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SEMIRETIRO FILOSÓFICO

Quinta Parte de los diálogos con Sebastián Nuñez

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Sobre el mito y lo mítico

     Ángel me gustaría consultarlo por un par de cuestiones referentes al mito, ya que sus reconfiguraciones –a través de mitologemas como bien ya ha explicado- son algo fundamental en el género fantástico desde Hoffmann a la llegada del cine. Específicamente quería consultarlo en primer lugar sobre algo que siempre me pareció muy importante, y por lo tanto una explicación sobre ello la creo muy necesaria.
   ¿Qué función tiene el mito en la sociedad moderna, ya que esta, a diferencia de una sociedad como la griega antigua por ejemplo, no vive en una totalidad religiosa?

     Creo que para empezar o intentar empezar a responder a su pregunta señalaría lo siguiente: el mito sigue viviendo en la sociedad contemporánea fundamentalmente de manera larvada, híbrida, o directamente aberrante. Casi lo mismo le sucede a lo sagrado, con la diferencia de que la administración de lo sagrado -es decir lo religioso-, todavía corre –subrayo “todavía”- en buena medida por cuenta de la Iglesia católica. Y mediante el culto, o lo que resta o va restando de éste, sobre todo en las ceremonias festivas, procesiones, festividades de santos y patronos, así como la propia confesión auricular, y con la ayuda de las formas para-católicas mal conocidas como “religiosidad popular”, todavía consigue  que lo sagrado –o una buena “parte” del mismo- no se presente en modos híbridos, delirantes o directamente aberrados.
  Ahora bien, con el mito sucede que se está a punto de carecer del último modo posible de su manifestación ritualizada en la modernidad, que es el mitopoético; o sea encauzar sus mitologemas en modos y troqueles dramáticos en los que la representación, la puesta en escena, y hasta la performance actúen como reemplazos del ritual. Digo reemplazos y no símiles. Porque un mito sin rito correspondiente es algo muy peligroso, ya que su fuerza, su energeía o prâna sin ese cerco y marco de cura que es el ritual se desboca e invade marcos y espacios que no se encuentran preparados para recibirlo. Incluida la naturaleza. Como puede verse de manera más creciente y demencial en los fenómenos sísmicos, las erupciones volcánicas luego de miles de años de inactividad, así como los bosques en llamas y los tsunamis del caso, que no son solamente fenómenos físicos, claro está.
  Ahora bien, ese mismo desborde de lo mítico en lo físico-natural se precipita también en otros marcos, más interiores o -para mejor decir- los huracanes y demás son los modos ad extra y los que pasaremos a definir a continuación serían los marcos ad intra del desborde mítico sin cura mediante el ritual. Estos pertenecen a lo relacionado con lo “psíquico”.
  ¿Me permite un ejemplo para intentar comprenderlo?
 

