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EN CURSO

El monte análogo:
 después de la autoconciencia

Después de la autoconciencia, o una vez puesta en marcha ésta, es imposible para aquellos que se encuentran bajo su égida e influencia substraerse a sus consecuencias. No importa que se haya participado activa o pasivamente de sus postulados, que se haya comprendido, intuido o intentado rebatir, e incluso escamoteando algunas de sus conclusiones.

Por paradójico que pueda parecer esta situación de vivencia bajo la autoconciencia es más difícil, ardua, compleja, de sobrellevar para aquellos que han participado activamente de ella que para aquellos rezagados (“felices” en su infierno o purgatorio helado) que la han ignorado o se han limitado a intuirla, para encogerse de hombros a continuación.

Es por ello que la obra regente o planetaria de la autoconciencia arrastra en su vértigo centrípeto a las obras laterales, que luego de intentar participar en ese abrumador descenso espiralado, son expulsadas lateralmente, moviéndose a continuación de manera centrífuga. Piensan muchos –ay- que fugan del Centro cuando en realidad son expulsados por el vertiginoso descenso y ascenso hacia lo central. Así, también, como las aguas estancadas del neo clásico se tornan, súbitamente, tras ese torbellino autoconciente, pútridas marismas que enmohecen o se tragan a las escasas y raquíticas flores que apenas lograron cobijar alrededor de su abono vetusto, que ahora se torna podre a la luz del día autoconciente.

No de otra manera reaccionan –aunque moviéndose en paralelo- las obras laterales o los movimientos conjuntos de los arrastrados contemporáneamente por la autoconciencia. Piensan que participan del movimiento cuando son movidos por el torbellino que deja escapar en su rotar sobre su propio eje la figura y la obra planetaria. Al participar, física, materialmente, de ese desborde de energías reflejas se mueven por sólita inercia, llevados por la corriente de la autoconciencia. Que en sus rotaciones espiraladas al comenzar moviéndose dentro de un perímetro amplio que se va agostando -como un cono cuyo vértice está invertido- va tragándose o expulsando a todo aquello que no le sirva o convenga a su alrededor.

Imaginemos un cono invertido. Su base amplia -como una boca, un vientre o un ojo de forma almendrada- en la parte superior. En la extremadamente opuesta, su vértice, agudísimo. En medio toda una serie de ranuras –similar a las que forman un tirabuzón- que atraviesan la superficie interna como escaleras talladas en la piedra. Y que descienden hasta formar un espiral que llega hasta el vértice.

En cada uno de esos bordes espiralados, en esas escalas sin barandas ni pasamanos y estrechas, ubiquemos a formas y personas que están en posiciones diferentes en sentido espacial, sin recordar o mantener para sí la menor conciencia o recuerdo de por qué se hallan en tal o cual lugar. Cada uno de los respectivos espacios reducidos parece haberse encallecido bajo sus pasaderas, y el exiguo perímetro en el que descansan, al borde de un precipicio siempre permanente y al acecho, termina por volverse confortable por haberse acostumbrado a ese punto fijo. Así como hay gentes de la llanura que se acostumbran -con el mero correr del tiempo- a alturas antes impensadas, cuya sola representación mental les producía vértigo.

Tales y cuales figuras, que podemos imaginar como aves posadas en un asimétrico ramaje suspendido en medio de una pajarera cónica, se acostumbran -como decíamos- a su permanencia allí y lo toman o sinonimizan como destino. Llaman destino a su “estar allí”. Emiten sus gorjeos, cantan repitiendo sus figuras y tonalidades. Y se conforman con el lugar en que se despiertan, día tras día, desde un tiempo -al parecer- inmemorial.
Ahora bien, surge un viento huracanado que comienza en la superficie y que empieza de improviso a embutirse espiraladamente dentro del cono. Algunas de las criaturas no han olvidado el vuelo por la falta de práctica. Otras, simplemente, se dejan llevar por la corriente y en medio de ella, sus alas más que su voluntad o conciencia o cerebro es lo que las lleva a volar o tan siquiera a permanecer un tiempo más prolongado que otras en el aire. Pero el centro del huracán, el eje del torbellino, se alimenta también de esas figuras en movimiento.

Si ello es así, a aquellas no les queda más que plegarse al centro del vórtice o ser aplastadas y arrojadas a un costado a medida que el abrupto y cada vez más violento descenso en espiral precipite su velocidad, y a medida que se aproxime el torbellino envolvente al vértice estrecho y final.

Así la autoconciencia. El viento que arrastra en su descenso en espiral todo lo que levanta con el aire que produce al descender hacia el abismo que es también el vértice y la base, les parece a las primeras criaturas -que airea en su descenso- que se hallan a la misma altura. Porque las primeras ranuras excavadas como muescas en la parte superior del cono invertido, están casi paralelas a la superficie que las contiene. Pero a medida que el descenso se vuelve más estrecho la asimetría entre la horizontal ideal y la muesca cada vez más oblicua y descendente se vuelve más aguda y vertiginosa.

