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SEMIRETIRO FILOSÓFICO

Sexta Parte de los diálogos con Sebastián Nuñez

A raíz de lo que comentaba sobre su primer encuentro con Bioy, se me ocurre preguntarle por aquellos años tan particulares. ¿Cómo los vivió?, ¿cuál fue su experiencia teniendo en cuenta que, por ejemplo, trabajó nada menos que en el diario Convicción?

Como le decía antes, en 1977 trabajaba en la Cinemateca, donde hacía la programación y donde escribí mis primeros textos sobre cine en los programas de mano, tanto para el SHA como para la sala Leopoldo Lugones y hasta organicé algunos ciclos, incluso unos “paralelos”. Como el que hice por ese mismo año en la salita b del SHA, esa que está a un costado y que es un microteatro. Allí conocí a Álvarez Boero, a Montalvo y a algunos otros que la arena se llevó, digamos con un poco de tango.

Trabajando en Cinemateca lo conocí también a Héctor Grossi, que era ya un cronista de cine y guionista bastante veterano y así luego, cruzándonos en funciones privadas o charlando en los jueves de estreno, yendo de un cine al otro para ver la mayor cantidad de estrenos posibles, me dijo un día –en “El Foro” de la calle Corrientes– que iba a salir un nuevo diario y que le encantaría que yo fuera el crítico de cine.

Claro que sí, como no. Aclaro una vez más que si me hubieran ofrecido hacer la página de teatro, de libros, de música, la de gastronomía o la de boxeo hubiera dicho igualmente que sí. Lo que quería más que nada era escribir sobre cosas que me gustaran y que eran cosas ya habituales en mi vida. Pero fue cine, y bueno, le dije que sí. Luego pasó a detallarme la orientación del diario, que sería de la marina y cercana a Massera. Me preguntó si estaba fichado en alguna lista y le dije que creía que no. Aquí viene un flashback, amigo Nuñez.

Mis padres y mi abuela materna eran, digamos, peronistas. Muy críticos, eso sí. Donato, mi padre, y Lisa, mi madre, estuvieron en el 17 de octubre. Aunque por separado. Por fortuna. No se conocieron allí, sino pocos años después, porque sino mi legendario familiar sería demasiado pesado. Pero bueno, estuvieron allí como tantas otras personas que pertenecían a otra clase y que fueron por curiosidad. Como Marechal o Scalabrini Ortiz. Pero bueno, estuvieron allí y los hechos de ese día eran parte de mis bedtimes stories, aparte de los cuentos de hadas italianos, algunos de los cuales el bueno de Italo Calvino se olvidó de recopilar.

Así que los colectivos pintados con grafitti, las banderas y las masas bajando desde el Sur, fueron algunos de mis primeros relatos oídos y así continuaron siéndolo por mucho tiempo.

Ahora bien, eran peronistas críticos o Dios sabrá cómo definirlos. Porque mi padre perdió una verdadera fortuna en diversas propiedades por la dichosa y más que dudosa ley de alquileres y que todavía en buena medida sobrevive hoy. Así como en tantas otras familias, hubo que malvender docenas de propiedades a sus más que inquilinos, ocupantes. A la familia de Alicia –mi mujer- le pasó lo mismo y así miles de casos.

   Pero mis padres siguieron siendo afines al régimen o, más bien, un poco a la leyenda.

Quiero aclarar que además ambos –sobre todo mi padre–, tenían información de sobre ciertas petit histories del peronismo que siempre me intrigó saber cómo conocían. Espero dejarlas por escrito alguna vez porque, que yo sepa, ningún historiador o croniqueur de los diversos pelajes las ha contado jamás...
Hay que recordar que mi padre se casó a los cincuenta años –en el año cincuenta “del Libertador”–, que yo nací tres años después y que así toda una vida de mi padre fue y sigue siendo casi un enigma para mí. Cómo será, que recién post mortem me enteré que era conocido de Carlos Gardel. En fin, mi padre era así. Lo llamo un snob al revés. Imagino que por haber combatido durante tres años en la Primera Guerra Mundial, sobrevivido a a un cruenta batalla gracias a una mula –caída del cielo– con la que cruzó un puente poco antes de ser dinamitado, y luego los viajes como militar por Libia y Somalia y por toda Europa. Ah y encima una guerra contra los Habsgurgo tan amados en el sur italiano. En fin, algún día habrá que escribir o charlar sobre esto...
Como por fortuna vivió muchos años, ya de grande y tal vez por “descuido” se le escapaban cosas de su pasado. Como una vez el que fue amigo de Guillermo Barbieri, uno de los tres guitarristas de Gardel. Sus otras amistades relacionadas con el tango y con el fútbol no podía ocultarlas porque venían a casa o íbamos a las de ellos. Por ejemplo Guillermo Stabile o Ángel Vargas, con ellos nos cruzábamos a diario. La familia del primero tenía un almacén –o sea esa maravillosa mezcla de despacho de bebidas, club, bar y ultramarinos– y todos los domingos íbamos a tomar el vermouth allí, donde –imagino– empiné el codo por primera vez.

Pero buena parte de esos años tan curiosos –hablo de la última parte de la década del cincuenta y primeros años de la siguiente–, recuerdo que era también un continuo trasegar de cartas clandestinas y de cintas magnéticas –de esas de los grabadores Geloso bastante complicadotas de manejar– y allí había mensajes, cartas personales –siempre exclusivas– e instrucciones de Perón sobre esto y aquello. Que, desde luego, tras leídas u oídas duraban menos que las cintas de Misión imposible.

