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INÉDITOS

Nostalgias del futuro

No suspiro ni tengo ninguna nostalgia por el cine clásico norteamericano, como se intenta hacer creer, a veces con intención afectuosa, de interés y hasta de franca admiración por mi persona y por parte de mi obra teórica. Además de que carezco de todo sentimiento de nostalgia —y hasta la detesto—, sería como suspirar por el romanticismo alemán, el barroco o el renacimiento.
Para mí, todo el movimiento artístico espiritual conocido como “cine clásico norteamericano”, así como las obras a las que dio lugar, es algo absolutamente vivo, actuante y sobre todo operativo y al que —como los otros momentos— uso a diario y sin ningún sentimiento de tiempo pasado o cosa semejante, sino como pertenencia activa y efectiva

Lo que parece distraer equívocamente de mis afirmaciones es que considero terminado, finalizado este movimiento histórico-espiritual, pero por —repito una vez más— haber alcanzado su fin, como término y como finalidad. Además, no lamento que esto haya sucedido sino todo lo contrario, porque ahora que ha finalizado y ha llegado a su meta podemos aprender y alimentarnos de esas obras, así como lo hacemos de aquellas de los períodos histórico-espirituales todavía más lejanos y seguramente hace muchísimo más tiempo también llegados a su fin.

Esta insistencia y convicción de que tales cosas han alcanzado la finalidad que se propusieran pareciera despertar —como digo— confusos ecos equívocos entre algunos de mis contemporáneos.

El tema tiene variados bemoles que es hora de comprender y escrutar. La nostalgia y el anhelo tardo romántico por el pasado, sus cosas y sus obras, es una paradójica garantía de inmovilidad y quietismo cubierto con la coartada de que todo esfuerzo nuestro y presente es inútil porque todo lo mejor ya ha pasado y ha sido hecho por manos y mentes mucho más hábiles e inteligentes que las nuestras.

Este carácter de inmovilismo y quietud y de temprano abandono de los intereses vitales, típico de ciertos organismos humanos atacados de diversos males, se ve incrementado, impulsado por determinados momentos histórico-políticos, y sobre todo anímicos que atraviesan ciertas sociedades y estamentos culturales. Me temo que el argentino de unas décadas a esta parte es uno de esos organismos. Aunque, grado sui, puede extenderse a todo lo que se conoce o se conocía como mundo occidental.

El porqué de todo esto, la clave de bóveda de todo este paradójico edificio a punto de desmoronarse o, más todavía, erigido absurdamente con un error en su base para que así se derrumbe y amenace con hacerlo desde su inauguración —como una versión paradójica de la torre de Pisa—, el porqué de todo esto ya lo he explicitado en otros lugares, así como lo vengo manifestando verbatim también en mis cursos y seminarios.

Lo repito en este lugar. Esto se debe —o se debe también— a la asimetría que vive occidente desde hace ya casi un cuarto de siglo. Por un lado, una extensión y despliegue espiritual —en su faz intelectual— que lo ha llevado a comprender el funcionamiento de la creación tanto ad extra como ad intra. Ha logrado tanto entender el funcionamiento del espacio exterior así como del interior: lo sideral y lo corporal, lo más universal y lo más particular ya pueden ser comprendidos en su funcionamiento.

Pero por otro lado, este conocimiento de la vida, tanto de lo cósmico como de lo particular-biológico, no se condice —lejos de ello— con un paralelo entendimiento de ese porqué ni de la responsabilidad aneja que dicho entendimiento trae aparejada.

Estamos frente a un umbral y dintel que no queremos o que tememos cruzar.
Hasta ahora, en ese mismo espacio umbrátil, se han creado o más bien improvisado como medidas distractivas unos usos y costumbres desprendidos lateral y muy secundaria, o ya terciariamente deducidos e incluso desviados de esos mismos conocimientos físico-biológicos. Podría decirse que también ese conocimiento se piensa o se vive exclusivamente como algo material, aunque, para ser justos, no a la manera grosera y vulgar de cierto materialismo clásico y decimonónico que nadie salvo algún trasnochado, y aquí sí, nostálgico, es capaz de mantener como dogma.

Pero este no materialismo anejo a la comprensión de la mecánica celeste extraespacial, así como de la mecánica del organismo humano y su código genético, ha sido reemplazado por un vago idealismo pragmatista y un posibilismo inerte que sólo parece creer en su propia inercia, a la que confunde con movimiento o movilidad voluntarios.

Sería como si, tras el descubrimiento de una herramienta extraordinaria, ésta fuera de inmediato empleada para cosas secundarias o para tareas que todavía se creían útiles o imprescindibles cuando aún no se conocía que ese útil estaba al alcance de la mano. Porque precisamente el útil había sido concebido en paralelo con la misma creación de esa mano y de esa mente que ahora lograba no fabricarla, sino descubrirla; o donde el verum factum de Vico alcanza finalmente su ultima ratio.