    Fijémonos en el actor, el escritor, el bailarín, en el artista en general y en todo aquel poseedor de un don o plus energético, incluidos los deportistas. Es sabido que en cuanto no pueden ejercer y purgar esa energía hacia fuera, esta misma regresa, como un bumerang, violentamente a lo interior-psíquico. De allí –ya que estamos- el régimen riguroso, casi paradójicamente ascético, del todavía difamado Star-System del Hollywood clásico. Mediante esas larguísimas jornadas de trabajo y con esas exigencias terribles a que eran sometidos se logró que los posesores de tales fuerzas no fueran meros numerales biológicos sino -y tan luego- que se volvieran arquetipos. Claro está que parte de ese plus fatalmente se derramaba en marcos incontenibles y de allí las complicadas y erráticas vidas privadas de muchos de los más grandes actores y actrices.
   Aquí podría hacerse una sencilla pregunta -por ejemplo sobre Lana Turner- que tuvo sus grandes sufrimientos personales pero ¿se imagina lo que hubiera sido de ella sin el cine?
  Así que lo mítico sin ritual, que es su condición de propiedad simbólica diestra se vuelve, al desbordarse en marcos externos e internos inadecuados para su cura y despliegue, manifestaciones siniestras. Y así puede verse con total claridad cómo todo fenómeno social, “de masas”, multitudinario y sobre todo político irresuelto es más que nada un problema referido a lo mítico mal planteado y/o irredento por su falta de ritual.
  Todo ello puede a su vez pensarse en relación con lo que Konrad Lorenz llama, en etología, “teoría hidráulica”. Esto en cuanto a los instintos provenientes del pasado animal que siguen funcionando atávicamente en nosotros y que llevara miles y hasta millones de años ritualizar. Así las formas de desviar o neutralizar el instinto de agresión. Pero como la vida moderna, sobre todo en su forma urbana, nos hace tener a diario docenas de contactos sociales indeseados, se crea en nosotros un exceso de agresión o de agresividad que no puede cautelarse con los exiguos modos de encauzamiento o de neutralización que ofrece esa misma vida cotidiana en las grandes ciudades. Entonces, al no poder resolverse y exorcizarse esa creciente agresividad en juegos, deportes -ya ¡ni hablar de caza mayor!-, el hombre singular acumula en la base una presión tal que –de allí lo hidráulico- termina por estallar, subiendo a la superficie y desbordando de modo aberrante por los cuatro costados de la vida. Y ninguno de los cuatro costados logra trazar surcos o abrir canales para que circulen dichas fuerzas en expansión... Los cuatro costados son la familia, el trabajo, la fiesta -o lo que resta de ella- y una parte algo imprecisa llamada todavía “ocio”, compuesta por el juego, las vacaciones y el espectáculo. Y que deberíamos ver luego por separado...
  Así podríamos decir que al mito, lo sagrado y lo instintivo les sucede lo mismo, y que cada vez más tienden a parecerse tanto en sus causas como en sus consecuencias. O unas se relacionan con las otras de manera cada vez más flagrante
 Aquí me atrevo -gracias a usted- a poner sobre el tapete una hipótesis que llevo mascullando hace años. ¿Será que lo que llamamos instintos, pulsiones, derivas, son en lo físico y en lo biológico lo que el mito y lo mítico es en lo espiritual? ¿Y que lo sagrado es la vía intermedia, la síntesis o el canal que permitía primero “fabricar”, condensar, y luego hacer circular a esa síntesis entre lo mítico y lo instintivo?

La segunda cuestión es: ¿cómo es posible mantener el mito luego de la revelación cristiana, de la Encarnación? Si esto último es la superación de los tiempos míticos, ¿por qué es que se vuelve necesario aún sostener reconfiguraciones del mito?

   Claro está -¿claro?- que con la Encarnación terminan el mito y lo mítico. O terminan las manifestaciones del mito, es decir los mitologemas y de algún modo también -completando un poco a Eliade si me permite-, concluyen las mismas hierofanías. Esto lo sabemos desde Vico. Al que -ya que estamos- Eliade rara vez menciona o directamente ninguna. Como tampoco a Görres o a Bachofen por cierto.
   Así, todos los mitos, o más bien los mitologemas, son manifestaciones, señales, preanuncios anteriores de la Revelación antes de la Encarnación. Son adelantos, prólogos, síntesis poéticas de lo que todavía no ha sido ni revelado ni encarnado. Incluso no temamos decir, materializado. Y esto es lo que hace que todavía algunos idiotas que se creen tradicionales le reprochen a Teilhard algunas de sus afirmaciones. La Revelación y sobre todo luego la Encarnación cristiana santifican lo material. Cristo es también material. De allí el símbolo fundamental de la Transubstanciación que tanto ayudara al propio Teilhard para comprender cómo actúa Dios en su creación.
   ¿Recuerda el ejemplo que da? Si como sacerdote yo asisto y participo todos los días, durante la Consagración, a que un trozo de pan se convierta en presencia real del cuerpo de Cristo, ¿no podría Dios imprimir de igual modo en su creación una similar y continua transubstanciación de la materia con que fue hecha? Allí, la teoría de la evolución, planteada primero tentativamente en un marco mental puritano ya vuelto cientificismo liberal, se une –o mejor dicho converge- con la metafísica tradicional. Aquí vemos un nudo problemático o tal vez el nudo problemático fundamental: la convergencia ya existe pero no se quiere vivir ni habitar en ella...
  Hoy, y desde hace décadas a esta parte, esto se completa no solo por el des-cubrimiento sino y sobre todo por la intelección del ADN, que confirma sin más la definición aristotélica del alma como la in-formación del cuerpo.