Recuerdo que en casa –vivíamos en una enorme casona en Parque Patricios– fuimos –me incluyo– de los primeros en saber del pacto o de la orden de votar por Arturo Frondizi, al que lamentablemente luego el propio Perón no dejó gobernar en paz.

Si usted me permite tengo que detenerme en estas cosas porque si no se pierde la perspectiva de los años siguientes. Ingresé al colegio en 1959. No hice jardín de infantes porque era algo impensable para mi entorno familiar. Cosa de anglosajones, un horror. Fue en el colegio Calasanz de Caballito. Allí surgieron dos grandes pasiones: San Lorenzo y la historia argentina y mundial. Mientras en la calle estaba prohibido decir hasta el nombre “Perón” en voz alta, en aquellas las aulas se lo mencionaba con interés y sobre todo gratitud. Los curas eran casi todos españoles, así que el millón de toneladas de trigo de Evita los había hecho sobrevivir a casi todos en los años de la posguerra civil.
Hablo tanto y escribo tanto sobre el tema y mitologema del doble y sostengo que el nuestro es un país doble, porque ya por entonces comencé –sin elección posible– a llevar una doble vida.

Bien, saltemos ahora a los setenta. Terminé el secundario a fines de 1970 y por fortuna, salvo algunos trabajos ocasionales que hice más por curiosidad y por hacerme de una “experiencia”, ya que no había barcos balleneros, empleé los siguientes seis años en formarme particularmente.

   Una vez más debo decir que un secundario como el que ofrecía –al menos por entonces– un colegio como el Calasanz ya daba una educación completa. Y uno de mis profesores, y la más temprana influencia en mi vida –el padre Emilio Tortajada Gómis–, me había dicho en confesión, casi a los gritos, que me dedicara a escribir: “Tú al arte y a las letras”. Porque le había comentado que tal vez –tenía poco más de doce años– pensaba hacerme cura. Para qué. Prácticamente me lo prohibió.

Subrayemos esto por favor como documento de la historia de las mentalidades, ya que se supone que todo cura por ese entonces no hacía otra cosa que fabricar curas. Para nada.

Bueno le hice caso, cosa nada difícil porque ya era muy lector, mi madre también, y mi padre muy melómano. En casa eran cosas habituales los libros, la ópera, la música del tango, y también mucho del flamenco, ya que mi madre sostenía que mi padre había tenido una mantenida cupletista, un locus classicus por entonces. Y el cine claro. Pero por televisión y solamente los films argentinos y algunas cosas francesas.

Así, en esos años que van del setenta al setenta y seis me formé con la ayuda de maestros y en forma particular. Historia, filosofía, historia del arte, simbolismo tradicional. Y también en las tertulias de las librerías de viejo, en las whiskerías y en la boites y en el Paraíso del Teatro Colón, provisto de una buena cantidad de austrohúngaros en diáspora porteña. Francamente, aquí el que no terminaba siendo un erudito en música de cámara, ballet, en ópera y en estilos de voces era porque no quería.

Pero -ya que estamos- esto no fue para nada algo autodidacto, para nada. Fue de lo menos “autos” del mundo. Eran gentes muy amables y generosas pero nada espontáneas o partidarias de la libre expresión, como suele ser hoy en las escuelas -no solo laicas sino religiosas- y así salen los adolescentes, en busca de “botín y de sangre”. Eran maestros totalmente verticales.

Por esos años también conocí a mi amigo Pedro Wolkowycz que comenzaba a trabajar como librero en “Fausto”, donde yo, paralelamente, comencé a ser cliente. Él me hizo conocer a Eliade y a tantos otros autores que tanto cuentan desde entonces para mí. Desde hace ya muchos años cada cosa que escribo se la doy a leer a Pedro.

La vuelta de Perón no fue muy bienvenida en casa. Se lo vio mal acompañado y mal casado. A mí su figura ya me resultaba algo..., en fin... Ajena. No, algo distante. Sin vueltas: estaba harto de su nombre y de su voz. Piense que no solo había nacido con su nombre y con el relato de sus aventuras desde mi cuna sino que mi madre recordaba que cuando había ido al velatorio de Evita, apenas unos pocos días antes le habían dado la noticia de su embarazo y de mi futuro nacimiento. Demasiado. Y de nuevo a contar historias para nada conocidas sobre Perón y Evita, pero que no podían saber salvo que las conocieran de primera mano. Pero ¿cómo?... En fin. A seguir.
Hacia el año mil novecientos setenta y setenta uno estaba harto de todo esto, y la propia religión católica o alguna de sus manifestaciones se me hicieron igualmente lejanas, como cosas que se iban desvaneciendo. Admitido que no era el mejor momento para padecer tales trances existenciales. Aunque traté de ponerme al margen, al menos todo lo que se podía. No había leído todavía a Jünger –Pedro me lo haría conocer pocos años después– pero ya era lo que este autor llama un anarca. De los pies a la cabeza.