La paradoja poética del ojo y de la luz solar acuñada por el romanticismo se hizo ahora comprobación empírica, concreta y operativa pero ya no de un sólo órgano en relación con una cosa aunque central de la galaxia y universo que habitamos, sino de todo el órgano que conforma lo humano en relación con todo ese otro órgano que conforma el espacio en que habita eso humano.
Nadie baja a la bodega a tomar la sopa. Pero menos todavía se descubre esa bodega plena de vinos y de cosechas diversas para emplear sus jugos en la confección de caldos y sopas, sobre todo para sopas de menesterosos espirituales. Aunque parece que se insiste cada vez más en morirse de sed frente a la mejor provista de las bodegas...

Tal vez —ya que estamos— es ese mismo plus alcohólico del vino al que se teme, porque éste es un alcohol que produce la fermentación de una bebida no sólo varias veces milenaria sino nacida y desplegada para el culto.
Parecería que ese plus alcohólico del vino pudiera ponerse en consuno con eso que el despliegue de la mente humana ha recorrido y alcanzado en las últimas décadas, pero en consonancias con las mores contemporáneas sólo sirviera su uso para acelerar y favorecer las caótica y bestiales ingestiones a las que se entregan de manera casi animal los adolescentes y ya no tan adolescentes todos los fines de semana en cualquier ciudad o pueblo de los cuatro rincones de occidente.

Nada puede ser si no es analogía de otra cosa. Así, ese des-cubrir vuelve a cubrirse con el manto temeroso de un empleo amorfo, caótico y desritualizado, así como el propio hombre occidental contemporáneo a tal conciencia extracósmica e intrabiológica desperdicia esa plena y definitiva expansión hacia su punto omega, retornando absurdamente a sus gamas y a sus deltas, pero rebuscando en esos puntos anteriores de su propia expansión intraespecífica para perder el tiempo en juegos que han —y lo sabe— sido superados por una parte de esa totalidad a la que pertenece.

Ese hombre y mujer singulares, aislados en su desperdicio desritualizado, empleando absurdamente ese plus alcohólico, sienten y hasta se saben ocasionalmente, como el igual del corazón que es un laúd del verso de Béranger empleado por Poe como acápite de su relato, que en tanto se lo toca en cualquiera de sus puntos resuena en toda su completa totalidad.
Así también esa telaraña que los románticos emplearon como imago de la nueva conciencia colectiva, a la que por un lado se temía y por el otro —simultáneamente— se anhelaba llegar cuanto antes... Cada parte, aun el hilo más distante de su centro, es solidaria de todas las demás que integran esa misma red-web. Y apenas se toca cualquiera de sus puntos —con la intención que fuera— toda la estructura reacciona de consuno y en toda ella repercute la tensión producida.

Como lo estético, id est lo sensible, es por su propia esencia lo más accesible, aun de manera infraconsciente al ser humano que vive un determinado momento eto y eco lógico, las formas y despliegues diversos del pensar y del poetizar fueron como un basso continuo, común denominador o fuera de campo paralelo al hacer histórico espiritual del hombre, al menos de occidental.
A ello sucede, luego de miles, posiblemente cientos de miles de años, el quiebre producido por la mentalidad liberal, a la que más que nunca debe entenderse como una teología invertida o al revés, pero que simplemente simula ser sólo una teoría económica, cosa creída incluso por algunos de sus más honestos practicantes...

Esta mentalidad desguazó el hacer entre un uso material objetivo y otro ritual trascendente, pero al que sólo se toleraba y se permitía su empleo divorciado del primero, y al que —por cierto mediante ese mismo decreto de tolerancia— se volvía más difuso, laxo y sobre todo distante del cotidie y del día a día. Así lo estético apareció o fue empujado a aparecer y a mostrarse como una esfera independiente y/o autónoma.

O sea que todo clásico de cine, como de poesía, de impronta filosófica, musical y lo que fuere, es actual en la medida en que nuestro genio particular —sino el histórico de una determinada formación política— es el que lo hace propio. Y no sólo los nostálgicos miran atrás para desentenderse del presente al que temen, sino que hay otro tipo de miedo o directamente terror liso y llano. Es el de quien tiene una nostalgia invertida y por la cual enaltece lo presente y todo lo nuevo, porque su cobardía moral y estulticia absolutas no le permiten siquiera  hacerse cargo de aquello que es lo suyo propio.

Esta es una bastardía bastante común de hijos y hasta nietos que han sido concebidos como un mero azar biológico —y cuyo nombre es legión—, que no pueden hacer más que golpear con falsa alegría las cadenas con las que han nacido. Para ello hacen bulla numérica en los sucuchos que proponen independencia de algo, o agazapados en las libertades civiles y periodísticas que les ofrecen cómplicemente aquellos que los necesitan como variable electoral o como factor de consumo.

A todos ello les es imposible comprender que cuando se somete lo pasado en sentido temporal a un escrutinio, es debido a que esa es la única forma de volverlo verdadera y auténticamente actual. Y el escapar hacia lo meramente actual por novedoso y esperar así la próxima cosa como se espera el mero día y el diario de mañana es la mayor de las cobardías y la peor de las nostalgias, porque se tiene un horror terrible por lo que llevamos y traemos como herencia.

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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