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Algunas precisiones

Luego de un tiempo y de ver que diferentes sitios, revistas virtuales y demás, como algunas otras publicaciones, tuvieran a bien ocuparse de reseñar críticamente algunos de mis libros teóricos, y viendo que por lo general se trata de gente muy joven y que se inicia en estas labores con lo cual carecen muchas veces de la extensión de pensamiento formado, me gustaría hacer aquí algunas aclaraciones al respecto. Sobre todo debido a que mis otros libros de teoría ya terminados pueden tardar todavía mucho tiempo en ser editados, puesto que mi amigo Djaen no puede multiplicarse y que otras editoriales –por ejemplo centroamericanas- no desean editar mis otros libros de teoría y de crítica que abarcan otros campos, como la metahistoria. Prefieren continuar trasegando manuales marxistas para uso universitario. Esto es, para diluir al marxismo en progresismo.
  Así que fatalmente mi obra se va conociendo en forma no solo lenta sino en alguna medida fragmentariamente.
  Además creo que son más que nunca necesarias estas aclaraciones viviendo como vivimos en este valle de lágrimas. Claro que ahora son lágrimas de vulgaridad, cursis, y no lágrimas trágicas. Lo que reduplica el problema, claro.
 
  Primero de todo. No revindico algo llamado “cultura popular” porque tal cosa no existe. Toda auténtica cultura es siempre de élite, creada por un reducido grupo dirigente que establece patrones, normas, influye en la mayoría o tan siquiera instala cierta “atmósfera mental”.
   Ahora bien. Eso que se insiste torpemente –de izquierda a derecha- en llamar “cultura popular” en oposición a una “oficial”, por ejemplo, la denomino por mi parte “cultura tradicional en diáspora desde el otoño de la edad media”. Es una expresión un poco extensa, es cierto. Podría intentar condensársela en algún tipo de sigla, por ejemplo. Pero lo que importa aquí es la otra extensión o lo extenso por sobre lo intenso.
  No quiere decir, claro, que esta élite no disfrace, disimule o mejor dicho que muchas veces hasta degrade concientemente sus prácticas y las reconfigure según tiempo y lugar por ejemplo. Eso hasta puede verse muy sencillamente en cualquier manifestación –sea del tipo que sea- donde unos pocos dirigen no sólo las consignas, sino los propios movimientos y hasta los gestos que se ponen en escena.
  ¿Qué es o a qué se debe esta cultura tradicional en diáspora desde el otoño de la edad media? Se debe a la pérdida, eclipse o puesta en guarda de ciertos oficios y saberes tradicionales y operativos de consuno con el surgimiento de una burguesía de carácter urbana y provista tan solo de un saber especulativo a diferencia del carácter operativo de los oficios tradicionales.
  Desde ese momento -mediados de 1400 aproximadamente- ciertos oficios y prácticas operativas se reconfiguran mediante diáspora por los cuatro rincones de Europa y luego de América. Así surgen determinadas artes conocidas así hasta el día de hoy y que no son otra cosa que reconfiguraciones de oficios y prácticas operativas tradicionales.
  Nota bene ¿Qué es esto de operativo? Lo contrario de especulativo. ¿Y entonces? Se trata de un saber, de un oficio que trabaja con elementos metafísicos –es decir mítico-simbólicos- y que sabe ponerlos en escena, es decir ponerlos en práctica objetiva, o sea operativa.
   Se trata -para intentar dar algunos ejemplos- de todo aquel que desde entonces conoce el significado tradicional –“traído”- de un determinado símbolo o mito, digamos un círculo o un laberinto, de un descenso a los infiernos o de una herida heroica (como el talón de Aquiles) y sabe objetivarlos y dramatizarlos en una obra material o de pensamiento. Es decir también que con ellos puede construir un poema, una novela, un film, o crear una teoría filosófica. Es decir tanto para pensar como para poetizar, o mejor dicho para pensar y poetizar.
  Esto por ejemplo es lo que vuelve ya por aquel entonces casi “indescifrables” ciertas pinturas del Bosco y algo después de Brueghel pero también del Piero Della Francesca como por ejemplo su “Flagelación”. Ni hablar de obras literarias como las de Rabelais que son difícil lectura. Porque ese es el primer momento de esa reconfiguración y muchos de sus contemporáneos burgueses –que es una categoría tanto mental y espiritual como económica- no pueden ya comprender. Pero el que –y ya que estamos- Rabelais revindicara cierta “cultura popular” contra la “oficial” es un disparate. Más bien es todo lo contrario, es la oficial -por oficio- defendiéndose de la oficiosa. Si al hermano François le hubieran hablado de “cultura popular” no hubiera entendido ninguno de los dos términos. Tampoco, ya que estamos, Shakespeare un siglo después.
 