Digamos también que del clima de época o de la atmósfera mental de esos años sí tenía un punto fundamental de contacto con muchos de mis contemporáneos: mi oposición al capitalismo liberal. Ahí sí. Pero claro que para oponerme le sumaba – como se me había enseñado– el elemento teológico y metafísico. No lo detestaba –como lo sigo detestando– por ser una teoría o una forma económica sino por su teología y metafísica al revés. Eso lleva a su economía también al revés. Esto es, tanto por ser injusto como por ser vulgar.
Noté entonces que ciertos detentadores –al menos verbales– de posiciones extremas –no “radicales”, porque aquí el uso del término resulta ridículo– tenían o mantenían una postura similar, pero era más que nada una postura emocional o mística que otra cosa. O también era la revuelta de pequeños consumidores contra grandes consumidores, como los calificara Pasolini unos pocos años antes.

Así comprobé, para mi asombro y temor por cierto, que algunos jóvenes de mi edad o poco más se habían fabricado para su propio gusto y placer un peronismo particular, sintético y multiuso. Así como un Perón modificable a piacere, uno que lo había dicho todo y que lo había adelantado todo. Y no había manera de que consideraran que estaban diciendo y sobre todo atribuyéndole cualquier cosa, justo a mí que nací dentro de esa atmósfera hasta mitológica.
Pero no había caso y estaban dispuestos a matar a cualquiera que los contradijera.

Otros –un poco más serios– se habían fabricado una China también de su propio agrado, transportable y a su medida, y si bien como le digo parecían más serios, mis conocimientos ya para entonces algo más extensos de lo oriental y de lo chino –y no este símil para uso privado– me alejaron también de tal postura.
Así que, al no tener necesidad de trabajar, por cierto, me puse –con ayuda y guías- a investigar sobre ciertos temas. Un poco después el cine –o lo que podía verse por ese entonces en copias por lo general abominables– completó mi giro particular.

Uno de esos temas de estudio fue –claro– la historia de nuestro país. Atención ahora con lo que se narra a continuación. Porque narrar es editar, cortar y pegar. Por eso con el cine culmina toda posible narración,  narrativa y hasta “narratividad”.

  Bien, entendido esto, así fue como comprendí que si me importaba la historia de mi país debía importarme la historia de mis orígenes. Allí comprendí que muchos de mis contemporáneos habían quemado los baúles y genealogías de sus antepasados cercanos y se proponían continuar modo sui las batallas entre Facundo Quiroga y el General Paz.

Creo que también di con la frase en la que Eliot dice que Europa está en guerra civil desde hace cinco siglos –es decir desde la reforma– y fui llevado a ver que el revisionismo debía ser extendido a lo mundial, a lo universal, es decir católico, ¿no? Por supuesto que estaba bien revisar las figuras de Rosas y de Quiroga –cosa que ya venía practicando con lo escolapios en el Calasanz–, pero imaginar que todo había comenzado allí y que nuestra historia se reducía a proseguir el combate entre unitarios y federales, era un despropósito.
A eso se sumó -por fortuna- que por entonces asistí a unos cursos de historia y política argentinas dadas por Jorge Abelardo Ramos. Tenía un estudio en un primer piso de un edificio sobre el todavía existente bar “La Academia”, en Callao a pasos de Corrientes. Perfecto: arriba, la erudición histórica, y abajo las mesas de billar y el bar. Eje vertical.

Cuánto le debo a Ramos, es hora de decirlo. Es –además- uno de nuestros mejores prosistas, dotado de un gran sentido del humor y muchos de cuyos epigramas repito desde entonces. En estas clases Ramos hacía hincapié en que el ejército argentino, las fuerzas armadas en general, si bien bastante averiadas, copadas mentalmente, seguían siendo en lo básico pertenecientes a la tradición sanmartiniana. Que no era lo mismo la policía corrupta y los matones de Batista o de Stroessner, que si a nuestras fuerzas armadas se las enfrentaba con las armas no se haría otra cosa que abroquelarlas todavía más; que estrecharían filas, literalmente.

¿Qué hacer? Trabajar intelectual, culturalmente, para hacerles comprender su error y hacerles ver que estaban siendo utilizadas como fuerza policial de los peores intereses antiargentinos. Me pareció de una justeza magistral. Por supuesto que, salvo los sólitos grupos y personas que necesariamente forman una élite, todos los demás calificaban a Ramos de todos los cargos posibles y repetidos, de ser agente de esto y de lo otro.

Típico –además– porque era un hombre culto y un brillante escritor mientras que sus contemporáneos de la izquierda eran de una vulgaridad sin atenuantes. Por cierto, el propio Ramos hacía buenas migas –al menos intelectuales– con el otro cotê, con los revisionistas y los nacionalistas católicos, ya que los unía el mismo estilo o “estilo de las ideas” como diría Julien Benda.

Allí, siempre manteniendo mi condición de anarca –porque de haberme afiliado alguna vez en algún lado lo hubiera hecho con Ramos– me di a esa tarea. Claro está que sumando lo dicho por Eliot y otros pensadores sobre la guerra civil intraeuropea que continúa –ya que estamos– tapada ahora por el fantasmón del euro y otras trapacerías.

Porque nunca, que recuerde, tuve ese problema o seudoproblema de identidad u origen. Siempre me sentí europeo, un europeo transatlántico. Pero un europeo de la Europa mediterránea, latina, católica. Algo para lo cual tan solo tenía que empujar una puerta abierta, claro está.

En los últimos años he mascullado la idea de que en mi caso esto se dio así, con toda naturalidad, porque mi segunda lengua no fue desde muy temprano el inglés sino el italiano. Puesto que si uno tiene un origen así, encima con padre o a lo sumo abuelo de ese origen y el segundo idioma que aprende desde muy temprano es el inglés, bueno es obvio el desarraigo espiritual y el matete mental que padecerá esa persona.

