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MOTIVOS Y FIGURAS

Sade hoy

Hablamos de disoluciones y de neutralizaciones. Así ha procedido el artefacto histórico en la modernidad, de modo imperativo en los países anglosajones y sus satélites y de modo sibilino e invasivo en los países que a los que intenta hacer (facta) a su manera. Uno de los modos de proceder de tal estrategia consiste en una doble articulación defensiva con todo aquello que escapa -sobre todo ad intra- de sus márgenes policiales. A articular una doble neutralización que a la manera de las dos partes de una tenaza actúan de conjunto.
   La primera es la forma de neutralización tardo-romántica que consiste en caracterizar de “geniales”, “legendarios” y hasta “míticos” a personas a las que en vida ocultó, desfiguró, y que hasta lisa y llanamente exterminara. La otra- cuando tales fermentos regresan mediante sus obras y pensamientos-, consiste en reducir -mediante la así llamada psicología contemporánea- a tales leudantes anímico-espirituales en cosas creadas por sus autores a partir de ciertas peculiaridades en su sexualidad que son compensadas o canalizadas en su producción estético-filosófica.  
    Esta orquestación desfigurante, mediante el doble volet tardo-romántico y de reducción psicológica, viene actuando sin descanso en relación con la producción estético-filosófica desde el así llamado romanticismo alemán en modo subrayado. El porqué, creemos haberlo establecido en ensayos anteriores de este libro. Pero hay una figura algo temporalmente anterior -aunque por su dilatada vida coincidiera en su último período vital con el propio romanticismo-, que regresara en forma inesperada, tardía, y sobre todo confusamente a partir –paradójicamente- del propio hedonismo nihilista propalado por la sociedad liberal. Nos referimos a Sade, claro está. A su regreso a la “luz pública” o a su salida -mejor dicho- del limbo de las ediciones especiales y clandestinas, de las citas privadas y de los manuscritos coleccionados por bibliófilos atrabiliarios y caprichosos. Su reaparición como escritor visible, con múltiples ediciones y que comenzó a ser estudiado seriamente, si por “serio” entendemos al así llamado mundo académico que con la puesta en marcha de la sobremodernidad comenzó a ser nada más que un apéndice del periodismo cultural.
    El marqués –en realidad conde, cuyo marquesado fue sólo nom de plume- regresó cargando sobre su osatura legendaria el acoplado de una perversión sexual ya catalogada en la que se asocia el placer al sufrimiento ajeno. Pero como su reaparición pública traía aparejada otra -posible- enseñanza y lectura que se desprendieran de sus escritos, al marbete clínico-psiquiátrico tuvo que adicionársele como auxilio el ripio de “maldito” y el sonsonete de mártir y profeta de vagas reivindicaciones libertarias. Así al anarquista -por lo general un hombre casto por naturaleza (1)-, se le sumó como genio tutelar a un escritor reaparecido súbitamente “de entre los muertos”, cargando un marbete de prácticas sexuales tortuosas, algo impresentable, encima aristócrata y vástago de una de las casas y familias más antiguas de Europa.
    De tal modo hizo su entrada por la puerta grande de la cultura y de las tiradas masivas Sade y sus escritos a partir de la sexta década del siglo veinte, década que podemos considerarla ya como aquella de la puesta en marcha de la última fase de la movilización total o sobremodernidad. Nada podía quedar fuera de lo público conocido, remanido y al alcance de todos. No se trataba de guardar ya ningún secreto, ni edición privada, ni escritos de circulación confidencial. No. Todo lo perteneciente al ámbito arcano, esotérico, todo aquello tan siquiera de escasa o particular circulación, lo relativo al guiño y hasta al sobreentendido debía ser puesto en circulación masiva. Así le llegó el turno a Sade.
    En cuanto se accedía a sus libros lo primero que llamaba la atención era que aparecía un escritor doble, bifronte. Uno que escribía libros “convencionales”, pre o ya románticos sin más, de damiselas en desgracia perseguidas en su virtud muy a la manera de sus admirados Richardson y Fielding. Y otro, al que incluso todavía por ese entonces era no tan fácil acceder, autor de unos libros de aura sulfurosa, llenos de sonido y de furia sexuales. Probablemente -se sugería también por aquel entonces-, escritos para su propio uso y goce, artefactos de excitación particular ad usum privato.
   Recuerdo que una editorial local -hábil en este tipo de enjuagues-, presentó al comienzo de la citada década un libro del marqués donde las cuatro letras de su nominativo familiar llenaban el setenta por cierto de la portada. El libro era “La marquesa de Gange”, novela que todavía algunos cuestionan de su autoría, pero que parece sin más del mismo autor, penúltima de las publicadas antes de su encierro por el resto de su vida en el hospicio de Charenton en las afueras de París.
  La novela muy en el estilo de la “Pamela” de Richardson cuenta, con los recursos que luego se llamarían “melodramáticos”, las peripecias de una casta marquesa acechada por un corrupto familiar que la desea y a cuyos designios aquella se opone. Luego una editorial mexicana de fama dudosa puso en circulación sus otros textos en copias abominables, impresas en horrible papel y con portadas dudosas aunque de aceptables traducciones. Así “Las ciento veinte jornadas de Sodoma”, “La filosofía en el tocador”, “Justine” y “Juliette” aparecieron en las librerías argentinas y de toda el habla castellana.
    Comenzaron luego a desempolvarse toda cosa escrita o firmada por Sade. Obras de teatro, cartas, panfletos y, en una edición ya oficialmente transgresiva, el “Diálogo entre un sacerdote y un moribundo”. Años después llegarían las nouvelles puestas bajo el título de “Los crímenes del amor” y la extensa novela “Aline y Valcour”.
   De consuno a ello comenzaron a aparecer y a editarse estudios sobre el autor. Los franceses, ni qué decirlo, venían a la superpoblada cabeza. Al fin y al cabo -podía pensarse- era un autor de ese origen y de esa lengua. Pero no era simplemente una mera cuestión de territorialidad. Claro que no. Se trataba de una nueva forma disolutoria y neutralizadora que actuaba de una manera bastante más novedosa, o así lo pareció por ese entonces...
 