  Ahora bien hay en esta diáspora varios momentos de detención. ¿Qué quiere decir esto? Que tras el otoño de la edad media hubo períodos, sobre todo uno, donde la diáspora y la errancia de la cultura tradicional pudo volver a asentarse y a tornarse fija. Lo que se entiende por barroco. Donde aquí la élite dirigente es tan visible y concreta que con solo mencionarla bastará para entender lo que decimos. Se trata de la Compañía de Jesús, conocidos como jesuitas. Esto dura de siglo y medio a dos siglos y es o intenta ser ya de carácter universal, extra europeo, tanto el extremo oriente como el extremo occidente, América. Con esto se consigue el primer gran estilo a escala planetaria, frustrado desde luego que por las fuerzas que se le venían oponiendo desde la etapa anterior.
  Tras la supresión de la Compañía -1763-67-, tenemos otra recolocación de esta cultura tradicional nuevamente en diáspora. El imperio de los Habsburgo conocido también como austrohúngaro. Admirable organización política, cultural y espiritual. Pero más allá del justo ditirambo que se le debe, debemos pasar a aclarar esto para ciertos lectores. Este lugar logra crear o recrear una sólida unidad o alianza entre elementos judíos y católicos –porque hay una diáspora también católica. Esto da lugar a una estrecha relación entre ambas manifestaciones que luego se trasladará transatlánticamente. El locus mirabilis de tal traslado será unas sierras alrededor de Los Angeles conocidas como Hollywood y su base operativa el cine. Fíjese ambos nombres por favor. El primero es obvio, el segundo es “bosque sagrado”...
  Esto es lo que llamamos “el elemento austrohúngaro” algo que no acepta ni cae en la trampa de una falsa diferenciación o estratificación entre cultura “alta” y “baja” o “popular”. Porque -claro está- se halla en condiciones de reconocer que ese binormismo “alto-popular” es de origen liberal y anglosajón. No solo eso, sino que incluso acuña nuevos troqueles expresivos para proseguir con esta reconfiguración. Un ejemplo sin más: la opereta. Que es el complemento de la ópera no su rebajamiento a “género menor” ni ninguna de esas monsergas que todavía los inermes alumnos de pocilgas universitarias tragan a cucharones. Es claro que luego de ser cebados de ese modo no hacen más que suicidarse en masa en diversos desolladeros.
  Así que –adelantándonos- no se trata de reivindicación sino de recolocación de una determinada cultura. Me adelanto también en decir que muchas veces estas formas tradicionales son –al comprenderse su cuasi intacta irradiación- fabricadas industrial y serialmente. Desde hace cuarenta años o poco más asistimos a este nuevo factor de riesgo para la justa comprensión. De allí que ya dos generaciones de jóvenes occidentales son atrapados y desviados por tales deformaciones industriales y seriales de los modos de manifestación tradicionales. ¡Ni hablar políticamente!
  Esto es lo que se entiende burda y crudamente por “populismo”. Pero tampoco esto resulta sencillo de entender desde nuestra perspectiva. Porque “populismo” es generalmente empleado como ariete polémico por el liberalismo contra aquellas formas a veces un tanto improvisadas que se le oponen primero dentro del territorio europeo y luego fuera. Así que este uso de “pueblo” y “popular” por un lado y de “populismo” por el otro no resulta muy productivo que digamos para quien intenta ver las cosas con determinada claridad y perspectiva. Y sí lo es para todos aquellos que deseen permanecer en el limbo de la indecisión progresista o conservadora del cual es muy posible que jamás salgan.