   No digo que no se aprenda inglés –yo lo hice y puedo leerlo– u otro idioma. Pero el que alguien que desde ayer nomás proviene de la Magna Grecia o del Lazio –nada menos– y no habla su lengua, bueno... Ahí tenemos.
Ni qué hablar, además, de que el italiano nos lleva muy fácilmente al latín y a las etimologías de las palabras que empleamos, y entonces “enraizar” no es un concepto sino una totalidad mental-espiritual donde habitar, porque se entiende –se siente– la figura de la raíz.

Por ejemplo, hay tanto heiddegueriano equivocado o desencaminado en esto. Porque si algo puede sacarse de este pensador es que uno debe pensar desde su idioma el pasado común, que es el griego y latino. Aunque este autor intenta eludir al latín y hacer del griego y del alemán dos imposibles hermanos siameses. Cosa que el latino, el mediterráneo o el extremo latino –como el rumano– puede hacer con toda facilidad, sin las vueltas y las contorsiones de un alemán. Claro está que si no lo desvían los cantos hiperbóreos de sirenas, ¿no es cierto?

Así que ahí estamos. Vemos a un joven de veinte años en diáspora de su religión pero –in contrario sensu– convergentemente de vuelta a su pasado latino y mediterráneo. Un pasado compartido por cientos de miles de gentes contemporáneas a su alrededor, pero que teniendo apellidos italianos imaginaban enraizarse prosiguiendo así –mágicamente– con las operaciones bélicas de La Tablada u Oncativo.

También por ese entonces di con el cine. A ver. No con su existencia, cosa que sabía casi de recién nacido porque en nuestra casa había ya un televisor de los primeros –¿Será por la adscripción paterna al régimen? Otro enigma–, donde lo primero que recuerde haber visto, a los cinco o seis años, fue All About Eve, por cierto todavía mi film favorito.

Pero recién a los veinte años comencé a frecuentar el cine casi a diario. Como ya dije, hacía años que iba al Teatro Colón y todavía no había pisado un cine. Fue un modo de expresión que tomé naturalmente como arte, quizá porque cuando comencé a frecuentarlo conocía todas las demás. Así que nunca tuve ese prurito absurdo de si sería un arte o no y demás zarandajas, porque, gracias al cielo y a mis padres y maestros, frecuentaba el arte a diario. No como un ocio de fin de semana o como homeopatía cultural. Eso para empezar.

Lo que sí corrió por mi cuenta fue entender que lo que se consideraba dentro del cine como arte –salvo excepciones– no era más que mala, malísima literatura o un remedo del peor teatro. Como Bergman, que era Strindberg fotografiado con tonos todavía más lóbregos. Y además, que eso gustaba, o simulaba gustar, porque la gente tomaba el cine como viático para superar etapas culturales y como quien desea tragar en grajeas o en resúmenes –como los de esa horrible revista norteamericana– cosas que no tiene tiempo de aprender. Y que, obviamente, el cine-como-cine era el de directores como Hitchcock –antes que nada– y el de tantos otros que trabajaban en algo todavía por entonces llamado Hollywood.

El deslindar todo esto fue muy sencillo para mí. ¿Cómo podía ser timado por los tostones del segundo Antonioni cuando era evidente que intentaba repetir lo que ciertos novelistas “objetivistas” ya hacían y muy mal? ¿Cómo suponer que fotografiar un jirón del Bosco o un poco de Ensor y con horror puritano, como el Fellini de La dolce vita en adelante, podía ser arte?
  Eran remedos, símiles, es decir puro kitsch; aunque la pobre palabreja bávara ya se emplea para cualquier cosa.

De más está decir que los franceses surgidos poco antes ni siquiera podían ser tomados en serio con sus films-citas y sus jueguitos de charadas. Si uno comprendía que Sartre era un imbécil -sino algo mucho peor-, qué podía pensar de los happenings de Godard o de los reciclados infantiles de Truffaut.
Aclaremos que Rohmer se veía en funciones especiales y recién había filmado Mi noche con Maud y de Claude Sautet apenas se conocía por entonces y también en funciones especiales Classe tout risques. De Melville solo se había estrenado El último suspiro o más bien los penúltimos suspiros, porque el distribuidor local le había quitado media hora.

De Italia, aparte de los carnavales fellinianos, se creía que Rossellini era director de un film ocasional como Roma ciudad abierta y no de obras maestras como Europa 51 o La paura.

Todo esto también lo digo para que una persona de su edad tenga el panorama completo y vea que muchos de mi generación dependieron de una distribución atroz, con lagunas y hasta con lagos y ríos enteros en la producción de cine, sobre todo europea. Por supuesto que jamás se estrenó un film de Ozu, y de Mizoguchi solo se conocía Ugetsu y una versión “reducida” de Vida de O-Haru. Debido a eso es posible que todavía hoy algunos piensen que Kurosawa y sus bochornos es lo mejor del cine japonés. Kurosawa es al cine japonés lo que el sushi a su gastronomía.