   Pero además sucede lo siguiente. Desde un tiempo a esta parte el mundo ha dejado de ser cristiano y -al menos en su superficie- es directamente anticristiano y hasta poscristiano. Y esta conditio fue -y una vez más- descubierta y padecida antes que nadie por algunos artistas, pensadores, poetas que –en modo chamánico- hasta somatizaron las pre-visiones de las que fueron soportes. O, para mejor decir, somatizaron y mentalizaron, puesto que ahora sabemos que es lo mismo.
    Los románticos alemanes antes que nadie, y luego ese largo eje que corre de Poe a Baudelaire, solitarios y “únicos” como Leopardi y Kierkegaard, y de estos a tantos otros hasta la llegada del cine.
   Ellos vieron o pre-vieron esa materialización sin la parte encarnada que ya se estaba produciendo en algunos lugares de Europa y América, y entonces fue que como giro o ricorso todo ello los recondujo al mito y a lo mítico.
 Pero antes de seguir con esto me parece, amigo Nuñez, que debo ir una vez más al comienzo. Me temo que será un poco largo...

  Usted me pregunta sobre el mito y la Encarnación. Veamos que pasó luego del triunfo del cristianismo. O -si queremos- una vez que el cristianismo se vuelve la religión del Imperio, porque debe recordarse una vez más algo fundamental: que aceptó hacerse cargo de ese Imperio, es decir, de su arte y de su ley –que es imperium-, puesto que perfectamente el cristianismo o, mejor dicho, la élite cristiana podría haber optado por mantener su anterior postura apocalíptica, de espera silenciosa y quietista del juicio final, y alzarse de hombros frente a Roma y desentenderse de su herencia; que incluye el idioma en el que usted y yo estamos dialogando ahora.
  Después, por un largo período, la llamada por algunos “edad oscura”, desde la caída de Roma al año ochocientos y la aparición de Carlomagno, la postura que este primer cristianismo tuvo con lo griego en general y el mito en particular fue en buena medida de que era cosa diabólica y una mentira sin más. Pero también hubo una segunda y paralela corriente -sobre todo en Alejandría- que, con ciertos comprensibles circunloquios, defendió el empleo del mito para entender los pasajes de la Escritura y sobre todo el Antiguo testamento –claro está. Así, Clemente y sobre todo el gran Orígenes fundaron lo que un tanto confusamente –confusión que alentaron para que los dejaran en paz- llamaron “método alegórico”.
   Es decir que todo pasaje de la Escritura en especial del Antiguo Testamento –digamos salida de Egipto y cruce del mar Rojo- además de su sentido literal-usual contenía un segundo significado de carácter hermético. Éste segundo significado es de carácter simbólico, pero prefirieron llamarlo alegórico, tanto por lo que he dicho -ya que alegórico parecía ser más ortodoxo-, cuanto por otros motivos, pues en lo escrito -a diferencia de lo visual o lo plástico- la dicotomía entre símbolo y alegoría no es tal, o no es tan extrema como luego redescubriría –también con algunas confusiones - el propio Schopenhauer. Cosa que habremos de ver -si le parece- por separado.
  Luego, en plena edad media –del año ochocientos y restaurado el Imperio con Carlomagno en adelante- el mundo pagano ya no fue tan desdeñado en toda la cristiandad occidental –la oriental, con epicentro en Bizancio, siguió siendo de habla griega- y allí los relatos (mithoi) griegos que se recordaban o se conservaban oralmente -porque Occidente perdió el uso de la lengua griega por cerca de mil años- pasaron a volverse parte del acervo anónimo –la mal llamada “cultura popular”- por cierta élite que se fue reagrupando en distintas sociedades y cofradías. Como los “Fideli d’Amor” –de los que formó parte Dante- y los desdichados templarios, sobre los que ya es hora que se reabra el caso, no se pierda más tiempo, y se explicite quiénes eran y cómo actuaban y no dejarlo como pasto para los delirantes inventores de estupideces semiletradas que confeccionan mamarrachos sobre supuestos “códigos”, cuando el único código que conocen es el de barras. Pero dejemos esto por ahora.
  Allí, en esos lugares, sociedades y cofradías, los mitos y lo mítico se volvieron a entender operativamente. Es decir, se trabajó con ellos y a diario. Aquí se com-prende en modo operativo lo que luego entenderá o volverá a entender siglos después Vico, aunque dicho ya en forma filosófica. Digamos que aquello que llamamos sin más “filosofía” desde hace ya tres o cuatro siglos –en especial la que cuenta- es la forma especulativa de un saber que ha perdido su carácter operativo. Así Leibniz, y mucho después Bergson y Heidegger y algunos más, posiblemente Max Scheler...
  Aunque Vico en realidad ya no es “filosofía” en el sentido inaugurado por Descartes y similares- sino algo muy diferente: por un lado es metafísica pura y por el otro se adelanta, o en rigor funda y hasta inventa cosas como la estética, la etnografía, la antropología y las luego llamadas “ciencias del espíritu”. De allí la incomprensión de que gozó en vida, y por siglos, o el que su circulación fuera también casi clandestina. Por ejemplo en Alemania donde Hegel lo leyó a escondidas, pero para ponerlo “al revés” y que es como lo recibió Marx.
 