 

   Mi teoría o mis teorías no dependen de algo llamado “crítica arquetípica”. Aunque tiene algunos puntos pero dudosos de contacto. Primero considero a Jung más nefasto que Freud. Algo que sostenían por igual Martin Buber o René Guénon. Creo que a Freud cualquier persona con siquiera algunas briznas de espiritualidad o formación religiosa puede hacerle frente sin problemas dado su crudo positivismo. O peor aún su tardo romanticismo por un lado mezclado con el positivismo médico de entonces y ¿de ahora?
 En cambio Jung es peligrosísimo. Porque agarra al inerme hombre o mujer contemporáneos que huye del positivismo o materialismo y le ofrece un sucedáneo de religión, de misterio y de sacralidad. Una parodia sin más. Jung era directamente un mago negro -como tantos por cierto- y un monstruoso personaje.
 Así que desde luego todos aquellos que devienen o adscriben a su “pensamiento” me son igualmente ajenos. Claro que debemos hacer aquí algunas precisiones. Campbell es un periodista de mitos o es al mito lo que Walt Disney al arte. Un charlatán sin más. El canadiense Frye es otra cosa. Claro que es un ser binorma. Pastor protestante y liberal por un lado y participante de la crítica con impronta mítica por el otro. O sea que hace del mito –y allí el suizo lo ha podido- una suerte de función mental y cultural y encima debida a un “inconciente colectivo” que es el peor de los dislates.
 Desde que puedo recordar –y con justicia- diversos amigos y discípulos me preguntan enseguida ¿Y entonces Eliade? Puesto que éste en varios libros lo menciona elogiosamente a Jung, además de participar de las jornadas esas en Suiza que se realizaban anualmente y donde no solo participaban gentes como Eliade sino otros de talla muy considerable como Henri Corbin.
   La necesidad tiene cara de hereje y Eliade, sin pasaporte, biblioteca, incluso técnicamente sin nacionalidad, con su madre y hermana cautivas del gobierno comunista de Rumania, un paria que ni siquiera Dumézil-Levi-Strauss de consuno -y poniéndose tal vez por primera vez de acuerdo en algo-, lograron introducir en la vida académica francesa, debido a la campaña de difamación que se hacía de su persona, tuvo que optar por girar en parte alrededor de Jung. Que además era un hábil empresario sobre todo subvencionado por señoras con fervores místicos. Fíjense que tras su ida Chicago, ida definitiva, en 1957 deja de mencionarlo o lo menciona muy ocasionalmente.
  Por otro lado –con un método ya clásico- en uno de sus diarios comenta oblicuamente algunos de los manejos “negros” de Jung.
   Así que la llamada “crítica arquetípica” de impronta junguina no solo me es ajena sino directamente opuesta, contraria. Aunque puedo entender ciertas confusiones de algunos críticos y teóricos que intentando escapar de la Escila del materialismo y del Caribdis de lo psicoanalítico se dan de bruces con el iceberg junguiano que los termina o tragando o desviando de su rumbo. Hoy pasa así -si me permiten- con las sectas. El que se larga o huye de materialismo y corre en busca de espiritualidad o religiosidad en cuanto da vuelta la esquina se choca con las sectas. O sino con cierto orientalismo totalmente falso, desorientado nada menos.
  Mi postura teórica o es la de un -si hay que definirlo- realismo metafísico. Es decir algo que deviene al menos en modo occidental de Platón y de Pitágoras. Es una postura metafísica tradicional. Metafísica -volvamos a decirlo una vez más- es el conocimiento operativo de ciertos datos y símbolos tradicionales. Retomando lo anterior estos datos -id est dones- tradicionales comenzaron o entraron en diáspora con el otoño de la edad media. Claro está que no desparecieron, porque esto sería una contradicción en los términos. ¿Cómo lo tradicional puede desparecer? Puede esconderse, desfigurarse, sobre todo fraccionarse, dividirse, siempre con una dirección de sentido. Que la convierte o disfraza en lo que el burgués llama “popular”. Ese burgués puede ser tanto el gerente de una multinacional como un aplicado sindicalista en busca de mejores salarios. No importa. Es un burgués, porque piensa solo material y bajamente. Desde luego que a ambos por cierto le interesa que exista algo llamado “pueblo” y “popular”. Porque ambos viven de ese flatus vocis.
  En cambio esa cultura es siempre dirigida, de élite. Puede asumir -llegado el caso- actitudes políticas y hasta partidarias que le sean necesarias para su continuidad. Por supuesto nos van dejando marcas, señales para que luego las interpretemos y para que no queden allí con peligro de solidificación y también para poder hacer el pase consiguiente. Lo que hago en parte por mi parte.