   Haciendo un excurso podría decirse que el así llamado psicoanálisis tuvo una primera etapa positivista y materialista con su “fundador”, luego su etapa pragmática-norteamericana -Horney, Klein- y su etapa humanista-progresista con Fromm. El tedio de todas esas ramas era ya intolerable. Disponiéndose sólo de un mero buen gusto como lector podía saltarse con toda facilidad por sobre tales cosas. Pero tuvo una cuarta etapa –que lo llevara afortunadamente al borde de su extinción- en lo que llamo la versión surrealista del psicoanálisis y que corriera a cargo de los franceses. Este frangollo, sumado a las versiones contemporáneas, particulares, y también parejamente gruesas de la escuela formalista rusa y de la lingüística positivista de Saussure, crearon uno de los caldos más espesos y especiosas de la esta primera etapa de la sobremodernidad en camino a la final, la así llamada globalización. ¿Más allá? “Hay fieras”, como se escribía en los mapas romanos para señalar los límites posibles del Imperio y su última Tule.

    Con esa faja académica a su alrededor Sade se volvió inesperadamente serio, ya no tan sólo presentable sino intocable en su seriedad. Incluso cuando se tradujo por aquella misma época el notable libro de  Mario Praz sobre “El demonio, la muerte y la carne en la literatura romántica” en el que el erudito italiano “osa” poner en duda la integridad intelectual y hasta el genio de Sade, un corifeo local en una revista de “cultura” –hombre políticamente liberal, apacible, y un clon borgeano en su expresión- salió en obstinada defensa de quien ya era un autor respetable. Progresistamente respetable. Porque no hay nada más pacato, puritano pequeño burgués y hasta fariseo que la seriedad y respetabilidad de signo progresista.  Ni la última de las beatas, ni el último de los santurrones de provincia se relacionan con sus santos y reliquias como el beato progresista con sus elegidos o aquellos que han sido aceptados en sus filas. Guay del que ose, del intente siquiera poner en duda a uno de sus corifeos y elegidos.
  Escrutados con cierta agudeza –saltando por encima de la espantosa prosa y la improvisación intelectual acostumbrada- tales escritos de estudio laudatorio tenían un aire, un tufillo más que sospechoso. Era como si hubiera un indecible apuro por arrojar una opaca cortina de humo a algo que parecía inquietarlos. Todos hemos conocido esos espantos que atacan a las personas que se auto-convencen que aman a alguien -persona, clan o partido-, y que en sus apologías repetidas aparece como un agudo y claro terror por aquello mismo que dicen amar y hasta venerar. Algo así se le aparecía a quien se tomaba el trabajo de sopesar un poco aquellos escritos.
   Como el marido cornudo que al saber del engaño empieza a sumar méritos delirantes en aquél que le ha puesto los cuernos, algo así también dejaban traslucir esos vagos escritos sobre el marqués, su obra y sus ideas.
    No vale la pena ya escrutar siquiera a vuelo de pájaro tales embrollos. Sería una inútil pérdida de tiempo. Baste recordar que en medio de todo ese frangollo hubo un libro no tan popular, muy anterior, y tampoco francés, que bien valía conocerse. Se trataba del escrito “Vida e ideas del Marqués de Sade” del inglés Geoffrey Gorer que por lo menos intenta comprender el pensamiento de este autor, saltando por sobre las obviedades que para ocultar su vacío se llamaban entonces “estructurales”; lo que parecía solucionar en un periquete -como un pase de manos- toda duda sobre la humana aventura.