   ¿Qué es operativo entonces? Que se aplica con ese saber, “que obra y hace su efecto”, que se trabaja con él y se oficia –por ser del oficio- con él. “Algo preparado y listo para entrar en acción”. Y, ya como dispositivo, “una organización para acometer una acción”. Lo puesto entre comillas son las definiciones literales de la academia de la lengua castellana... O sea que, en un nivel, todavía sigue comprendiéndose lo que es operativo.
   Digamos, es cuando se conoce el significado simbólico de un círculo o una espiral pero también cuando se trabaja y se oficia a diario con ella. A diario y cósmicamente, es decir en la totalidad de la vida y no en compartimientos estancos separados entre sí. Cuando ese signo no es adorno ni fragmento separado de una totalidad, pero esa totalidad es “cósmica”, es decir que todos los órdenes y estamentos de la vida participan de la misma forma de esa totalidad. Donde lo simbólico, pero lo económico, lo particular subjetivo y lo colectivo objetivo no son cosas separadas ni menos aún autónomas.
  En cambio, especulativo es cuando primero el oficio se vuelve oficioso y una vez disueltas las corporaciones de oficios, tras el “otoño de la edad media”, aparece esa sabiduría meramente especulativa, porque no oficia sino que especula con lo que oficiaron otros.
   Allí es cuando aparece esa temprana filosofía renacentista que intenta más que nada religarse con lo anterior y que comienza a perderse. Allí aparecen Pico Della Mirandola y el propio Marsilio Ficino, primer traductor de Platón y de Hermes Trismegisto y a tantos otros. El último eslabón -ya tardío- de esta corriente será el desdichado Giordano Bruno, en cuyo proceso –esto debe decirse alguna vez- tanto él como sus jueces que lo condenan mantienen literalmente un diálogo de sordos.

