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MOTIVOS Y FIGURAS

El tío Salinger en Nueva Inglaterra

En algunos de sus más famosos “nueve cuentos” J. D. Salinger emplea según costumbre desplazamientos semánticos o, mejor, juegos carnavalescos barajando personas, títulos de canciones y hasta nombres de comidas para darle nuevos significados. Así “A perfect Day for Bananafish” es tanto una referencia a un típico postre norteamericano -el Banana Split-, esto es una banana seccionada por la mitad, sino también al modismo de jerga por “chiflarse” -“going bananas”- así como, en forma más oblicua, se hace mención a la personalidad dividida –split- de su alter ego suicidado tempranamente y llamado aquí Seymour Glass. Él mismo un juego de desplazamientos semánticos: See-more- ver más y glass-cristal, que remite tanto a la condición de videncia así como a la propia fragilidad del vidente.
   Claro que en “Tío Wiggily en Connecticut” y de modo complementario el joven Salinger nos acuña también mediante algunos de estos juegos de palabras su catecismo estético, que como el de tantos jóvenes artistas de uno o dos siglos a esta parte se basa fundamentalmente en negaciones o en tomas de distancia con obras y autores que lo antecedieron. Dentro del relato y en su primera historia “Uncle Wiggily” es una fábula privada que la desolada protagonista –Eloise- cuenta a su amiga que ha venido a visitarla, después de años de no verse, a su casa de Connecticut. Al repasar su vida a través del espejo de su actual fracaso, como esposa, madre, y sobre todo como otra promesa temprana, recuerda un amorío juvenil con un soldado caído luego durante la guerra. Al lastimarse ella un tobillo -“ankle”- aquél, a la manera de los juglares de palabras que abundan en su obra, acuña el Tío (Uncle) Wiggily (de wiggle-mover); un ser otrora fabuloso pero que ahora vive en Connecticut, uno de los dos emblemas de la tierra baldía de la poética salingeriana. El otro es Madison Avenue en Manhattan. Ambos representan lo “phony” lo falso y lo hueco en oposición -dentro del extremo binarismo ético de este autor- al otro polo moral que es el vasto “nice”. Cualidad ésta de simpático-agradable en la que se incluye a ciertos seres especiales y a los que uno de sus primeros críticos calificó  de “neurópatas remilgados”, otros -más afines a su autor- como “videntes” y aún otros, ubicando sus fichas en el tablero sociológico, definieron como formando parte de esa “muchedumbre solitaria” que por esos mismos años David Reisman había bautizado.
 Así la protagonista de este relato ha abandonado el mundo de juvenil fantasía representado por el legendario del Uncle Wiggily por el suburbio residencial de Connecticut, una cifra de su versión particular de la tierra baldía eliotiana. Por cierto el bajo continuo climático del relato es la nieve invernal y “sucia” que rodea el exterior de la casa y que amenaza entrar...
   Pero el Uncle Wiggily si lo desplazamos un poco, como un funámbulo que baraja cifras y palabras, nos da el “Uncle Willy”, tal como se conocía por ese entonces al escritor inglés William Somerset Maughan. “Tío Willy” se llamaba a ambos lados del Atlántico a este exitoso autor, rico y famoso, y el apodo fue empleado primero en forma cariñosa y luego polémica. Puesto que la generación de narradores de habla inglesa surgida en los años de la segunda guerra mundial vio en el autor de “Pasteles y cerveza” al emblema del hombre de letras dotado que había vendido su don -o que más bien lo había trucado-, alguien que narraba bien y hasta muy bien pero con un ojo puesto en el mercado editorial y sobre todo en el de los semanarios ilustrados. Era por ello y para satisfacer sus demandas que Willy trucaba los finales de sus cuentos haciéndolos permeables a los lectores de esas revistas de tapas satinadas que ofrecían tales relatos como continuación ficticia de ese mundo de lujo y sofisticación al alcance de la pequeña burguesía. Digamos una ficción literaria como adorno o complemento de esa otra ficción que ofrecía la misma revista en sus anuncios de ropas, viajes y cruceros en yates.
  Así que “El tío Willy en Connecticut”. Se trata de trasladar una situación que podría ser de Maugham a un ámbito muy norteamericano, más bien neoyorquino y proceder a la manera de una operación química –perdón, alquímica- que mediante el empleo de un catalizador precipita una mutación en las substancias en las que interviene. La operación resultó estéticamente feliz, así como la continuidad extensa de la misma que deriva de una nueva operación semántica, la novela The Catcher in the Rye. El “atrapador” emboscado en medio del centeno y que será el centro de irradiación de toda su obra y el manifiesto de toda una generación y de una actitud. Tanto que poco después se traduciría en dos formas extremas y que se excluirían radicalmente entre sí. Por un lado explosiones de “rebeliones sin causa” y tribalismo urbano con sus uniformes de cuero y su violencia absurda y que se arrastra ya monstruosamente hasta el día de hoy. Por el otro, tal actitud derivaría –como al parecer sucediera con el propio Salinger- en la confección de religiones sintéticas donde se recomendaría una ascesis doméstica y unos ejercicios espirituales al alcance de la crasa y estrepitosa cotidianeidad de las megalópolis.
