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SEMIRETIRO FILOSÓFICO

Segunda Parte del diálogo de
   Sebastián Nuñez  con Ángel Faretta

  Luego de este trazado de la literatura argentina que acaba de exponer, señalando sus luces y sombras, me gustaría preguntarle por un autor muy particular, en cuya obra hay una reconfiguración de mitologemas y de lo teológico-metafísico tal vez única en nuestras letras, ya que esa reconfiguración parte claramente de un punto de vista muy argentino, o porteño para ser más exacto. Me refiero, claro, a Leopoldo Marechal...  

Le agradezco que lo haga. Porque este autor corre un doble riesgo, y ya que nos internamos en el typo o figura fundamental tanto de la poética fantástica como de la Argentina, vemos que aquí también esto del doble es el bajo continuo.

Por un lado, Marechal ha sido desdeñado por ciertos círculos más o menos afines al liberalismo, dicho lato sensu, ya que muchos de ellos, haciendo pendant con sus pares izquierdistas y progresistas, apenas sabían de Adam Smith, como estos otros de Hegel o Lukács, limitándose a tomar de lo liberal y sus políticas los cargos y canonjías cuando no las embajadas y agregadurías. Pero no creo que fueran liberales serios ni que conocieran las teorías de Popper o de von Mises (por cierto ambos nacidos en el Imperio austrohúngaro al igual que Lukács).

Por otro lado, Marechal sufrió una serie de admiradores, porque usted coincidirá conmigo en que muchas veces se sufre más a ciertos supuestos seguidores y hasta exegetas que a los auténticos enemigos. Por cosas nuestras y de la guerra civil mundial –como prefiero llamar a la “guerra fría”–, entre mil novecientos cincuenta y cinco hasta –con variantes– diez años después, ciertas personas quedaron un tanto al margen de la circulación pública, como fue nuestro autor. Por ello mismo se rodeó, o más bien lo rodeó, toda serie de seguidores que más que exaltarlo lo empequeñecieron.

Usted es muy joven, así que no sé si sabrá que por entonces se guitarreaba con algo llamado el “ser nacional”. Una suerte de artefacto que intentaba hacer que el viejo o clásico nacionalismo argentino apareciera como más al día y à la page, más peinado, y hasta “pop” en vez de popular.

Para qué. Se confeccionó un ersatz que parecía un perchero puesto que podía colgársele y descolgársele lo que se les ocurriera. Recuerdo incluso una suerte de antropólogo del caso que intentaba lucubrar algo llamado “filosofía nacional” en las aulas de la calle Independencia. Una vez, saliendo de tales mamarrachos, unos jóvenes se dirigieron a Ansgar Klein en busca de su opinión. Este Klein –permítame que le cuente– era un alemán llegado de joven a la Argentina. Gran traductor, buen expositor y también ensayista –escribió localmente una de las mejores cosas sobre Vico. Tipo curioso de alemán acriollado, era famoso por sus salidas.    Bueno. Salieron estos jóvenes de oír todo lo que se les había machacado por cerca de una hora sobre el ser y la filosofía nacional y entonces, aturdidos, se dirigieron a Klein en busca de su consejo y éste les respondió: “Lo que pasa es que el profesor Pirulo tiene una idea heiddegeriana de los indios”.

El tema es que por soledad, ostracismo o lo que fuere, Marechal fue rodeado o se dejó rodear por tales corifeos. Por fortuna –salvo ocasionalmente– no se dejó también ganar intelectualmente, o mejor dicho puede haber hecho por soledad o lo que fuere toda serie de concesiones en su trato social, pero gracias al Cielo no en su obra. Mientras se hacía ese puchero de guitarras, zambas, indigenismo barato, un poco de junguismo telúrico, folklore y populismo del peor, Marechal escribió y publicó sus dos mejores libros: Cuaderno de Navegación y El banquete de Severo Arcángelo. Todo un ejemplo.

El banquete es –junto con las mejores de Bioy– de las más notables novelas fantásticas producidas en la Argentina, seguramente en habla castellana y, si queremos –porqué no– saltar a otros idiomas, no crea que tenemos muchas más. Cinco, diez a lo sumo.

Digo fantásticas una vez más. Nada de mágicas, ni maravillosas, ni feéricas ni nada de eso. Nada de gnomos ni de enanos de jardín bobeando en Neverland, ni tampoco cohetes, rayos gama o épsilon, física balbuceada y química adivinatoria. Fantástico. Postulación de una dimensión paralela a la cotidiana cuyas leyes parecen combatir, corregir o diferir de las habituales. Esto puede darse como invasión benévola o no, como alternancia, como influencia de una esfera en la otra, y de allí los pasos y pasajes y vasos comunicantes entre una y otra dimensión.

