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SEMIRETIRO FILOSÓFICO

Cuarta Parte de los diálogos con Sebastián Nuñez

En su relato sobre el encuentro con los alemanes, mencionaba que dicho encuentro había sido propuesto por Bioy. Déjeme preguntarle entonces si tenía usted una relación fluida con él, y en qué época lo conoció.

Creo que nadie tuvo una relación fluida con Bioy. Ni Borges. Así que...
Durante un tiempo mantuvimos una curiosa relación mediante otras personas, amigas comunes, amigos de cada quién. O de encuentros cruzados.

La primera vez que me crucé con él fue cuando yo trabajaba en la Cinemateca, en el año 1977. Estábamos entonces en esa galería increíble, con cientos de locales ya deshabitados en Lavalle cerca de Azcuénaga que imagino todavía sobrevivirá. Ya para entonces era todo un lugar: pasillos sórdidos, fríos, locales donde trabajaban viejos cortadores de cuero y cosas semejantes. Teníamos digamos que tres locales sucesivos, en uno oficina, en otro biblioteca y en otro archivo.

Una mañana a comienzos de ese año, cayó Bioy. Me acuerdo que tenía un portafolios de esos que llaman “sobre”. Venía de entrevistarse con Videla para pedir por la libertad de Antonio di Benedetto –cosa que este nunca supo– algo que finalmente logró. Recuerdo que comentó –estábamos el matrimonio Fernández Jurado, directores de la Cinemateca, y yo armando en un vieja Remington la programación mensual–: “Este Videla, qué tipo más insípido e insufrible”. Pero consiguieron la libertad de Di Benedetto. También consiguió, ya que estamos, la de Onetti en Uruguay, aunque este creo que sí terminó enterándose...

Ahí me presentaron y luego por diversos conocidos en común tuve y tuvimos noticias mutuas.

Luego mantuve una suerte de curiosa relación amistosa siempre por medio de amigos en común. Por ejemplo Guillermo Jacubowicz lo visitó antes que yo, en la época en que tomaba clases conmigo. Quería adaptar “Planes para una fuga al Carmelo” para un cortometraje y lo llamó de parte mía y le dijo que me conocía.
Bioy encantado. “Sí, véngase ya, y haga lo que quiera con mi cuento y ni un peso ni nada.” Y le habló como si se conocieran de toda la vida, que saludos a Faretta y demás. Hasta –y esto lo pinta un poco de cuerpo entero– se despachó contra un director de cine que –al menos por entonces– era de nuestro interés. Al que calificó de pesado, pomposo, insufrible, y le contó a Jacubowicz que apenas a los cinco minutos de ver un film suyo en una privada “¿Qué quiere que le diga? Salí huyendo del lugar”.

Luego lo vi en una presentación de un libro suyo, Historias desaforadas, y allí me agradeció en su nombre y en el de Silvina Ocampo la nota que había hecho –lamentablemente muy breve– para la reedición de Los que aman odian.

Además de que Barney Finn le había pasado la adaptación que yo había hecho de la misma novela y que lamentablemente luego él no pudo hacer para la televisión.

La verdad –perdón–, era una muy buena adaptación. Mi querido amigo Arturo Maly –que Dios tenga en la gloria– sería el narrador y el allí más o menos detective, el doctor Huberman; más aún: lo había escrito pensando en él... Dejemos.

“Faretta –dijo entonces; yo estaba buscando algo que tomar– nos ha mejorado la novela.” Maravilloso. Encanto argentino puro. Por fortuna pude conseguir algo para beber.

Finalmente nos conocimos un poco más, digamos que por intermedio de una amiga en común. Estaba ahora mucho más agradecido por mis reseñas de dos libros suyos, Aventuras de un fotógrafo en La Plata e Historias desaforadas. Ambos, sobre todo el primero, muy mal tratados hasta en los lugares donde se suponía que ya era parte de la familia. Parece ser –me decía esa amiga común–, que al final de su vida literaria lo trataban medio ¿cómo decirlo? En perdonavidas. Como disculpando que eran obras no de madurez sino de senilidad. ¡Nada menos!