    Pero Gorer tampoco parecía tomar el toro por las astas, y ya no en el tono reinvindicatorio dirigido a lo estrictamente literario puesto que es obvio -leyendo sus obras más accesibles o menos sulfurosas-, que el narrador de las nouvelles “Los crímenes del amor” o de la novela “Aline y Valcou”r es obviamente un gran escritor y un extraordinario narrador sin más. Allora? Que entonces había que preguntarse si esa segunda manera de Sade -el de “La filosofía en el tocador” o “Juliette”- era simplemente la de un fabricante de artefactos afrodisíacos de uso particular. Allí cabía preguntar a su vez para qué tomar el recaudo de hacerlas imprimir y que circularan normalmente –al menos con la normalidad de esos tiempos editoriales. Por cierto era también evidente que en tales obras su autor interrumpía el relato y muchas veces la monótona acción de sus novelas más escandalosas con diálogos filosóficos exquisitamente expuestos. Incluso -como en la propia Philosophie dans le boudoir-, sumaba un escrito polémico, directamente un panfleto como “Un esfuerzo más franceses”, en medio del relato
    Podría entonces tratarse de un escritor libertino extremo, alguien que como sus antecesores y contemporáneos, Choderlos de Laclos y Restiff de la Bretonne, igualaban libertad con el ejercicio del libertinaje sexual. Pero el autor escapaba también de estas reducciones de época. (2)
    Filosóficamente Sade no era un apéndice de enciclopedistas e iluministas como Diderot, D’Alembert y compañía, -era evidente-, ni un burlón y cómodo satírico poltrón autor de fáciles cuchufletas como Voltaire –más que obvio. Sus fuentes parecían estar más, mucho más relacionadas con autores laterales como D’Holbach y sobre todo con La Mettrie. Digamos con los materialistas totales, sensualistas y -vía la influencia inglesa siempre filosóficamente más frígida- utilitaristas.
    Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) es el autor –entre otros- de un breve escrito, casi un opúsculo, titulado “El hombre máquina”. Médico cirujano de profesión y que actuara profesionalmente en los campos de batalla, trató de establecer dando un paso más allá que los sensualistas puros como Condillac la condición material y el funcionamiento “maquinal” del hombre. El escrito, más allá de su pesadez y de su pomposo estilo científico, es interesante por las cosas que adelanta y tal vez hasta por las que profetiza; aunque esto último involuntariamente claro está. Declara de consuno con su título la materialidad del hombre y su funcionamiento maquinal. Se adelanta al transplante de órganos y todo lo que vino a continuación.
    Pero sea como fuere gentes como La Mettrie y similares se hallan ya consubstanciados con la idea de progreso, son optimistas científicos. Pero Sade -como lo será poco después el contemporáneo que más se le parece: el italiano Giacomo Leopardi- no es ningún confiado acólito en las bondades de una naturaleza divinizada a medias y a medias a punto de ser explotada mediante la movilización total. Sade intentará llevar el razonamiento -o la apariencia de tal- de personas como los materialistas y sensualistas hasta sus últimas consecuencias. Si la materia viviente, orgánica, tiene una nunca muy bien definida extensión apendicular con la naturaleza inorgánica, la explotación sin límites y cortapisas de ésta debe llevar por toda lógica consecuencia a la explotación de la naturaleza