Ya que estamos, el segundo modo o troquel es “el otro” en sentido personal, sea como sombra, vampiro, autómata, monstruo o fantasma. Así que lo fantástico es lo doble o el doble, como mundo o dimensión o como duplicidad particular de una persona singular. No hay más que eso. Y de ese dos-doble surge una extraordinaria serie de “pares”.

Bien. Sigamos. En El banquete de Severo Arcángelo tenemos una de nuestras mejores novelas fantásticas y, desde luego, novela lato sensu. Es muy superior a Adán Buenosayres que sólo me gusta a los saltos, como por otro lado está compuesta la misma novela, y que por cierto no lo es salvo una serie de cosas sueltas que Marechal finalmente cosió o pegó, a mi entender no muy bien.

Megafón... es un buen libro –atención–, aunque de lectura oscilante, dependiendo de nuestro estado de ánimo. Por mi parte, recién al tercer intento pude leerlo casi de un tirón. Pero no llega a las alturas de El banquete... ¿Por qué? Porque pesar de la tendencia o de cierta tendencia casi innata de este autor por acercarse a las procelosas aguas de la parodia, aquí la evita o la subsume en la sátira, dos cosas que no deben confundirse. La sátira es cura por lo bajo, como hemos dicho en El concepto del cine; en cambio, la parodia es ir a lo bajo. Esto no se evita lamentablemente ni en el Adán... ni en Megafón..., donde lo carnavalesco se da sin control alguno; sí en Severo Arcángelo.

Luego tenemos el elemento fantástico, si bien atenuado, que tiene todo el relato. Y además el ajuste de cuentas con el propio Perón, que todavía –y que sepa– permanece inadvertido para sus supuestos exegetas y sobre el cual no voy a extenderme, al menos en este lugar.

 Por ese tiempo, a comienzos de los años sesenta, también aparece Cuaderno de navegación, libro de ensayos filosóficos que tengo por uno de los más altos producidos aquí, junto a ciertas cosas de Murena como La metáfora y lo sagrado, los libros del mismo carácter de Ernesto Palacio –Catilina y la Teoría del estado–, y algunas cosas filosóficas de Castellani, como su lectura del Apocalipsis de San Juan.

En los ensayos del Cuaderno parece encontrarse la continuidad o superación –o una cosa por la otra– del último Lugones. Marechal llega sin dificultad a lo que parecía tender el último Lugones, pero no tanto como poética sino como postura metafísica o weltaaunchaung, visión del mundo.

Veamos la “Autopsia de Creso”, el mejor y más extenso de dichos ensayos. ¿Quién había llegado a esto antes que él? Tan sólo en parte los autores que he mencionado y mucho después, Murena. Pero me temo que a las apuradas y sin el elemento propio, de arraigo, que tiene Marechal, donde lo universal y ecuménico se alcanza sin detrimento de lo territorial y nacional, y donde lo metafísico se toca sin por ello dejar de poner los pies en lo concreto-histórico, lo político si queremos... Fue ese apuro el que llevó Murena a su triste final, y eso que en su caso tenía cerca a alguien como David Vogelmann...

Es interesante además que en este caso podemos pasar de un libro al otro, dada su contemporaneidad, y vemos cómo lo teorizado en los ensayos de Cuaderno aparece como ficción en El banquete. La novela es magnífica y tiene momentos verdaderamente hilarantes, sobre todo cuando aparecen nada menos que los dos bufones llamados Gog y Magog... Ya que estamos recuerdo que por aquel tiempo – en mi caso, luego de su segunda edición a mediados de los sesenta–, era de rigor convenir como guiño, ábrete sésamo y signo iniciático y decir de ambos: “Son o representan a los intelectuales de izquierda”.

Sería interesante preguntarnos qué serían hoy Gog y Magog, cosa que no haremos aquí, pero sí nos demuestra plenamente lo que sostenemos de la movilidad del símbolo que, bien articulado en su cepa temporal, a la que emplea como sostén, se mueve luego hacia el futuro usando las mutaciones históricas como andarivel... ¿Quiere que hagamos la prueba?

Creo que podríamos divertirnos un buen rato haciendo tal prueba. Y seguro que funcionaría, aunque sospecho que los Gog y Magog de hoy día son –¿cómo decirlo?– menos definibles o, mejor dicho, han llegado a tal nivel de caricaturización y parodia que incluso la representación de esos clowns les queda grande. De todas maneras, es evidente que los hay, y por todos lados.

Permítame citar una de las definiciones que ensaya el protagonista de la novela sobre estos personajes: “Uno y otro se parecían bastante a ciertos moralizadores que yo conocí en su tiempo y que, sin frescura evangélica ninguna, se daban golpes de esternón y gemían muy a lo vivo ante las aberraciones de la ciudad terrestre”. En su momento, al leer esa frase, imaginé a los consumidores locales de la sopa “existencialista”, que calculo florecían por aquellos años.