  Por ejemplo lo dicho anteriormente. El concepto del cine, ¿Creen ustedes que se alzó por casualidad en un páramo por entonces llamado Hollywood, o el nombre hizo el lugar? Y así en más.
   Esta transmisión de datos tradicionales se hace mediante arte, filosofía, crítica, posiblemente hasta con algo de técnica, incluso. Lo que importa es la configuración o más bien reconfiguraron de tales cosas. Por supuesto que cuando surge un eslabón de este tipo de interpretación nos caen encima por un lado los positivistas -lo cual sería lógico sino justo- pero también los religiosos tibios y domingueros que nos acusan de “gnósticos”. Tales religiosos oficiales, poltrones y con el culo atornillado a la rutina son los que en gran medida acabaron con buena parte de la fe religiosa de millones de personas. Y entre ellas algunas de las mejores. Cuántos agnósticos y practicantes de orientalismos varios son excelentes personas, muy dotadas espiritualmente, y que se fueron del catolicismo debido a tales supuestos detentadores de la tradición. Ahora viene el gambito de “lo social”. En fin el acabóse... Al menos superficialmente claro. Porque como repito lo tradicional no puede perderse ni desaparecer.
  Además de los ataques lógicos de los positivistas y de los menos lógicos de los católicos domingueros que buscan de borrar toda huella diferenciadora con el protestantismo -ahora endulzado como “evangelismo”- tenemos también aquellos de los ¿cómo diré? A ver... Se me ocurre lo siguiente: vamos a definirlos y a ver si per definitione los nominamos luego.
 Se trata de aquellos que pasados reciente y no tan recientemente ciertos estudios universitarios, donde se les ha hecho tragar dosis ingentes de supuesto saber arcano de proveniencia generalmente francesa aunque no faltan a la cita ya el alemán y hasta el italiano. Se trata de una forma de ver y leer la cultura -sobre todo literaria- de sólito modo materialista. Claro que como el materialismo anterior fue abandonado hasta por los pocos auténticos pensadores marxistas –v. g. Lúkacs- se trataba entonces de seguir en carrera y de disfrazar ese sólito materialismo y positivismo de algo que oliera a secreto y sobre todo a “oculto”. Así surgió -y enancados en Heidegger- una supuesta lectura arcana de las letras y de la filosofía. Como esta última -salvo excepciones- no es más que chapucería neblinosa se entabló así un verdadero diálogo de sordos o un auténtico coloquio de orates. Típico por otro lado de ciertas atmósferas epocales fácilmente detectables con ciertos conocimientos históricos.
  Al aparecer uno de nosotros, que no especula sino que opera con lo auténticamente hermético y arcano -es decir metafísico- al seudo iniciático la cosa se le complica. Y desde luego tiene que detestarnos, odiarnos mucho más que el positivista –aunque es su primo hermano- y el católico fariseo rumbo al descubrimiento de “lo social”.
  Muchos de estos deseantes de lo hermético a lo que se les ha dado una complejidad falsificada, curiosamente son aquellos que muchas veces terminan o deberían terminar siendo nuestros lectores y hasta seguidores. Claro que luego de décadas y siglos de falsificación cómo puede pedírseles tal cosa.
  Uno de ellos que se obstina en leer uno solo de mis libros -lo cual no estaría mal si procurara entenderlo-, quiere recluirme al parecer en un “pabellón de reposo” junto a Abby Warburg –que se hará cargo de los gastos por fortuna-, Northrop Frye, Pierce –que seguramente aportará el whisky y no recuerdo quién más. Si puedo pedir, me gustaría que fueran de la partida Mario Praz y Mircea Eliade Ah y Caro Baroja que se sabía unos chistes graciosímos.
  Ya que estamos con Mario Praz, quién podrá a esta altura del partido decir que no es uno de los críticos y exégetas más notables del arte que ha dado el siglo pasado. ¿Les cuento una? Conozco a un supuesto agregado cultural de la embajada italiana entre nosotros –una sólita calamidad que nos envían hasta aquí- y al seleccionar un libro de Praz para llevarme, me dice que jamás lo había leído -y bueno tampoco conocía a Pavese-, pero a continuación me dice que Praz era un “mufa” un “jettatore” 
  Bien el joven de marras que quiere internarme junto a los nombrados es -lo dice él- homosexual. Parece que lo que hacían y siguen haciendo en tantos países con sus pares, pretende hacerlo ahora con nosotros los enfermos católicos, llenos de morbo tradicional y practicantes de nefandas costumbres metafísicas. El perseguido se vuelve perseguidor y así seguirá el carnaval de la historia...