Claro que si uno pasaba a un film de Hitchcock, de Hawks o de Minnelli la cosa era total, absolutamente distinta, polar, las mismas antípodas. Lo primero era –y lo sigue siendo– un insulto a la inteligencia. Lo otro, un acicate para ésta.
Entreví que había algunos pocos que elogiaban al cine de Hollywood pero... Las razones que esgrimían eran muy superficiales, emocionales, vicarias, y no daban para nada en el clavo. Encima, las copiaban de un grupito de parisinos chapuceros que no entendían nada y así lo demostraron cuando se pusieron a filmar. Ahí fue cuando decidí hacer hincapié en el cine, pero para proseguir con mis estudios y demás.

Por esos años comencé a frecuentar la Cinemateca, tanto la sala Lugones como el teatro SHA. Me hice habitúe, sobre todo del segundo, y un poco amigo de los que oficiaban de boleteros y acomodadores. Así conocí a Pupi Fernández Jurado que un día me dijo sino quería trabajar en la Cinemateca.
Trabajando allí, escribiendo ya mis primero textos de impronta crítica y hasta organizando algunos ciclos con el material exiguo y en pésimo estado que se conservaba allí, fue cuando lo conocí a Héctor Grossi y su propuesta de un diario que se llamaría Convicción.
 
Luego de su propuesta mascullé toda una semana haciendo preguntas y planteándome dudas dignas de un personaje de Conrad. Encima, la marina en mi casa era sinónimo de lo peor debido a su actuación durante el golpe del año 1955. Aclaro que para entonces –fines de 1977–, no se sabía nada de lo que pasaba en nuestro país, salvo el que se estaba librando una soterrada guerra civil y que había atentados con bombas, tiroteos y demás. Puede ser –lo admito– que alguien estuviera más enterado de lo que pasaba, pero no lo creo.
Bien. Como le digo, pasé una semana lucubrando y pensando. Consulté a mis amigos, al propio Fernández Jurado. No a mis padres porque no quería preocuparlos. Donato tenía ya setenta y ocho años y por fortuna no leyó un diario en toda su larga vida; Lisa ya se había dedicado a seguir diversos programas de televisión a lo largo del día. Así que también aquí tuve que llevar una doble vida.

Pero todos los consultados me decían que sí, que no importaba, que al contrario, que era mejor que hubiera gente independiente escribiendo allí. El tema es yo no era ni soy independiente. El anarca no es independiente. No había dudas al respecto.

Finalmente se hizo una reunión en las instalaciones del diario para conocernos entre nosotros. Era en un edificio en la calle Hornos, detrás de la estación Constitución, y que ya no existe porque se tiró abajo para construir la autopista. Cuando finalmente llegué allí, qué vi. Periodistas de todos los pelajes y colores. Peronistas, de izquierda, dos dirigentes del Partido obrero en la sección economía. Gentes que habían trabajado en La Nación, en La opinión e incluso estaban los secretarios y aláteres de algunos sindicalistas muy notorios por entonces. Hasta estaba el hijo de un conocido historiador peronista –muy malo por cierto–, un muchacho bastante estúpido y poco dado al agua y jabón.
Ante tal variedad de edades, procedencias y demás, me dije que había sido un exagerado. Incluso debo decir que al enterarme de que habría de tener como compañero de trabajo, y en la crónica teatral, alguien como Yirair Mossián, gran director y maestro de actores y de quien por fortuna fui amigo, me dije que era todo un lujo.

Pasé entonces, digamos, a sentirme fuera de lugar por haberme hecho tales interrogantes e intríngulis. Por cierto que buena parte de mis compañeros de redacción de entonces siguieron trabajando y siguen trabajando en diferentes medios y me cruzo con ellos todavía hoy y hasta colaboro en algunos lugares donde ellos son secretarios de redacción.

Allí conocí a uno de mis grandes amigos, Claudio Uriarte, a quien Dios tenga en la gloria, muerto estúpidamente hace dos años atrás. Uriarte –fíjese– había sido militante del grupo de Abelardo Ramos así que ésta y otras afinidades, sobre todo musicales y literarias, hizo que nos volviéramos grandes amigos de inmediato. Con los años escribiría la biografía del propio Massera. Lamentablemente, el único libro que nos dejó.

Desde el comienzo mismo del diario tuve dos grandes enemigos. Uno era el director del diario y escriba de los discursos de Massera, que se llamaba Hugo Lezama. Un tipo enorme –en todo sentido– que vestía siempre de blanco y se parecía a Sidney Greenstreet; incluso tenía un gesto tan amenazante como los roles que éste interpretara en la Warner. Luego, el jefe de la sección –cuyo nombre omitiré aquí–, un viejo rutero de suplementos culturales de toda laya y pelaje. Este me detestaba –además de por motivos digamos “personales”– porque Grossi me había impuesto sin más, mientras él deseaba traer a dos de sus, digamos, protegidos del diario anterior en donde todos ellos habían trabajado.

Pero Grossi –que además no lo podía ver– se mostró inflexible. En esto fue apoyado por un amigo suyo y de Lezama –todos salidos del Nacional Buenos Aires– que era Jorge Andrés, el mejor crítico de jazz y de música ligera que ha dado la Argentina y de quien me hice muy amigo. Y que tenía a su cargo un suplemento. Ellos fueron mis padrinos estando bajo las miradas no de occidente sino de Lezama y de mi propio editor.