humana, ya que ésta no consiste más que en una serie de un animales-máquinas que no sólo desean sino que puede razonar sus deseos, y para ese razonar se llevan al absurdo los postulados materialistas y sensualistas. Así es como en muchas de sus obras las repetidas laceraciones y torturas practicadas sobre cuerpos esclavizados son seguidas de intrincados diálogos filosóficos que llevan al propio delirio raciocinante este monismo absoluto. La naturaleza se hace única garante de lo existente y así los cuerpos ajenos son tanto objeto de experimentación como de explotación. El catálogo razonado de perversiones –como el practicado fríamente en “Las 120 jornadas”- ¿no parece un derivado prospectivo, pero llevado hasta el desatino, de los posteriores catálogos de las ciencias naturales? ¿No es -desde el punto focal que ensayamos aquí-, que Sade se nos aparece como un Linneo de la sexualidad humana vista exclusivamente como variantes metamórficas de posturas, adiciones y yuxtaposiciones? ¿No son -bajo este punto de vista- sus perversiones fría, clínicamente razonadas, algo así como un correlato de las especies híbridas y hasta las nuevas especies que son posibles de “fabricar” mediante toda serie de injertos?
   No es la enumeración por la enumeración en sí y por un exacerbado gusto por la combinatoria y por el bric-à-brac que aparecen en este autor tantas combinaciones de acoplamientos, sino un llevar hasta el disparate la propia dislocación y desmembramiento de la naturaleza practicada por los enciclopedistas y empiristas de todo tipo.
    Antes que el socorrido Dostoievski acuñara su luego repetido “Si Dios no existe todo está permitido”, un siglo antes Sade pone en escena la lógica consecuencia, de fines y de medios, que tal no-existencia llevaría aparejada. Pero no sólo sobre la naturaleza inerte e inorgánica que se aprestaba a ser explorada y explotada científica y ya industrialmente, sino sobre la propia corporalidad ajena que era bajo esos supuestos co-extensiva y pasible del mismo grado de explotación. Más aún, pasible de todavía un mayor grado de explotación por el conocimiento físico, sensible -es decir estético- que podía extraerse en paralelo de tales experimentaciones.
   Gorer -que por algo es inglés-, nos insiste en su libro que todo es un canto a la anarquía como en las “visiones” más que confusas de William Blake. Es obvio que no y que uno y otro, si bien contemporáneos, no pertenecían a la misma familia espiritual ni estaban hechos de la misma estofa. Blake es ya el puro divagar limbal donde la poesía y lo poético parecen volverse sinónimos de fuga lunar y de coloquio limbal interminable ¡Y encima el coloquio es en este caso un soliloquio! Sade es un terreno total, un realista absoluto. Pero no se cree el ripio del progreso y crea para poder expresarlo un nuevo giro y una vuelta de tuerca estilística de la clásicamente llamada sátira menipea. Retomando también la tradición inconclusa de su paisano Rabelais y mezclando -pero muy concientemente- lo bajo y lo alto, lo sublime y lo obsceno, lo alucinatorio y ya lo hiperrealista, Sade incorpora de manera satírica todos los lugares comunes del razonar mecanicista-utilitarista, pero lo hace de manera tan temprana y pioneramente que todavía hoy se lo insiste en ver como a uno de sus más radicales apólogos. Cuando es -por el contrario-, sí radical, pero en responder a los imperativos de la movilización total poco antes de que esta apareciera en suelo europeo.

