir. Somos todos adultos”

En el tren de vuelta a Waycross le pedimos al encargado que ordenara una mesa para jugar al poker. Jugamos por horas. Luego, repentinamente, sentí algo terrible y cierto. Coloqué del revés mis cartas y caminé hacia la plataforma para encender un cigarrillo. Sonny retrocedió y me sableó un cigarrillo. Él se mantuvo firme por sobre mí fácilmente, positivamente, amenazantemente. Era tan dominante. No podía mantenerse sobre ti en una plataforma en medio de un juego de cartas sin ser el amo de la plataforma.
“Déjalo ir, Sonny” le rogué. “Ni siquiera lo dejas jugar a las cartas a su manera”.
No era de la clase de responder “¿Qué quieres decir?”. Sabía exactamente lo que yo quería decir, y no le importaba si yo sabía que sabía. Sólo esperó tranquilamente a que terminara.
“Déjalo ir Sonny. Qué te importa. Has tenido tu oportunidad. Puedes conseguir a cualquier otro que te escriba canciones. Es tu música la que es excelente.
“Joe hace las mejores letras de este país. Nadie le hace sombra o siquiera se le acerca.”.
“Sonny, él puede escribir,” dije, “Él realmente puede escribir. Le hablé al profesor Voorhees en la escuela –habrás oído de él- y cuando le conté que Joe no estaba escribiendo más, sólo agitó su cabeza. Sólo agitó su cabeza, Sonny, eso fue todo.”
Sonny arrojó su colilla al piso de la plataforma aplastándola con su zapato. “Joe está tan aburrido como yo lo estoy. Éxito es lo que ambos necesitamos. Ello al menos demandará nuestro interés. Traerá dinero. Aún si Joe escribe su novela le llevará al público años para que afirme su ego.”
“Estás equivocado. Estás tan equivocado”, dije. Joe no está aburrido. Joe está solo a causa de sus ideales. Los tiene a montones. Tú no tienes ninguno. Tú eres el único que está aburrido, Sonny”.
“Por cierto no entiendes nada”, dijo Sonny. “Y estás perdiendo tu tiempo. ¿Puedo interesarte en algo mío?”
“Te odio”, dije, “Toda mi vida voy a tratar de odiar tu música.”
Tomó mi cartera, la abrió, y sacó mis cigarrillos..
“Eso”, dijo, “es imposible”.
Regresé al vagón.

Los hermanos Varioni continuaron “Sucia Peggy” con “Emmy-Jo” y antes de que “Emmy Joe” se enfriara aquel magnífico trabajo, “El Sheik de State Street” fue arrojado sobre el nuevo y más caro escritorio de Teddy Barto. Luego del Sheik ellos hicieron “¿Está todo bien si lloro, Annie?” Y luego de Annie llegó “Quédate un poco”. Luego llegó “Frances está allí también”, luego “Blues de la calle Weary”, luego –oh no puedo nombrarlas todas. Puedo cantarlas todas. Pero ¿para qué?.
Exactamente luego de “Mary, Mary” se mudaron a Chicago, compraron una enorme casa y la llenaron de malas relaciones. Reservaban el sótano sólo para ellos. Tenían un piano, una mesa de pool y un bar. La mitad del tiempo dormían allí abajo. Casi de inmediato fueron financieramente capaces de hacer casi todo –arrojar esmeraldas a las rubias o lo que tú quieras. De repente no hubo un repartidor de verdulería en todo el país que pudiera trepar a una escalera por una caja de espárragos sin silbar o cantar una canción de los hermanos Varioni, afinada o desafinadamente.
Luego de “¿Está todo bien si lloro, Annie?”, mi padre enfermó y tuve que ir a California con él.
“Me voy mañana con papi. Vamos a California, después de todo” Le conté a Joe. “¿Por qué no cabalgas tan lejos como a California conmigo?” Te lo propondré en Latvian”.
Me llevó a almorzar.
“Te extrañaré, Sarah”.
“Corinne Griffith está en el tren. Es muy linda”.
Joe sonrió. Fue siempre muy buen sonreídor. “Esperaré por ti, Sarah”, dijo, “Seré un muchacho grande para entonces”.
Busqué su mano a través de la mesa, su huesuda, maravillosa mano. “Joe, Joe, querido, ¿escribes los domingos? ¿Lo haces Joe? ¿Llevas contigo el manuscrito?”.
“Le saludo muy educadamente”. Retiró su mano de la mía.
“¿No escribes para nada?”
“Nosotros trabajamos. Déjame solo. Déjame solo, Sarah. Comamos nuestra ensalada de camarones y dejémonos mutuamente solos.
“Joe, te amo. Quiero que seas feliz. Te estás quemando a ti mismo en ese terrible sótano. Quiero que te vayas lejos y acabes tu novela.”
“Sarah, por favor. ¿Te quedarás quieta, absolutamente quieta, si te digo algo?”
“Sí”.
“Estamos haciendo un nuevo número. Le estoy dando a Sonny mis dos semanas de preaviso. Lou Gangin hará las letras para sus canciones de ahora en más.”
“¿Le contaste eso a Sonny”?.
“Por supuesto, le dije”.
“El no quiere a Lou Gangin, él te quiere a ti.”
“Él quiere a Gangin”, dijo Joe. “Lo siento, es como te digo”.
“Te está trampeando, Joe. Está trampeándote para que te quedes”, le dije. “Ven a California conmigo. O sólo métete en el tren conmigo. Puedes bajarte donde y cuando gustes. Tú puedes...”
“Sarah, cállate, por favor”.