Lezama era uno de esos típicos candidatos a todo. Había sido una permanente promesa, a escritor, a novelista, a hombre de mundo, a dandi y sibarita, y había fracasado meticulosamente en cada una de estas especialidades. El tipo tenía chispa, pero..., eso: la pólvora le servía apenas para alguna chispa y la mecha no era muy firme ni menos extensa. Su nombre es legión. Así que desde el comienzo mi estilo cuanto mis ideas eran ya para entonces por demás... ¿Visibles? ¿Notorias? ¿Escandalosas? ¿Sofisticadas? Todo ello junto y encima con poco más de veinte años. Por eso pasé a engrosar su lista negra particular. De las tantas que había por entonces, que hubo antes, y que siguen todavía activas...

Pero Grossi y Jorge Andrés caían por su despacho y entre whisky y whisky lo convencían de mi talento. Pero el tipo no soportaba mi estilo, ni mi edad, ni nada. Además era terriblemente anticatólico y yo, aunque había perdido mi fe tiempo atrás, seguía siendo mental y culturalmente católico. Digamos que había dejado de creer en Dios pero no en Hitchcock ni en Dante Alighieri ni en Roma, y eso se notaba.

Una vez me llama a su despacho. Estaba todo de blanco, hasta los zapatos, y me enjareta no sé qué monserga, diciéndome que no se conseguía publicidad de cine debido a mis críticas. Le dije que no se quejara porque tenía la mejor página de cine de la ciudad. Me dijo que yo tenía una gran opinión de mí mismo y le respondí que, por lo que había alrededor, francamente era una tarea por demás sencilla. Debo admitir que en esto estuvo de acuerdo.

Pero quería tener la última palabra, claro. Me dijo que un crítico de cine dura lo que una magnolia. Respondí que podía ser, pero que muchas veces esa magnolia dura mucho más que el director de un diario improvisado. Grossi casi se desmaya. La verdad, podía haberme callado la boca. Treinta años después veo que al fin y al cabo yo tenía razón.

Estando en ese tira y afloje con Lezama, Claudio Uriarte me acerca a otros habitantes del diario. Le resumo. Me hablan de formar una comisión interna y surge por primera vez –que recuerde– la palabra “desaparecido”. Que este, que aquel. Breve: formamos la comisión interna. Uriarte, yo, los dos del Partido Obrero y algunos más de pasado inescrutable. No los nombro aquí por el apellido por varias razones: por viejos hábitos de doble vida y porque tal vez hoy –como tantos– hayan cambiado de andarivel y no quieran verse recordados como tal. Hay tantos y tantos... Además, ya forman parte de una novela en marcha, así que no quiero dilapidar capital imaginario...

Bueno, para febrero del año siguiente –1979– redactamos la lista, una de las primeras sino la primera lista de desaparecidos que circulara local e internacionalmente. Treinta y nueve nombres. Que además memorizamos. Todavía recuerdo a la mayor parte. Desde luego, todos eran gentes relacionadas con lo nuestro, escritores, periodistas, actores, directores de cine, guionistas de historietas. Algunos muy fáciles de imaginar, claro.

Bien, esa lista la hicimos circular por embajadas y legaciones. Yo mismo la llevé a la legación vaticana y fue –imagino– por eso que se hizo luego –vía el legado papal Pio Laghi– conocida o admitida la existencia de desaparecidos. En fin.

Una vez que cayó por acá un actor inglés, entonces algo popular –Robert Powell– se hizo una reunión privada en la embajada inglesa. Como había charlado con él –un día antes en un cocktail para la prensa– sobre Lord Byron –Powell quería protagonizar y dirigir un film sobre él– y le había digamos que simpatizado, le pidió a la encargada de prensa (recuerdo que se llamaba Simpson) que me invitara a esa reunión más privada.

Fui, bebí excelente whisky y seguí charlando de Lord Byron con Powell. Estaba enterado de sus relaciones con Polidori y sabía por cierto que Byron lo llamaba “Polly Dolly”.

Estaba presente también el distribuidor de un film suyo –una absurda remake de Los 39 escalones– y otrora director de cine comprometido que había optado por pasarse al realismo mágico. También una autodenominada ya por entonces “dama del teatro” y ya por entonces también una tilinga insufrible y una mentirosa legendaria... Aún, cercana al siglo, sigue fabulando...
Cuando se mandaron a mudar, con Powell en busca de algún servicio especial que la vieja dama no podía ya otorgar, y con el ex director comprometido, me las ingenié para quedarme último y así propuse tomarme la del estribo con el encargado de negocios. No había entonces relaciones diplomáticas con Inglaterra.

Allí aproveché para recitarle la lista. Para completarla, algo digno –ya que estamos– de Graham Greene, el diplomático era igualito a Mel Ferrer. Por supuesto que el tipo –recuerdo todavía su nombre pero lo dejaremos también en limbo– bebía como un pez y allí –la sala del palacio Ortiz Basualdo– le pasé la lista.

Recuerdo que había una chimenea con un hogar enorme, y un ventanal con vidrios cortados en losanges, el diplomático de smoking y yo con un terno de Rodher’s. Parecía algo salido de Cinco dedos, de Mankiewicz. Cada vez que reveo el film en mi casa, no puedo dejar de asociarlo.
Bueno los treinta y nueve nombres –mire la coincidencia, amigo Nuñez– fueron así llevados a tales lugares. Poco después de esto, un integrante de la comisión fue echado por inútil por el mismísimo Lezama. Hay que admitir que en esto tenía razón. Era un inútil completo. Tardaba horas en trasladar un papel de un escritorio a otro. Además de trasladar chimentos de alcoba de todo el mundo.
Pero bueno, hubo que aprovechar la volada par armar como una suerte de –la idea y la expresión fue de Uriarte– carta de presentación pública de la existencia de nuestra comisión.