    Fue por el contrario no un sociólogo interesado en rarezas ni un literato de intereses difusos el que diera el Do de la época en relación con la obra de Sade. Un historiador y teórico del arte, de clara impronta teológica  -Hans Sedlmayr-, le dedica algunos párrafos oblicuos pero importantes en dos de sus obras, “La pérdida del centro” y “La muerte de la luz”. En ambas, aunque con algunos comprensibles circunloquios académicos, muestra a Sade  junto con Goya, como aquellos que más drásticamente encararon lo que llama “terrenalización del infierno”.
    Del pintor español puede decirse que su situación y significado por lo general son tan mal interpretados como en el caso de Sade. Aunque por razones diversas. Las que sin embargo se tocan tangencialmente siquiera en un punto. Ambos son o intentaron ser hijos de las luces. Ambos padecieron muy cercanamente el terror desencadenado por esas mismas luces. Ambos comprendieron modo sui que si a la tríada topológica mantenida por miles de años entre cielo-tierra-infierno se le que quitaba o negaba su base teológico-metafísica y era suprimido por decreto el primer volet del terceto, que era reemplazado por el cielo laico escrutado por los físicos, el inframundo se trasladaba entonces a lo meramente terreno, plano, llano horizontal.
    Goya regresó a la pintura de sabbats y aquelarres, es decir a pintar monstruos extra-mundanos pero que actúan muy terrenalmente; Sade a edificar con su escritura lo que luego se llamaría “universo concentracionario”; pero que él se encargara antes que nadie de describir. Universo donde habitan repetidamente monstruos que han perdido toda aura extra-mundana. Demonios que han perdido la fe en el demonio porque han leído la enciclopedia donde se les dice que no existe tal cosa.
   Faltaba un sólo paso -como apuntara también Sedlmayr-, la puesta en escena concreta, histórica, de ese universo. Los campos de concentración del siglo venidero a ambos artistas se encargarían de ponerlos en práctica. Soviéticos y nazis desembarazados definitivamente de toda creencia en lo extra –tanto infra como ultra- humano pusieron en práctica aquello que para Sade era proyección antiutópica. Pero adonde habría de conducir sin dudas la extrema racionalización de los fines y de los medios. Con el paso previo por un naturalismo neutralizador de lo humano -que era equiparado a una mezcla de animal y máquina-, éste había perdido su razón de ser trascendente.

Notas:
1 como puede comprobarse sin más desde su propio y auténtico padre, Pierre Proudhon y de la que dan ejemplos in abundantia la correspondencia con sus amigos.
     Esta ecuación anarquismo-castidad es por otro lado fácil de comprender para todo aquel que no tenga cerradas las vías de entendimiento analógicas más elementales. Ese amor proteico y desordenado, caótico, por la humanidad in abstracto –carácter de suyo prometeico- va en detracción del amor o propio deseo por un prójimo cercano. El que –admitamos- como su primer móvil tiene al egoísmo. De allí las justas aproximaciones pero también los dislates propalados en relación con el propio cristianismo y la anarquía.

2: en el prólogo a “Los crímenes del amor” Sade ser refiere  a Restiff de este modo: “Estilo bajo y rastrero, aventuras repugnantes inspiradas siempre en las peores compañías; ningún mérito más que el de ser prolífico... por el que sólo le estarán reconocidos los mercaderes de pimienta”.

 

Una versión de este escrito fue publicada en la revista Ñ, Buenos Aires 20 de diciembre de 2008.

 

© Ángel Faretta
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