  Volviendo a lo operativo y al sentido primero pre-renacentista de la alegoría, recordemos los cuatro sentidos que Dante, en carta a su protector Cangrande Della Scala, declara que tiene su “Comedia: “literal, alegórico, moral y anagógico, al que algunos también llaman “suprasentido”.
  El primero no tiene problemas; el segundo es el simbólico, aunque se prefiere decir alegórico porque estamos en letras y el propio término de alegoría –“allegourein”, “digo de otra manera”- indica ya esta forma de lectura. Luego el moral o ético tampoco presenta problemas ¿o sí? Bueno señalemos de paso que éste sería el que contemporáneamente se llama sin más “contenido” y hasta –Dios santo- “mensaje”.
   Pero ¿y el anagógico o tropológico o suprasentido? Superficialmente refiere a los tropoi, modos, figuras, sobre todo metáforas, a los desvíos para expresar algo no literalmente. Bien, pero también es el de los modelos clásicos –con Dante y demás se inventa el concepto de clásico- aprendido de los griegos y de los latinos. Este es el primer empleo –¿cómo decirlo?- operativamente cristiano del mito. Es decir que se está dentro de la Encarnación y Revelación. Pero la expresión, como no agota la actualidad sino que expresa también lo anterior –a lo que ilumina porque el verbo se hizo carne- es que allí y para ello se recurre al empleo del mito, pero no cristianizado sino recuperado en el sentido de ingresado sintéticamente a lo actual-cristiano.
 Por cierto, eso lo que se hace también –cambiando lo que haya que cambiar- en el mundo celta con el ciclo artúrico. No es que San Patricio y demás monjes estuvieran desfigurando con ayuda de algunos irlandeses y galeses dados al whisky lo “pagano” de los mitos artúricos con agua bendita. Para nada. Lo anterior se recupera. Y entonces es muy sencillo saber qué cosas pre-veían figuras como Avalon, la espada Excalibur, la misma Fata Morgana y ni hablar de Merlín.
    Por ejemplo, C. S. Lewis no tiene problema alguno en “resucitar a Merlín” –que permanece en estado de “animación suspendida” en medio de la campiña inglesa- para que contemporáneamente se sume a las huestes tradicionales que destruyen a las fuerzas de la oscuridad en la tercera parte de su extraordinaria “Trilogía de Ransom”. Obviamente algunos ignorantes y puritanos –que es lo mismo- le cayeron encima por eso.
   Entonces tenemos que en la edad media o en la así llamada edad media hay un uso operativo –como en todos los ámbitos de la vida por lo demás- de este material tropológico-retórico anterior al cristianismo, es decir el mito y sus mitologemas. Así Dante y así también los que trabajaron -ya como poesía- sobre el ciclo artúrico, como Chrétien de Troyes y tantos otros.
  Luego, y con la caída de Bizancio, podría decirse que el griego se traslada de nuevo a Occidente y deja de hablarse en Oriente. Hablarse en el sentido de comprenderse, ya que el habla no es tan solo función orgánica, ni está separada por la lengua, como sostiene cierto positivismo ya en retirada.
   Ese redescubrimiento del idioma griego en Italia primero, y luego en toda Europa es lo que dio lugar al así llamado “renacimiento”. Palabra –recordemos esto- acuñada recién circa mil ochocientos treinta -y en Francia- para emplearla polémicamente contra la Iglesia católica y donde también se inventa algo llamado “edad media” como sinónimo del “reino de la oscuridad” y demás tonterías. Aquí creo que es muy interesante recordar que los pensadores anarquistas contemporáneos a la invención de ese chanchullo histórico, como Kropotkin y hasta Bakunin, no cayeron en esta trampa y hablaron muy elogiosamente de ese período. 
   Entonces fue en ese período llamado por ajenos -y además de eso tres siglos después- “renacimiento”, cuando y donde reaparece para ciertos europeos la lengua griega; su uso efectivo. Y allí también es cuando surge ese primer nudo sincrético –atenuado, pero primer nudo-, ya que en él se comienza a confundir lo estético con lo religioso, y -sobre todo- lo simbólico con lo alegórico. Es decir, cuando el empleo anterior y operativo del mito por Dante –mediante lo anagógico- se vuelve algo especulativo, y cuando de lo poético se pasó a lo pictórico, o más bien a la “ilustración del mito”, como lo llamo.
   Aquí tenemos esta primera ilustración. Es el primer eslabón del mito-ilustrado. “Típico” de todo eso son pinturas como “El nacimiento de Venus” de Boticcelli. Aquí el espectador contemporáneo de esas pinturas ya no comprende lo representado en la primera historia, porque el mito se ha vuelto alegoría. Puesto que allí el uso “plástico” de la concha marina, de los seres que soplan a un costado y de la lluvia de flores ya no le dicen a quien los ve qué cosa significan “realmente” en el marco de su representación real para –luego- ser otra cosa.
  Con la ilustración renacentista de los mitos griegos aparece la alegoría ya en sentido moderno. El segundo significado de lo visto y representado no se sostiene ni se soporta en lo representado literalmente en el primero de los planos. Se debe recurrir a un saber libresco o a un “dato” que no figura en el cuadro. Así la concha marina, que según varios mitólogos fue la nave que transportó a Afrodita recién nacida hasta una isla, por lo general Citerea. Así los seres alados que soplan son los céfiros que hacen navegar la nave y la lluvia de flores y la otra figura femenina al costado derecho que se apresta a cubrirla con un manto rojo y etc. Todos ellos son significados que no se extraen apoyándose en lo primero representado.
   A partir de allí, la alegoría reaparece como problema y sigue así hasta la aparición del cine. Claro que también surge allí su resolución -para nosotros definitiva- en el concepto del cine que, luego de siglos, al operar efectivamente el orden simbólico consigue trazar una línea totalmente polémica y divisoria con la alegoría, a la que devuelve sin más al orden de lo meramente especulativo.
  Veamos –para seguir con lo anterior- un círculo o una espiral en un film de Hitchcock no es solo que signifiquen simbólicamente un segundo sentido apoyándose en el primero y material, sino que también esa literalidad es representada materialmente en forma completa y como ello es usado en sentido activo –es decir dramático- se recupera plenamente lo operativo.
  Por supuesto que antes, poco antes y contemporáneamente Eliot, Stravinski, Joyce buscaban lo mismo mediante la música, la poesía, el drama poético, y la novela, y lo lograron en gran medida, claro. Pero jamás plena y operativamente como en el concepto del cine, porque allí los vemos en acción. Una cosa es refaccionar poéticamente el mitologema de “La muerte por agua” en “La tierra baldía” y otra es verla operativamente, es decir dramáticamente en un momento de Apocalypse Now.
  Si me permite adelantarme un poco, el segundo momento de esta ilustración del mito iniciada en el “renacimiento” es el neoclásico francés o el así llamado sin más iluminismo en Francia y Aufklärung del otro lado del Rin y contra el que reaccionarán los románticos alemanes. Más bien cabría decir que ciertos alemanes como Novalis, Hoffmann o Von Kleist “inventan” el romanticismo para oponerse polémicamente a esta versión alemana de la ilustración que tenía a Kant y Goethe a la cabeza.
  Luego no habrá más ilustraciones del mito sino directamente tecnificaciones del mito -como los llamó Karl Kérenyi. Esto aparece de consuno con la fotografía que contribuye a la absoluta tecnificación del mito. Por eso también es que cuando aparece poco después el cine, lo definimos como el redentor de la realidad fotográfica. Más aún, es que con el cinematógrafo de Lumière-Méliès se está a punto de llegar a la absoluta tecnificación del mito y en “doble faz”. Por un lado la materialización total con Lumière y, por el otro, la disolución y consiguiente recaída en lo mágico con Méliès. Allí surge, por supuesto que providencialmente, el cine.
   Si necesitáramos una sola prueba contundente de una evidencia absoluta de “intervención” de la Providencia en el mundo y en la historia con la aparición del cine sería más que suficiente. Pero nos alejamos algo de su pregunta.