   Volviendo a lo anterior sobre los deseosos de hermetismo...  En fin no sé si decirlo, pero me parece que la cosa es necesaria... Esto ya se ha dado tiempo atrás repitiéndose de manera no sé si paródica pero de manera inquietante... El ricorso fíjense.
  Bueno dos de estos corifeos de lo seudo hermético trataron de más o menos jóvenes de ingresar en los mismos círculos iniciáticos de los que hervía un tanto París por aquellos años, fines de los treinta del siglo pasado. Eran un médico psiquiatra hermano de un gran teólogo dominico y un joven agregado –profesor adjunto- de filosofía. Como a veces se me pregunta por más detalles sobre qué círculos eran estos y como no estoy -de saberlo- en condiciones de darles la dirección, eran grupos relacionados con las enseñanzas de Fulcanelli. Obviamente fueron de inmediato rechazados por no estar cualificados.
  ¿Qué quiere esto decir? La primera condición que el iniciado reconoce a la perfección en el recién llegado o neófito –que quiere decir neo-phytos- planta nueva, “verde”- es ¿Va allí por curiosidad mundana, incluso poética -donde tantos han pisado el palito- o si van en busca de cómo diré, de ciertas cosas para paliar su insignificancia como personas?  Por ejemplo alguna disminución física o problemas de expresión. Bueno ambos fueron rechazados por tales círculos así como rechazaron a casi todos –salvo a uno- de los así llamados “surrealistas”. El médico era Lacan y el profesor de filosofía Deleuze. Éste además tuvo la mala fortuna de editar en Mónaco -durante la segunda guerra- un supuesto libro esotérico o hermético que no era tal, como suele suceder muchas veces. Siendo ésta su presentación editorial en sociedad. Pero  para colmo el mismo René Guenón hizo la reseña del libro en su revista criticándolo con su habitual contundencia. Bueno de ambos rechazos viene –como es ya cíclico desde siglos- la creación imposible de una auto iniciación de un inventado lenguaje hermético como compensación de tales justísimas imposibilidades de acceder a lo auténticamente hermético.
  Porque no es sólo o ya no sólo la contra iniciación el enemigo más funesto de lo tradicional sino y más aún la seudo iniciación. De nuevo: lo contra iniciático es la parodia, la puesta al revés de un ritual y es fácilmente detectable para toda persona apenas dotada espiritualmente como sucede con el así llamado psicoanálisis freudiano. Pero lo temible es la seudo iniciación, la que supuestamente concede títulos iniciáticos inventados -o soplados desde afuera claro-, como es el caso de Jung.
  Para terminar esta entrega. Hitos, nudos, postas de esta último tramo de la diáspora de la cultura tradicional desde el otoño de la edad media son la literatura fantástica, buena parte del romanticismo alemán así como del simbolismo francés. El melodrama y su versión inglesa, el thriller, el Grand- Guignol, la novela de aventuras -Verne- y sobre todo el cine clásico de Hollywood que es su meta y punto de llegada luego de cinco siglos.
   Ah, una posta fundamental aunque estrictamente territorial es la poética del tango argentino.
 Como se trata de reconfiguraciones de datos tradicionales -y no de “cultura popular”, por Dios- se debe para comprenderlos poseer o trabajar de consuno con un mismo nivel de conocimiento operativo. Este carácter operativo no proviene de ningún “inconciente colectivo”, ni nada que se le parezca. Más bien -ya que estamos- de un muy conciente selectivo.
  Estas obras pueden tener aún dentro de un mismo registro o género muy diferentes configuraciones. Digamos que esto vale tanto para un film de Clase B como para Alfred Hitchcock, tanto para una novela de Verne como para una de Jünger. Tanto para “La tierra baldía” de Eliot como para una  lírica cantable de Le Pera. El que pisa el palito -y por fortuna lo seguirá pisando- se pondrá de movida a diferenciar entre “alto” y “bajo” o “popular” y “culto”, pero a quien esté en condiciones operativas no le importará el canal o excipiente sino la formación que emiten. Es decir una determinada significación o cadena de signos errantes buscará su forma, formarse. El que especule, en cambio, deformará y fabricará un informe.

 

 

© Ángel Faretta
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