Ahora bien, mientras prestaba atención a lo decía sobre Marechal y su Banquete de Severo Arcángelo, recordé algo que usted dice en su libro El concepto del cine: que toda disputa política e ideológica es, en la modernidad, un problema teológico mal planteado o irresuelto. Esa mala resolución generalmente se sufre porque lo político (o lo supuestamente político) ha sido separado de lo teológico. La obra de Marechal es, sin duda, un intento de corregir tal estado de cosas. Por mi parte, no recuerdo en nuestras letras, hasta la aparición de su novela Tempestad y asalto, otro intento similar. ¿Está de acuerdo con esta apreciación sobre esa resolución teológico-política planteada por Marechal, y su soledad al respecto?

Además, es llamativo –por sintomático– que no hayan surgido continuadores que siguieran en esa dirección, y que de su obra, de sus novelas en particular, muchos hayan tomado como única influencia la cáscara, lo más superficial: el estilo fragmentado de Adán Buenos Aires, o la exuberancia y excentricidad del Banquete... Los ejemplos abundan, aunque mejor no nombrarlos.  

Es muy cierto lo que dice. Aunque veamos a Gog y Magog un poco antes.  El uso que hace Marechal de ambos elementos es aquí sin más lo que llamo símbolo abierto. Fíjese que usted, perteneciendo a una generación más joven, los ha sumado a la sopa existencialista –como bien dice y cosa que es muy cierta–, y los que vendrán después de la suya percutirán su bemol, y así en más. Eso es el símbolo abierto, el que está inextricablemente unido a un mito y así funciona. Lo que el mejor arte contemporáneo supo hacer –y como todos aprendimos sobre todo del concepto del cine– es su actualización diegética. Así –ya que estamos– desde hace ya casi cincuenta años Norman Bates sigue siendo un pobre muchacho desdichado, atendiendo dos tumbas, una edilicia y otra familiar, de las que él se ha autoconstituido en guardián cuando nadie lo llamó ni menos aún lo quería para eso. Un joven desdichado, como digo, muy querible, por un lado y por el otro... Pero también cuántas cosas más y siempre abierto y dispuesto para simbolizar. Le cuento una, ¿quiere?

Una vez discutiendo con un viejo amigo sobre la condición de hijo único, si esto o que si aquello, él me dijo: “Claro, el problema es que después tenés que ir a limpiar el baño”. Perfecto.  Claro está que hablo de una persona para la que el cine era el pan y la manteca cotidiana como también la música en su caso. Pero ahí lo tiene al símbolo basado en un personaje. Siempre listo como un boy scout anímico para guiarnos por la selva de la vida y de las palabras.

Bien, Gog y Magog son un símbolo de la misma estofa. Son los puritanos, como sugiere Marechal en el párrafo que usted citaba, los intelectuales de izquierda, los soperos existencialistas, variantes del perro del hortelano y así en más. Usted los ha visto en reuniones de consorcio, en conciliábulos de amigos, sociedades de fomento, pequeños clubs y hasta en reuniones de gerentes de multinacional. Los tiene cada familia, cada clan, cada equipo de fútbol o de waterpolo. ¿No están en las direcciones de teatros estatales, no forman parte de comisiones que solventan ballets, exposiciones de todo tipo, jardines ecológicos, galerías de arte y se ocupan de tiro al blanco?

Ahora bien, ya que estamos, esa capacidad mítica no siempre se ve sumada a la poética. En el modo fantástico se tienen a veces esos problemas. A veces se tiene una capacidad casi innata para vivir moviéndose en el mito, pero luego...

Así sucede con varios escritores franceses. Por ejemplo Julien Gracq. Es cierto que tragó desde temprano dosis de ponzoña surrealista, pero alguien que huye de ese lugar debería salir que fortalecido porque ha probado casi homeopáticamente antes algo de ese veneno. Pero no.

Veamos. En Los ojos del bosque vaya y pase; aunque aquí el personaje de la mujer que habita en ese bosque es demasiado una Melusina para que pueda funcionar. Ahora lo demás... como La rivera de sirtes. Parrafadas y parrafadas que leídas cum grano salis pueden y tiene efecto poético. A veces dan ganas de quebrar las líneas. Pero nada de nada en cuanto a póiesis. Uno no debe engolosinarse con eso de las imágenes “poéticas”, y lo bueno del fantástico es que puede sumar política, religión, hasta hechos menudos y cotidie... Pero hay que sumar eso sin dejar de narrar porque –y ahí está la clave según pienso– es epos. Si alguna vez publicamos nuestra teoría de lo fantástico –cosa que por fortuna, y gracias a sus esfuerzos, adelantamos aquí– se verá que también así lo defino. Como lo épico posible en la época de la movilización total. Y aquí nos encontramos con un problema que el cine por lo general llevó –o llevaba– mucho mejor. Épica no es sumar corridas, rejuntar caballos, hacer sonar espadas y pólvora. Atención.