   Lo que une a gentes tan diversas como Kierkegaard y Poe, Stoker y León Bloy, y antes Leopardi y Baudelaire, a Novalis y Hoffmann o Caspar David Friederich y Goya, y antes que nadie Sade, es que todos -además de ser en buena medida contemporáneos- perciben y pre-veen en consecuencia la temprana descristianización del mundo. Al menos la de sus “capas dirigentes” burguesas y de buena parte de su “inteligencia” –o de lo que pasa por tal- así como también de buena parte de sus artistas. Es entonces cuando algunos de ellos, como respuesta, recurren al mito como herramienta. El mito es el ricorso per se. Aunque no todos ellos se entienden entre sí... atención.
   Fíjese que en su diario Bloy anota que ha leído “El relato de Gordon Pym” con notable admiración, así como ve con toda claridad y hasta genio que ese viaje es el del alma contemporánea sin Dios y sin nada, pero... Piensa que Poe refleja eso en cuanto a su propia condición personal y no como símbolo o metáfora. ¡Pensaba que Poe mismo era el que no tenía Dios! Recordemos esto por favor, estimado Sebastián, cuando juzguemos a un contemporáneo nuestro que no entiende a Hitchcock y ni qué hablar a De Palma...
   Recordemos ahora que -según Vico- regresaremos, una vez alcanzada “la barbarie del intelecto”, al estado primitivo. En eso estamos ya, claro. Pero –al parecer- es esa misma barbarie de intelecto la que nos impide reaccionar contra este regreso al estado bestial. El umbral que no queremos o tememos cruzar ahora según Teilhard.
 