Claro que al principio, y casi en esos mismos lugares, no lo tomaron muy en serio porque lo que escribía eran tan solo como aficiones extravagantes de “Adolfito”, luego ya consagrado –pero por otras manos críticas– los mismos o sus descendientes pasaron a decir que eran cosas de viejo, repeticiones de libros anteriores –que no habían leído tampoco– y demás. Los izquierdistas ni hablar, aunque me acuerdo de que Walsh dijo una vez –yo lo oí– que nadie había captado el mundo de los conventillos y de los jubilados como Bioy en Diario de la guerra del cerdo.

O sea que Bioy era para sus pares liberales y clubistas, con quienes jugaba al tenis y compartía una garçonnier, un extravagante que perdía el tiempo con relatos fantásticos en vez de ocuparse de los tambos de su familia, y para sus enemigos izquierdistas –o ya vueltos progresistas– un reaccionario que ocultaba no sé que cosas de la vida real.

Es raro que con ese background Bioy sacara dos o tres novelas extraordinarias, media docena y algo más de cuentos magistrales y hasta muy buenos ensayos y artículos.

¿Pero no habíamos visto ya con usted que con Marechal pasaba, casi por esos mismos años, lo mismo? El circulito de lameculos por un lado y los enemigos y envidiosos por el otro con pretextos políticos o más bien de pequeño comité.

No quisiera irme una vez más del tema, pero no es extraño teniendo esto presente la feroz decadencia a la que asistimos como nación ya que esto le sucede a todo el mundo con cierto valor desde el saber patear una pelota hasta escribir obras maestras de la literatura. Imaginemos lo que puede suceder con un físico nuclear por ejemplo...

Cuando hice la reseña de El fotógrafo en La Plata –que era el “olvido” que más le había dolido– me tomé un trabajo verdaderamente extenso. Cosa que no se había tomado casi nadie hasta ese momento. Eso debió de haberle causado una sorpresa. Y no era para menos.

Nada de fino escritor, ni escritor de escritores, ni elegante prosa ni nada de esos ripios. Por fortuna, en el texto sobre esa novela puede esbozar una crítica general de la narrativa de Bioy y eso debió de ser, como lo fue, una grata sorpresa, además de otras cosas que he reconstruido a posteriori: el que yo fuera casi cuarenta años más joven, que no proviniera de su cotê mental y que en cuanto nos tratamos un poco se lo hiciera saber. Que el agnóstico liberal fuera intentado comprender por el católico antiliberal no estaba nada mal. Que, además, nuestros antepasados llegaran a este país desde diferentes barcos y sobre todo desde diferentes puertos, y hasta llegados en siglos distintos. Me acuerdo de que me preguntó la primera vez que hablamos si mi apellido era con una o con dos “t”. Claro, porque Faretta con una sola “t” suena a apellido vasco, ya que quién negará hoy día que la terminación eta es muy vasca, ¿no?

Hay que entender que, salvo alguna excepción, Bioy fue casi siempre elogiado, criticado o reseñado por personajitos laterales de ese contubernio que era la revista Sur y lugares similares. Entonces allí, gentes como esas ahuecaban la voz para hablar de Bioy a ver si los invitaba a la estancia. Tendrían que haberse llevado la vianda, en todo caso. Bioy no era para nada generoso, más bien de una tacañería legendaria. Podías estar horas conversando con él, de todo y de omni re scibili y allí sí, ¡con cuanta generosidad intelectual! Pero por el otro lado, ni un vaso de agua.

Ahí está una vez más lo de los barcos diferentes. Un italiano va –por el contrario– a hincharte para que tomes algo y hasta varios litros y ni hablar que comas toneladas de cosas, aunque el invitado sea un faquir.
Así que todo eso debió de constituir una novedad para Bioy. El que se lo tomara en serio, porque hasta ese momento se lo elogiaba por cosas que le eran muy indiferentes y hasta se lo atacaba porque era tambero –algo de nuevo actual, parece ser– o que el padre había sido ministro de Uriburu.

Debe de haber sido toda una novedad el que se lo juzgara por su mundo literario, sus ideas, su visión del mundo, y no porque se le envidiara el corte del traje o el que tuviera muchas mujeres.

Muchas para ese entonces. Porque fíjese usted que una vez, charlando con el propio Bioy precisamente, calculamos todas las que tuvo, según sus memorias, Casanova en sus años de “carrera”, y no llegarían a ochenta. Lo cual –nos dijimos– era algo muy curioso, ya que el más o menos adolescente de hoy puede superar en número a Casanova en medio año de correrías de discoteca. ¿No?