Canónicamente es el género mediante el cual el autor presenta en forma objetiva hechos legendarios en un tiempo y espacio determinados. Esta objetividad implica también que los hechos ya han sucedido pero no en sentido temporal sino de modo definitivo. O sea mítico.

Podría decirse que en la épica hay dos tiempos. Uno, el histórico convencional de los hechos, en el cual, quien narra –en verso o en prosa– nos “regresa” en modo objetivo –y objetivo es que es un presente continuo donde importa tanto matar a un dragón como tomarse un vaso de vino–, para decirnos fríamente cómo fue todo aquello; aunque –claro– puede que él mismo –como yo elocutor– preocuparse y hasta espantarse como en el maravilloso “horresco referens” de Virgilio...

Es cierto que aquí (en el Canto II) el poeta pone esta expresión en boca del héroe epónimo –Eneas– que, a su vez, narra el terrible episodio de Laocoonte. Pero de todos modos es el presente-objetivo o el pasado vuelto presente y objetivado, puesto que se lo hace por medio de un objeto verbal.

Y hay otra cosa que me parece clave de lo épico: la indiferencia o, en todo caso, el mismo nivel en que se narran hechos de muy diversos órdenes. La prueba iniciática, como el lance amoroso, la pausa para beber o cantar como la vuelta a las peripecias bélicas o de viaje. También podría ser el volver definitivas –mediante el relato– a ciertas acciones. ¿Me permite otra digresión?

  Cómo no, adelante

Tenemos un chofer de coches de alquiler que nos lleva a Alicia y a mí. Él nos cuenta su vida de ese día o del anterior con un tono parejo, similar... “Me comí un sánguche de milanesa, me tomé dos litros de vino, me preparé una tarta de zapallitos”, y allí comienza describir minuciosamente toda la preparación, y hasta mima los gestos de cortar los vegetales por ejemplo. No importan las palabras, ni el tono de voz que emplee. Es épica pura porque cada uno de esos hechos y pasos en que se descomponen a su vez los hechos, son raigales, fundamentales para la vida, más aún: son la vida. Eso es épico.

Eso tiene en gran medida El banquete de Severo Arcángelo, que muy bien define Marechal en el prólogo como novela de aventuras.

Ahora claro, usted me pregunta con toda razón porqué no se siguió en esa veta o porqué tan sólo se tomó de esta novela las cosas más superficiales. Bien. Primero me parece que de un libro así –e incluso, como usted dice, de Adán Buenosayres– lo que podía tomar el recién llegado era la cáscara, el envase mejor dicho. Ya que todo el modo épico-iniciático estaba fuera del alcance de los que vinieron después. En todo caso, aquí se dio la sólita ya para entonces confusión entre lo esotérico y lo hermético con lo raro y lo oscuro. El tardo surrealismo transatlántico ha sido de lo peor nuevamente para ello.

Ahora –ya que estamos- tenemos una nueva pesadilla que me gustaría mencionar al pasar. El interés renovado de los ateos y agnósticos por el misticismo. Dios santo. Es lo mismo que lo anterior. Así como el recién llegado, el impotente confunde lo hermético con lo raro y lo oscuro así, paralelamente, el vacuo espiritualmente se siente atraído por el misticismo –o lo que toma por tal– antes que por lo metafísico.

Alguien podría decirnos: bueno, está bien, al fin y al cabo es un comienzo... ¿Pero es un comienzo o es un fin? Me cuentan algunos viajeros que en algunos lugares vuelven a la carga con Santa Teresa; parece que su vecino San Juan de la Cruz ya no interesa. Pero como las metáforas de ambos son, digamos, carnales, ahí el oledor de carroña ve una presa exquisita, exquisitamente faisandé. ¿Será porque los franceses no tuvieron místicos o porque siguen con Juana de Arco y como ésta les salió una santa conservadora o de droit, cruzan como tantas otras veces los Pirineos y arramblan con la mística castellana?

A veces cruzan el Rin y allí se les aparece sobre el todo el Maestro Eckhardt, pero éste –como buen alemán– no era para nada dado a las metáforas carnales y sí a los juegos de palabras, y entonces no hay tu tía. Teresa de Ávila es la más indicada, sobre todo después de que Bernini la interpretara barrocamente... Deberemos hablar de ello alguna vez...

Volviendo a Marechal y su Banquete. Es posible que muchos de los exegetas oficiales que le aparecieron apartaran –digo que es posible– a algunos que podrían haberse acercado y, sobre todo, intentado continuar la veta abierta por este autor. Tal vez la sequedad o -cómo decirlo- la sequedad mecánica de tales análisis hizo que se alejaran de Marechal los que podrían haber sido sus continuadores inmediatos.

 

 

© Ángel Faretta
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