Así se hizo. Aquí logramos una pequeña victoria, que muchos de los digamos no comprometidos en la comisión o que miraban al costado –hoy lo siguen haciendo por cierto– sumaran su firma en el petitorio.

¡Para qué! Al sátrapa de Lezama le agarró un patatús, porque vio un par y hasta un trío de firmas de amigos suyos o de viejos conocidos de sus andanzas en el mundo editorial y de las agencias de publicidad, donde ya había dejado una considerable fama de pesado. Una vez –me contó Dodi Scheuer– se había negado a que un personaje de una campaña se llamara Gregorio porque pensó que era un guiño a Kafka.

Como quiero ser justo con usted, y como soy teórico de una interpretación particular del fuera de campo, no quisiera omitirlo aquí. Mis años en ese diario –de agosto del 78 a diciembre del 80–, además de lo histórico y de lo subjetivo –la tirria de Lezama por mi prosa y mis ideas y la del jefe de mi sección por razones más o menos similares–, sumaron un complemento –¿cómo decirlo?– Todavía más subjetivo por las relaciones que mantuve en ese lapso con dos señoras. Una traductora del diario primero y luego con una correctora que tiñeron lo político y lo histórico con lo más privado.

Obviamente no pienso hablar de ninguna de estas dos personas aquí, pero digamos que tuvieron fundamental importancia en los hechos.
Ahí tenemos algo que merece meditarse. Una época cualquiera, sobre todo de las peores y más trágicas como fueron aquellos años argentinos. Se piensa que existe solo el componente político, ideológico o a lo sumo el económico, y así se juzgan las acciones de los hombres. No es cuestión de esgrimir una vez más el argumento de la nariz de Cleopatra que tanto interesaba a Pascal, pero es indudable que la actuación de alguien en determinado momento no es solo movida por una razón histórica absoluta que ni el más craso hegeliano –de existir todavía– puede creer eso. De no haber escrito como escribía, sostener lo que sostenía pero con una prosa contundente, cuántos problemas me hubiera evitado. Entonces, estaban los que me detestaban por lo que escribía y cómo escribía, luego los que me sabían o sospechaban parte de tal comisión y, para completarla, luego los que celaban mi relación con una y con otra mujer, que a su vez no se estimaban mucho que digamos entre sí.

Pero aquí, si me permite expresarme así, viene el cartón lleno.   

Sobreviviendo a la comisión interna, a la doble vida que llevaba tanto en mi propia casa como transportador de listas de desparecidos a las embajadas y legaciones, no simpático a algunos de mis compañeros por mi prosa y a otros por mantener relaciones con dos señoras a las que ellos habían intentado malamente llevar a la cama –esto contado por ellas, claro– sobrellevando todo esto, ¿qué sucedió? 

Escribía una columna de mi invención llamada “Cine en TV”, una de las que más enconos me cosechó. Los epigramas me han costado muy caros en la vida. Debo reconocer que más de una vez por emitir uno he sacrificado mi paz espiritual y sobre todo económica. John Gielgud decía a los noventa años que la lengua era lo que le había causado más problemas en la vida. Pero creo que él se refería a otra cosa...

Bueno esta sección de “Cine en TV”, ¿qué otra cosa podía ser sino una serie de epigramas? Algunos ya me habían costado reprimendas y odios, sobre todo cuando me encargaba de algún director por entonces todavía prestigioso en ciertos ámbitos. Sobre todo soviéticos. Claro que como el comunismo local apoyaba al “proceso” –lo que le hizo perder a los últimos militantes dignos que tuvo, conozco a varios–, tenían que meter violín en bolsa. Otros estaban horrorizados porque les había dicho –por ejemplo– que Gerard Philippe era un actor insufrible, algo que debería resultar evidente por sí mismo. Aquí, más que los comunistas, eran los afrancesados los que se sentían ofendidos. Pero faltaba todavía no la gota sino el contenido de la botella completa que rebalsaría no el vaso sino la coctelera.

Hete aquí que pasan ese bochorno insufrible de Doctor Insólito, que merece figurar en los libros de récords por ser una comedia carente del más mínimo sentido del humor. Bien. Me dispongo a darle su epigrama correspondiente cuando –aquí debo ser justo– el jefe de la sección me advierte que era ¡el director favorito de Lezama! 

Tozudo como soy, o como era, o tal vez por motivos oblicuos –largarme de ese lugar– le cargo su epigrama. Me acuerdo una parte, que creo no estaba mal: “Entre los aficionados corre este interrogante ¿cuál es el peor director de cine de la historia? Respuesta Kramer vs. Kubrick”.
Al otro día, sábado, me entero –me llama por teléfono Marcelo Zapata– que Lezama había modificado no solo el epigrama y hasta la columna completa sino que había escrito un extenso recuadro donde me acusaba –lo juro– de ser un subversivo porque no me gustaba... ¡Kubrick! ¡Nada menos! ¡Kubrick! ¡El favorito, la querida de los progresistas del mundo! Y era el que le escribía los discursos a Massera.

Por eso –querido Nuñez- ese período de nuestra historia podrá ser comprendido alguna vez, pero tan solo luego de muy laboriosos y profundísimos análisis y estudios que tengan una imaginación hermenéutica mayúscula. Algún día.