Mientras Joe vino conmigo y con papi al tren, le pedí al profesor Voorhees de ir a ver a Sonny. No podía ir a verlo por mi misma. No podía enfrentar esos fríos, aburridos ojos, anticipándose a todas mis pobres y pequeñas estrategias.
Sonny recibió al profesor Voorhees en el sótano. Tocó el piano todo el tiempo que el viejo estuvo allí.
“Siéntese profesor”.
“Gracias. Toca usted muy bien, señor”.
“No puedo darle mucho tiempo, profesor. Tengo un compromiso a las ocho.”
“Muy bien”. El profesor fue al punto. “Tengo entendido que Joseph dejará de escribir letras para usted, que un joven llamado Gangley tomará su lugar”.
“Gangin”, corrigió su anfitrión. “No. Alguien debe haber estado tomándole el pelo. Joe escribe las mejores letras de todo el país. Gangin es sólo uno de los muchachos.”
El profesor Voorhees replicó agudamente, “Su hermano es un poeta, señor Varioni”.
“Pensé que era novelista”.
“Digamos que es un escritor. Un escritor muy fino. Creo que tiene genio.”
“¿Como Rudyard Kipling y todos ellos, eh?”
“No. Como Joseph Varioni.”
Sonny estaba tocando algunas cuerdas menores en los bajos, corriendo por ellos, golpeándolos sólidamente. El profesor oyó a pesar de sí mismo.
“¿Qué lo hace tan seguro?” Dijo Sonny. “¿Por qué está tan seguro que él querría espigar palabras por años y luego tener a una pandilla de muchachos diciéndole que es uno más?”.
“Pienso que Joseph es lo suficientemente capaz de aceptar ese riesgo, señor Varioni”, respondió el profesor Voorhees. “¿Ha leído alguna vez algo de lo que ha escrito su hermano?”
“Me mostró una vez un cuento. Sobre unos pibes saliendo del colegio. Pienso que era piojosa. No pasaba nada.”
“Señor Varioni”, dijo el profesor, “debe dejarlo ir. Tiene una tremenda influencia sobre él. Debe soltarlo”.
Sonny se puso de pie súbitamente y se abotonó el saco de su traje de ciento quince dólares. “Debo irme. Lo siento profesor”.
El profesor lo siguió subiendo las escaleras. Se pusieron los abrigos. Un portero abrió la puerta y ambos salieron. Sonny llamó a un taxi y le ofreció al profesor acercarlo, lo cual él declinó educadamente.
Un último intento fue hecho. “¿Está usted tan determinado a quemar la vida de su hermano?”, preguntó el profesor.
Por respuesta, Sonny despidió al taxi que había llamado. Se dio vuelta para replicar escrupulosamente.
“Profesor, necesito oír la música. Soy un hombre que va a night-clubs. No puedo quedarme de pie en un night-club oyendo a una muchachita cantando las palabras de Lou Gangin para mi música. No soy Mozart. No escribo sinfonías. Las letras de Joe son las mejores –jazz, torch o rhythm, las suyas son las mejores. Sabía eso desde el principio.”
Sonny encendió un cigarrillo haciendo salir el humo por sus delgados labios.
“Le contaré un secreto”, dijo. “Soy un hombre que tiene un horrible conjunto de problemas escuchando música. Necesito cada pequeña ayuda que pueda conseguir.” Inclinó la cabeza hacia el profesor, dio vuelta la esquina y se metió en otro taxi.