  El Tío Willy no se hacía ninguna ilusión y no tenía ninguna esperanza y así lo manifestaba en esa otra zona de su obra –menos frecuentada claro está- donde en ensayos, libros de viaje y en una variada escolia decía que todo era ilusión, decadencia de algo llamado occidente y que había que tomar la vida con soda, aunque previamente tomando el recaudo de poner en el vaso una generosa dosis de whisky escocés. Por cierto Willy también había probado la via mistica con su “El filo de la navaja”, pero ésta era vista –posiblemente con razón- como un nostálgico apéndice colonial de una India que dejaba de ser parte de la corona inglesa. 
 Así fue que luego de sacrificar tempranamente a su redentor y gurú en “El pez banana”, Salinger rodeó a su irradiación postrera de un marco familiar acorde para administrar su patrimonio de videncia, la familia Glass, a la que dedicara todo lo que escribiría o más bien publicaría hasta su reclusión en un rincón de Nueva Inglaterra.
   Aparecen sucesivamente dos libros compuestos del mismo modo. Primero un relato breve, ceñido, perfecto, y luego una suerte de largo excurso que mezcla el ensayo con el panfleto, el tratado filosófico y la escolia religiosa. Al “Levantad carpinteros la viga del tejado” (tomado de un fragmento de Safo) que narra las horas previas a la boda de Seymour Glass sigue “Seymour: una introducción”, donde otro de los hermanos analiza –se ha dicho que no muy logradamente- el genio y el carácter de vidente del suicida. A continuación y en otro libro doble, al magistral relato “Franny” -donde asistimos a la pérdida no de la inocencia sino de la membrana vaginal de la menor de la familia Glass-, sucede un extenso tratado de mística casera a cargo de “Zooey” hermano de aquella y que le dice cómo debe vivirse, nada menos.
  Siempre he comparado el retiro de Salinger con el gesto final –si el increíble Max Brod nos ha dicho la verdad- de Kafka. No se trata en ningún caso de gestos tardo románticos. Se trata de una muy otra cosa. Ambos advierten que lo escriben está más allá de la literatura pero más acá de la santidad. Problema ya advertido antes por León Bloy cuando acuñara su “Hay una sola desgracia, no ser santos”.
  Claro que Salinger a diferencia del tempranamente condenado Kafka ha vivido hasta la bíblica edad que ha alcanzado para estos días de noventa años. Su torre de marfil o su ermita ha sido repetidamente acribillada por flashes fotográficos, escrutada por curiosos y cazadores de autógrafos, incluso se nos dice que invadida, no por damiselas en desgracia sino por la desgracia de querer ser famosas. Incluso su propia hija ha creado una leyenda negra con su legendario padre volviéndose de paso moderadamente millonaria.
  ¿Qué es lo que ha pasado? Se me ocurre lo siguiente. Sabido es de una práctica inmemorial conocida por uno de sus nombres culturales posibles. El chamanismo. Se trata de una manifestación de lo sagrado por el cual un miembro de una tribu o comunidad es elegido tempranamente como quien cargará, curándolos de paso, los padecimientos vitales de su comunidad. De temprano el futuro chamán manifiesta ciertas anomalías de tipo “psicosomático”, las que no son tomadas por sus mayores como signos morbosos ni temibles, sino todo lo contrario. Son signos de propiciación para que tal persona cumpla una misión fundamental de cura y de cobijo.
   Sabemos ahora -¿sabemos?- que tales manifestaciones siguen intactas pero que se han degradado o camuflado en “curanderismo”, “santería” y en toda serie de videntes. Digamos que parte de ese rol y función social perdido o eclipsado o más bien desviado hacia los márgenes y extramuros de las sociedades modernas reaparece también en forma ambigua, híbrida, y con manifestaciones dúplices en ciertos artistas, pensadores y poetas. Claro que aquí la elección no es directa sino indirecta, muchas veces incluso se llega a la autoelección. El tema es que tales personas, hombres y mujeres, cargan o más bien se hacen cargo de determinadas manifestaciones de su comunidad. A esa no elección directa sigue una similar no curación directa. A lo sumo si ese paradójico chamán contemporáneo y urbano ha tenido la ocasión de dejar algo por escrito o pintado, traducido en notas musicales y hasta en films de largo metraje, puede llegar a ser apenas reconocido como tal; tardíamente claro. Lo terrible, lo directamente trágico es que ninguno de ellos desea ser reconocido por sus “obras”, al menos materiales o que han transformado la materia sonora, oral, visual. Allí es cuando aparece el veneno, la intoxicación y, en consonancia con la época, la muerte a alta velocidad. Si no, es posible que se alcance una edad bíblica como el propio Tio Willy que alcanzara una edad como a la que hoy llega Salinger. Y entonces ya no cuenta que se viva en una lujosa villa del Mediterráneo o en un apartado cottage en Nueva Inglaterra. A ambos los ha alcanzado una misma y paradójica fatalidad.

 

Una versión de este escrito fue publicada en la revista Ñ, Buenos Aires 7 de  marzo del 2009.

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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