Esas criaturas que el viento de la autoconciencia toma colgadas o ubicadas en las primeras muescas, casi apenas atravesada la boca de la superficie, creen participar del viento que las arrebata y lleva al vuelo por una simple situación de perspectiva. Así creen participar libremente (estar de igual a igual, moverse al mismo nivel) por una cuestión de situación en que son sorprendidas por el descenso en remolino descendente de la autoconciencia. Felices, retozan y planean en los primeros vuelos de descenso colectivo. Y piensan que -ya que recorren al moverse en círculos aparentes que abarcan una superficie enorme y pareja- ese vuelo no es descenso, sino planeo circular, un mero ir y venir alrededor de lo mismo y repetido.

Así, el próximo círculo descendente (que es a la vez más exiguo en superficie y esquinado u oblicuo como perspectiva) los sorprende más inermes que a las criaturas colgadas en los círculos espiralados ubicadas a continuación del anterior y así sucesivamente...

Puede ser -más aún, es seguro- que los círculos espiralados que se van estrechando y reduciendo y cayendo cada vez más a pico hasta el vértice final, contengan menos criaturas en cada uno de sus diferentes anillos descendentes. Y encima: que de esos pocos son todavía más reducidos los que logran sobrevivir al vuelo cada vez más estrecho y más en picada vertical.
Así puede compararse el movimiento de la autoconciencia en el cine. Las primeras criaturas ubicadas en los primeros círculos que están casi horizontales y paralelos en relación de la cercana boca del cono invertido, esos –decimos- son los neo clásicos o conservadores de un estilo, forma o modo. Cuando el viento de la autoconciencia los mueve, los primeros -por cercanía- creen participar del primer vuelo autoconciente por estar cerca de la amplia boca de entrada a ese túnel descendente en forma de cono truncado. Pero al ser empujados hacia círculos cada vez más estrechos y en picada son arrojados hacia los costados, estallando contra las cada vez más escarpadas y ásperas paredes del túnel cónico.

Piensan algunos –ay- que fugan del centro, cuando son expulsados por el mismo centro que, y en todo caso, los toma como materia prima combustible que acelere el cada vez más precipitado descenso en espiral.
Así es o así resulta del neo clásico tras ser arrastrado por el torbellino de la autoconciencia. Los que se estrellan contra la superficie, contra las paredes interiores del cono, son lo neo clásicos vueltos kitsch. Los embalsamadores de esencias, los reaccionarios alla Sunset Boulevard. Los cíclicos Usher que serán tragados por la ciénaga que rodea a sus cimientos...

Aquellos que cuando el viento de la autoconciencia llega sorprendiéndolos hasta en sus más bajos y escarpados lugares de aposentamiento y que no resisten siquiera el mero primer contacto con el torbellino autoconciente, son los vanguardistas, los experimentales, los cultores de “neos” in abstracto. Los lúdicos, los irregulares y fugados de toda creencia o situación central.

También encuentra allí el huracán espiralado de la autoconciencia a los formalistas vacuos, los cultores de lo mínimo, los ascetas cobardes y los propaladores de novedades.

Pero todos aquellos -muy pocos- que logran sobrevivir o ponerse siquiera al compás del vuelo en esa nueva etapa descendente, son aquellos que saltan a tiempo, los hijos pródigos, los que emprenden -aunque no lleguen...- el camino de regreso. Los esclavos que consiguen liberarse poco antes de que se forje el último eslabón de la cadena que los aherroja (“forjada con papel de oficina”, además); los ironistas -aunque muchos de ellos sino todos, no resistirán la presión del próximo giro descendente-; los cáusticos, los sarcásticos, los pesimistas. Ese mordente, esa acidez todavía no del todo vinagre, los lleva a sumarse al vuelo del torbellino autoconciente.

Poco más abajo, en las últimas ranuras acanaladas y descendentes próximas al vértice del cono, habitan desde luego las criaturas del abismo. Apenas tienen párpados porque no los necesitan. Se han habituado a la oscuridad y la negrura y el manto azabache que los envuelve desde siempre es como el aire más o menos estancado y contaminado de los círculos inmediatamente superiores, pero que tan siquiera son atravesados por la luz del sol.
Allí habitan también los verdaderos esclavos, los raros, los extravagantes, los verdaderos chiflados y las capas arcaicas más olvidados o sepultadas por aquellos que invirtieron la posición del cono. Porque debe agregarse aquí que el cono puesto con el vértice hacia abajo es de inversión reciente...

En ese vuelo final, la autoconciencia parece fundirse en la pared que se va estrechando. El tiempo se vuelve espacio y el aire se solidifica al mismo tiempo que todo lo sólido parece ser reabsorbido en lo aéreo y sutil...

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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