Tal vez mi sensibilidad ha llegado a ser embotada según la disposición de una razonable, normal, vida feliz. Por largo tiempo tras la muerte de Joe Varioni traté de estar alejada de lugares donde se tocara jazz. Luego, súbitamente, conocí a Douglas Smith en el colegio de profesores, me enamoré de él, y fuimos a bailar. Y cuando la orquesta tocó uno de los números de los hermanos Varioni yo tramposamente hallé que podía usar de la letra y la música de los Varioni para fechar e identificar mi nueva felicidad para futuros propósitos nostálgicos. Estaba aquel joven y estaba muy enamorada de Douglas. Y había algo maravilloso, totalmente ingenial en Douglas –sus brazos eran tan reales para contenerme. Yo pienso si siempre una dama en memoria de un caballero debe determinarse a componer una oda a la inmortalidad del amor, para convencerse que habría de recordar cómo el caballero solía tomar su cara entre sus manos y cómo la examinaba al menos con educado interés. Joe era demasiado desventurado, demasiado frustrado, demasiado reclamado por su propio genio insatisfecho para tener ni inclinación ni tiempo para examinar sino mi cara, mi amor. En consecuencia, mi mediocre corazón dejó de tañer a lo pasado para llamar a lo nuevo.
Intermitentemente a lo largo de los diecisiete años desde la muerte de Joe Varioni, yo ciertamente estuve sobre aviso y cercana a la tragedia. A menudo penosamente también. A veces recuerdo párrafos completos a un tiempo de la inacabada novela que me leyó cuando cursaba el segundo año en Waycross. Curiosamente suelo recordarlas mejor cuando estoy bañando a los chicos. No sé por qué.
Como ya lo he mencionado, Sonny Varioni está ahora en Waycross. Está viviendo con Douglas y conmigo en nuestra casa que queda cerca de una milla del colegio. No se encuentra del todo bien y parece mucho más viejo de lo que es.
Cerca de tres meses atrás el profesor Voorhees, muy viejo y querido, abrió la puerta del aula durante una de mis clases y me pidió muy amablemente si podía salir por un momento. Así lo hice preparándome para algún importante anuncio o admonición. Estaba terriblemente atrasada con mis grados intermedios otra vez.
“Sarah, querida”, dijo, “Sonny Varioni está aquí”.
Lo registré de inmediato, pero lo negaba. “No, no le creo”.
“Está aquí, querida. Llegó a mi oficina hará unos veinte minutos”.
“¿Qué es lo qué quiere?”, pregunté, un poco chillonamente.
“No lo sé, dijo el profesor lentamente. “Verdaderamente no lo sé”.
“No quiero verlo. No quiero verlo, eso es todo. Estoy casada. Tengo dos lindos chicos. No quiero tener nada que ver con él”.
“Por favor, Sarah”, dijo el profesor Voorhees quietamente. “Este hombre está enfermo. Quiere algo. Debemos averiguar qué es.”
Pensé que mi voz no quería funcionar, así que nada dije.
“Sarah” -el profesor era gentil pero firme- “el hombre que está en mi oficina es inofensivo”.
“Muy bien”, dije.
Seguí al profesor Voorhees bajando por el corredor. Mis piernas súbitamente no se sintieron tan seguras. Parecían en proceso de disolución.
Estaba sentado en una de las suaves sillas de cuero de la oficina del profesor. Se puso de pie en cuanto me vio.
“Hola, Sarah”.
“Hola, Sonny”.
Me preguntó si podía sentarse. Le dije, muy despacio, “Sí, por favor, hazlo”.
Sonny se sentó y el profesor Voorhees tomó su lugar detrás del gran escritorio. Me senté también tratando de mostrarme no hostil. Quería ayudar a este hombre. Creo que dije que diecisiete años era tiempo suficiente. Sonny no intentó una respuesta formal. Estaba mirando el piso.
“¿Qué es lo que desea señor Varioni?” preguntó el profesor Voorhees deliberada aunque amistosamente. “¿Qué podemos hacer por usted?”.
Sonny se tomó un buen tiempo para dar una respuesta. Finalmente dijo: “Tengo el baúl de Joe con su manuscrito. Lo leí. Mucho de lo escrito está en el reverso de volantes deportivos”.
No sabía adónde quería llegar, pero comprendí que necesitaba ayuda.
“Entiendo lo que quiere decir”, le dije. “No le importaba en dónde escribía”.
“Quiero poner su libro en orden. Tipearlo. Me gustaría tener un lugar para quedarme mientras lo hago”. No miró a ninguno de nosotros.
“No estaba terminado” –dije- “Joe nunca lo terminó”.
“Lo terminó”. Lo terminó en ese tiempo que te fuiste a California con tu padre. Nunca le permití ordenarlo.”
El profesor Voorhees tomó la responsabilidad de hacer un mínimo comentario. Se apoyó en el centro de su escritorio. “Será un tremendo trabajo”, le dijo a Sonny.
“Sí”.
“¿Por qué quiere intentarlo?”.
“Porque oí la música por primera vez en mi vida cuando leí su libro.” Levantó la vista mirándonos desvalidamente al profesor Voorhees y a mí, como pensando esperanzadamente que ninguno de nosotros tomaría la ventaja de una ironía a sus expensas.
Ninguno de los dos lo hizo.

 

Publicado en “Saturday Evening Post”, 17 de Julio de 1943.

Notas:
1: nombre familiar dado a la ciudad de Chicago.

2: “Windy City”, otro nombra familiar dado a Chicago.

3: no hemos podido hallar traducción castellana o porteña para esta expresión idiomática. Un amigo incluso consultó a sus compañeros de trabajo neoyorquinos y nada. Habría que trasladarse a los años cuarenta del siglo pasado por Madison Avenue o Park Avenue.
De más está decir que si algún lector -en donde sea- conoce la traducción castellana o cómo verter la figura en un inglés básico será bienvenido.


© Ángel Faretta
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