Una vez hablamos de un film que a ambos nos gustaba mucho, Mi noche con Maud, y él me dijo: “Fíjese, Faretta, que si me hubieran dicho que me iba a gustar un film donde el protagonista es un profesor de matemáticas católico, que lee a Pascal, jamás me hubiera creído capaz”. Y yo: “Mire, yo soy un católico, aunque para nada pascaliano, pero creo que el tema de la película es otro... ¿Qué hace uno si tiene que elegir entre Françoise Fabián y Marie-Christine Barrault?” Bioy estuvo de acuerdo.

Otro día, viniendo de mis clases y al entrar en casa, Alicia me dijo que Bioy había llamado por teléfono y que durante esa charla me había puesto por las nubes en una larga conversación telefónica y yo que le dije: “No te lo creas. Lo que pasa es cuando habla con una mujer es capaz de decir cualquier cosa”.
Esa vez fue cuando los dos alemanes que deseaban hacer una ópera y él que me dijo: “género que, usted sabrá, yo detesto”. Y ahí de nuevo: “Yo soy fanático de la ópera”, y todo así. Creo que la ópera sobre Morel finalmente se hizo. No la otra con música de tango porque para completarla habían traído el texto de la obra pero en alemán. Y yo, pidiendo perdón, porque por acá es muy fácil quien –como en mi caso– lea inglés, francés ni hablar italiano..., pero alemán. “Yo tampoco –me dijo Bioy–, ni una palabra”.

“Pero quieren que empiece la adaptación ya mismo.”

“Faretta ¿puedo darle un consejo?”

...

“Déjelos que se acostumbren a nuestro tiempo sudamericano.”
Lamentablemente no conseguí a nadie que la tradujera y bueno, luego no supe más nada del simpático dúo germánico. Aunque, poco después, este episodio tuvo un remate melancólico. Me enteré de que la obra en cuestión había sido estrenada en Alemania por Detlef Sierk, luego Douglas Sirk en Hollywood. Ay y ay.

¿Qué más? Ah sí, una vez participamos de la fiesta de cumpleaños de esta amiga común y Bioy se cayó con una botella de champagne y algún chusco dijo que se la habían regalado... Ahí nos fotografiamos e imagino que la foto se habrá perdido en el limbo, donde por otro lado deberían ir a parar todas las fotografías. Esa eternidad de pacotilla.

Y de nuevo, años de cruces telefónicos, de amigos y amigas en común. Eso. Luego se murió Silvina y su hija Marta y lo llamé para darle el pésame. Me acuerdo que era el año 1993 porque había salido o estaba por salir, editado por Mangieri –Dios tenga en la gloria–, mis poemas de Datos tradicionales.

Finalmente cuando murió me avisaron para ir a la Recoleta y yo en un gesto digno de algunos de sus personajes, opté por el deber y como tenía una clase en mi casa, decidí no ir y seguir con lo mío. Asistió Fernando Regueira y fíjese qué curioso. Uno de mis maestros siempre quiso conocer a Bioy, pero Eduardo Montalvo hubiera sido incapaz de intentarlo siquiera. Luego yo lo conocí y hasta lo frecuenté y luego en las exequias asistió, a su vez, quien fuera mi discípulo. Nada mal ¿no? Si prestáramos más atención a estas cosas... En fin.
Me gustaría recordar algo más... No sé. Ah sí. Una de mis anécdotas favoritas y de nuevo los alemanes. Cuando hablamos por teléfono esa vez y yo le pregunté cómo eran ambos, me dijo: “Uno hace música, el otro teatro y esto y aquello”, y aquí el remate magistral “¿Qué quiere que le diga? Gente de una cultura indudablemente superior a la nuestra”. La cachada en estado puro, alquímico. Si el argentino recupera esto es imbatible.

Para el final, algo de cine. Una vez le agradecí lo que había dicho en un reportaje cuando el estreno de Último tango en París y que tan útil me fuera para desvanecer ciertos, digamos que deliquios juveniles.

Le preguntaron a Bioy qué le había parecido. “No me gustó.” “¿Le molestó el tratamiento del sexo que se ve allí?” “La verdad que el tipo ese se la pasa haciendo el amor con los pantalones puestos. Lo cual debe ser incomodísimo.”

Si le parece, Sebastián, pedimos ¡Telón!


© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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