Poco antes se había ido a los Estados Unidos Claudio Uriarte, recién casado con una norteamericana muy simpática que vive todavía entre nosotros. Había ido allí como corresponsal del diario. Así que me había dejado su departamento de la calle Rincón, que me alquiló por un precio razonable y adonde yo fui más o menos a vivir con la señora correctora. Luego del brulote de Lezama me quedaba esperar allí la invitación a pasear en Ford Falcon. Francamente, más que miedo tuve a mano el trazado de la ruta más expeditiva para recorrer en taxi o en automóvil particular el trecho hasta la embajada italiana. Si mis padres no hubieran estado vivos todavía creo que lo habría hecho. Y a escribir mis memorias en Capri o en Portofino.

Imagino ahora que Grossi y Jorge Andrés intervinieron para evitar el paseo en Falcon. Sobre todo el segundo, puesto que era alguien a quien Lezama deseaba parecerse: culto, muy pero muy elegante, fino, excelente prosa. Nunca lo hablé con él –y hace años que no lo veo–, pero ahora me resulta más que posible. 
Lezama, por otro lado, se desgañitaba y se devanaba los pocos sesos que tenía intentando comprender mi adscripción partidaria, ya que mi filiación –me contaron tales personas de su intimidad– lo tenía totalmente perplejo. El muy... No podía –era obvio– ubicarme en la izquierda, pero no parecía tener por mi parte tampoco los tics indispensables de cierta derecha, y claro, estaba preocupadísimo porque no entraba en su férreo maniqueísmo binorma. A algunos, esto todavía les sigue inquietando.

Pero la suerte estaba echada o Dios sabrá qué. Se estrena la segunda parte de La guerra de las galaxias, que lógicamente traté muy mal. Nos la habían pasado en privado, antes del estreno, en lo que era entonces la Columbia, en Lavalle frente a El Salvador, en una copia doblada a ese castellano centroamericano ya para entonces insufrible.

Yo hago la crítica y al final agrego, ya que había quedado corta –fíjese el destino amigo–, unas líneas más para llegar a cubrir el espacio requerido. Escribo que el doblaje centroamericano hace que todavía el film sea más insoportable. Hete aquí que ese jueves no llegaron a tirarse copias suficientes en su modalidad doblada y el director de Columbia –un cubano tránsfuga y alcahuete– le escribe a Lezama que yo había faltado a la verdad. Así que este aprovecha para echarme. A la semana comienza a exhibirse esa copia doblada por la que luego el juez –cuyo nombre lamentablemente no he conservado–, un año después, al fallar en mi favor, hace hincapié en la defensa que he hecho por salvaguardar el tono del castellano argentino.

Ah, para ponerle el moño al paquete. El cubano tránsfuga había sido informado de mi supuesto error por un empleadito suyo –un alcahuete en segundo grado–, que era como una suerte de remedo local de Allen Ginsberg, autor de unos poemas igualmente espantosos, luego dedicado a la ecología y al orientalismo. Típico.

Esto era a comienzos del año 1981. Seguí todo ese año en la calle Rincón, y fue allí que leí por primera vez a Eliade, a Guénon, a Carl Schmitt y donde comencé a escribir poesías. Me reunía por las noches a comer con Álvarez Boero y con Montalvo que venía provisto de pasta amasada por él y cintas de casete conteniendo algunos tangos de los más arcanos de la guardia vieja, como “Danza maligna” por Azucena Maizani, joya todavía a descubrir.

Ya nos habíamos hecho amigos con Marcelo Zapata así que también solía frecuentar el lugar. Fue allí cuando sacamos el único número de una revista o fanzine, llamado El amigo americano y todavía recuerdo las carcajadas estrepitosas de todos nosotros mientras redactábamos el editorial.
Ese fue para mí un annus mirabilis. Un rito de pasaje. Incluso se improvisó algo después un supuesto festival de cine italiano y vinieron aquí Giancarlo Giannini, Lou Castel, y nada menos que Brunello.

Rondi, guionista de Rossellini y de Visconti. Por cierto que les encajé la lista y hablé con gentes de la embajada italiana. Allí hice ese reportaje a G G -que ahora figura en esta misma página- y que una revista entonces supuestamente “comprometida” no quiso publicar. Participé de una comisión interna de periodistas, ya algo más extensa que la anterior. Nos reuníamos en el lobby del hotel de un sindicato, a la vuelta de Congreso. Ahí me aficioné al coñac en copa caliente.

Poco después llegó el desembarco en Malvinas y –para citar curiosamente al inglés imperialista por antonomasia–, como diría Kipling, “esta es otra historia”.

¿Cómo veo hoy a aquellos años? Como los veía ya por entonces, creo. Una guerra civil no declarada, a diferencia de la norteamericana o de la española. Eso sí, tan cruel y desalmada como todas ellas, desde la que cuenta Tucídides y que para eso tuvo hasta que inventar a la Historia como género.

  También con otra diferencia. Que ésta fue llevada a cabo por el diez por ciento -a lo sumo- de toda la población argentina y –como me dijo una vez Solano López, dibujante de El eternauta, cuando ambos trabajábamos en Fierro– teniendo a todo el otro noventa por ciento en el medio y prácticamente de rehén.

¿Casi cuarenta años después? No se ha aprendido casi nada.


© Ángel Faretta
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