   Resumiendo un poco, tenemos que el mito o mejor dicho el recurso al mito, porque este recurrir es un empleo conciente y no una vivencia como las del mundo precristiano, aparece con la modernidad. Y esto es fundamental para entender o intentar responder lo que usted pregunta. El griego, el romano, el celta y todos los pueblos luego llamados paganos, es decir los pueblos europeos antes de la cristiandad, no recurrían al mito sino que lo vivían, tenían una vivencia inmediata. Así también ocurre hoy, aunque en forma muchas veces híbrida, con los pueblos mal llamados “primitivos” o un poco mejor llamados arcaicos y sus respectivas hierofanías.
  Pero tras la Encarnación, el mito se resuelve y su pluralidad de manifestaciones –cratofanías, hidrofanías et. al.-, se hacen uno en la Transubstanciación.
   Luego, y con el comienzo de la descristianización paulatina del occidente europeo -incluidas sus continuidades transatlánticas-, ciertas personas de una espiritualidad excepcional y en modo casi chamánico perciben, pre-veen en modo hasta somático esta nueva situación. Y también muchos de ellos acuñan modos, troqueles para expresarlo. Formas que desconciertan primero a sus contemporáneos, que viven en la supuesta marcha ilusa hacia el progreso y, que luego todavía a muchos de las generaciones más cercanas. Así el relato o la poética fantástica, el gusto por el fragmento y la ironía románticas, las pinturas “negras” de Goya, los tratados de Kierkergaard, el concepto de la modernité de Baudelaire, y la ópera wagneriana.
   Pero -y no solo por ser el punto de partida y el eje de nuestros diálogos- subrayada y ejemplarmente la literatura fantástica es el modo, troquel y la reconfiguratio más precisa, clara y contundente de lo que llamo recurso al mito. Claro que aquí se lo puede operar o volverlo nuevamente operativo mediante construcciones sostenidas por palabras, giros, construcciones verbales, metáforas o figuraciones plásticas –como el Saturno de Goya que no es alegoría por su “ultrarealismo”-, y falta que el cine y su concepto desde Griffith puedan re-orientarlo definitivamente en lo operativo-constructivo mediante la efectiva puesta en escena de lo mítico.
El modo o la poética fantástica es aquella forma a la que podría llamarse también “reconversión de la teología”. Porque, tras las guerras de religión y de los llamados paralelos, y paralelamente desoídos de Jean Bodin y de Thomas Hobbes, y luego con la supresión de los jesuitas y la puesta en marcha de la movilización total, la teología stricto sensu se había vuelto nada más que el catecismo para una religión creada de emergencia y así siguió siendo durante todo el siglo diecinueve y buena parte del veinte...
   Me refiero a la religión católica, porque la protestante ya hacía tiempo que se había diluido en el propio poder que fuera su partero, el capitalismo liberal. De allí que –para dar un ejemplo preciso- cuando surge Kierkegaard en la muy luterana Copenhague lo detestan y vive prácticamente como un ermitaño, al que por cierto terminan empujando a la muerte. En ese panorama es que surge la poética fantástica como un modo posible y un giro providencial para continuar la teología por otros medios. Y para ello lo primero es fijar tipos o imágenes-relato como “El hombre de la arena”, “La casa Usher”, “El hombre de la multitud”, La carta robada”, “Frankenstein”, “Drácula”. Y tantos más.
  Y todavía algunos supuestos conservadores o tradicionalistas están en una Babia sentimental que los hace creerse “únicos” cuando no son más que unos cuantos mojigatos asustados jugando a la batalla naval con Santo Tomás, como si la Suma Teológica fuera el I Ching.


© Ángel Faretta
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